LOS UNIVERSOS PARALELOS,TIENEN UNA BASE MATEMATICA.

LOS UNIVERSOS PARALELOS,TIENEN UNA BASE MATEMATICA.
UNA LINEA DE TIEMPO, COMO UN ARBOL QUE CRECE Y SE BIFURCA INFINITAMENTE.

ANTONIO UNGAR.

ANTONIO UNGAR.
PREMIO HERRALDE DE NOVELA 2010.

ES TU MIRADA...

ES TU MIRADA...
CAYENDO SOBRE EL VALLE...

EL GRAN POETA OCTAVIO PAZ.

EL GRAN POETA OCTAVIO PAZ.
EL POETA DE LA OTREDAD..

JORGE LUIS BORGES

JORGE LUIS BORGES
POEMAS DE LA MONEDA DE HIERRO..

GABRIEL GARCIA MARQUEZ.

GABRIEL GARCIA MARQUEZ.
COMO COMENCE A ESCRIBIR..

LOS DETECTIVES SALVAJES

LOS DETECTIVES SALVAJES
ROBERTO BOLAñOS.

EDUARDO MENDOZA.

EDUARDO MENDOZA.
PREMIO PLANETA 2010.

MIGUEL HERNANDEZ.

MIGUEL HERNANDEZ.
POESIA,QUE NO CESA!!

UN DESNUDO.

UN DESNUDO.
OBRA DE RENOIR.

ENRIQUE LIHN

ENRIQUE LIHN
EL GRAN POETA CHILENO.

COLLAR DE CARACOLAS,PARA EL MUELLE QUE AMAMOS.

COLLAR DE CARACOLAS,PARA EL MUELLE QUE AMAMOS.
ANTOLOGIA TEMATICA.OH PUERTO COLOMBIA!!

JOSE LUIS DIAZ GRANADOS.

JOSE LUIS DIAZ GRANADOS.
UN GRAN POETA.

RESEñADO EN EL DICCIONARIO LATINOAMERICANO DE POETAS.

RESEñADO EN EL DICCIONARIO LATINOAMERICANO DE POETAS.
LIBROS Y LETRAS.

REVISTA MOLINO DE LETRAS NUMERO NUEVE.

REVISTA  MOLINO DE LETRAS NUMERO NUEVE.
MICROCUENTO UNA SOMBRA.

PAISAJES AMERICANOS.

PAISAJES AMERICANOS.
ASHER B.DURAN.

MUJER EN EL JARDIN.

MUJER EN EL JARDIN.
DE CLAUDE MONET.

MADAME BOVARY

MADAME BOVARY
AUTOR FLAUBERT.

PABLO NERUDA.

PABLO NERUDA.
UN POETA UNIVERSAL.

ESCRITOR COLOMBIANO, DE LA COSTA CARIBE.

ESCRITOR COLOMBIANO, DE LA COSTA CARIBE.
MAURICIO PABON LOZANO.

PARLAMENTO NACIONAL DE ESCRITORES DE COLOMBIA.

PARLAMENTO NACIONAL DE ESCRITORES DE COLOMBIA.
UN COMPROMISO CON EL PAIS Y LA LITERATURA.

PASEO DE BOLIVAR EN BARRANQUILLA.

PASEO DE BOLIVAR EN  BARRANQUILLA.
ESTATUA DEL LIBERTADOR.

MI AMIGO EL CUENTO TOMO II

MI AMIGO EL CUENTO TOMO II
PUBLICACION DE MIS TRABAJOS LITERARIOS.

PORTADA DE LA REVISTA TALLER LUNA Y SOL.

PORTADA DE LA REVISTA TALLER  LUNA Y SOL.
PUBLICACION DE MIS TRABAJOS LITERARIOS.

LA PLAZA DE BOLIVAR EN CARACAS.

LA PLAZA DE BOLIVAR EN CARACAS.
SIMBOLO DE LA UNIDAD LATINOAMERICANA.

PORTADA DE LA REBELION DE LAS RATAS.

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DE FERNANDO SOTO APARICIO.

TALLER LITERARIO LA URRAKA.

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UN UNIVERSO PARA COMPARTIR LA LITERATURA.

PUBLICACION DEL TOMO I,DEL LIBRO MI AMIGO EL CUENTO.

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PUBLICACION DE MIS MICROCUENTOS.

UNA POESIA TELURICA.

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PAUL ELUARD.

LEON TROTSKY.

LEON TROTSKY.
FOTO TOMADA EN EL FRENTE POLACO.

UNA APROXIMACION A LA OBRA LITERARIA DE LA POETISA MEYRA DEL MAR.

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AUTOR.CESAR MOLINA CONSUEGRA.

ALI CHUMACERO.

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EL GRAN POETA MEJICANO.

HASTA SIEMPRE LUIS VITALE!!

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TE QUEDARAS CON NOSOTROS!!
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miércoles, 13 de octubre de 2010

EL SUR,CUENTO DE JORGE LUIS BORGES.

El sur
[Cuento. Texto completo]
Jorge Luis Borges

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

-Vamos saliendo- dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

CUENTO LOS SIETE MENSAJEROS DE DINO BUZZATI.

Los siete mensajeros
[Cuento: Texto completo]
Dino Buzzati

Habiendo salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad y las noticias que me llegan son cada vez más raras.

Comencé el viaje cuando tenía poco más de treinta años y han pasado ya más de ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino.

Creía, en el momento de partir, que en pocas semanas habría alcanzado los confines del reino; por el contrario, seguí encontrando nuevas gentes y países y en todas partes hombres que hablaban mi mismo idioma y que decían ser mis súbditos. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha enloquecido y que, creyendo avanzar siempre hacia el sur, en realidad damos vueltas sobre nuestros propios pasos sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué no estamos ahora junto a la extrema frontera.

Pero más frecuentemente me atormenta la duda de que este confín no existía, que el reino se extienda sin límite alguno y que, por más que yo avance, jamás podré arribar a la frontera. Empecé el viaje cuando tenía más de treinta años, demasiado tarde, quizás. Los amigos, los mismos familiares, se burlaban de mi proyecto, opinando que iba a despilfarrar los mejores años de mi vida. Pocos de mis leales, en realidad, aceptaron partir.

Si bien era algo descuidado -mucho más que ahora- me preocupé de poder comunicarme, durante el viaje, con mis seres queridos; entre los caballeros de la escolta elegí los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros. Creí, ignorante de mí, que tener siete mensajeros era una verdadera exageración.

Con el transcurso del tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, a pesar de que ninguno de ellos fue asaltado por los bandidos ni malogró su cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.

Para distinguirlos con facilidad les puse nombres cuyas iniciales eran alfabéticamente progresivas: Alejandro, Benito, Carlos, Daniel, Eduardo, Federico, Gregorio.

Poco acostumbrado a estar lejos de mi casa, envié al primero, Alejandro, al caer la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. A la noche siguiente, para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, después al tercero, después al cuarto, consecutivamente, hasta la octava tarde del viaje en que partió Gregorio. El primero todavía no había regresado.

Llegó la décima noche mientras acampábamos en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido menor a la prevista; había pensado que, yendo separado y en un corcel inmejorable, podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros, pero no había recorrido el doble, sino sólo una vez y media; en unas jornadas, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él avanzaba sesenta, pero no más.

Lo mismo pasó con los otros. Benito, que partió la tercera noche del viaje, retornó recién a la décima quinta; Carlos, que partió a la cuarta noche, nos alcanzó en la vigésima. Muy pronto comprendí que bastaba multiplicar por cinco los días que llevábamos viajando para saber cuándo volvería el mensajero.

Al alejarnos constantemente de la capital, el itinerario de los mensajeros se hacía cada vez más largo. Después de cincuenta días de camino el intervalo entre un arribo u otro comenzó a espaciarse sensiblemente; mientras antes veía llegar al campamento un mensajero cada cinco días, el intervalo llegó a hacerse de veinticinco días; la voz de mi ciudad, de esa manera, se volvía cada vez más apagada: pasábamos semanas enteras sin tener ninguna noticia.

Una vez que transcurrieron seis meses -ya habíamos atravesado los montes Fasani- el intervalo entre uno y otro arribo de los mensajeros aumentó a cuatro meses. Ahora ellos me traían noticias lejanas; el sobre me llegaba ajado, muchas veces con manchas de humedad, debido a las noches que el portador se había visto obligado a pasar al sereno.

Avanzábamos aún. En vano buscaba persuadirme de que las nubes que se deslizaban rápidamente sobre mí eran iguales a las de mi niñez, que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que tenía sobre mí, que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros se me aparecían en verdad, como cosas nuevas y diversas; y yo me sentía extranjero.

¡Adelante! ¡Adelante! Vagabundos encontrados por la llanura me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, borraba las palabras descorazonadoras que se formaban sobre sus labios.

Ya habían pasado cuatro años de mi partida. ¡Qué larga fatiga! La capital, mi casa, mi padre, se habían vuelto extrañamente remotos, casi no me parecían reales. Ahora pasaban fácilmente veinte meses entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me traían curiosas misivas amarillentas por el tiempo y en ella encontraba nombres olvidados, modos de decir insólitos para mí, sentimientos que no lograba comprender. A la mañana siguiente, después de una sola noche de reposo, mientras nosotros nos poníamos en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que yo había preparado en ese mismo tiempo.

Pero ya han transcurrido ocho años y medio. Esta noche cenaba solo en mi tienda cuando entró Daniel, que aún lograba sonreír, aunque estaba muerto de cansancio. Hace casi siete años que no lo veía. Durante todo este período larguísimo no ha hecho más que correr, atravesando praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme el paquete de sobres que hasta ahora no he tenido deseos de abrir. Ya se fue a dormir y volverá a partir mañana mismo, al amanecer.

Partirá por última vez. Consultando el calendario calculé que, aunque todo salga bien, yo continuando mi camino como lo he hecho hasta ahora y él el suyo, no podré volver a ver a Daniel hasta dentro de treinta y cuatro años. Entonces tendré setenta y dos.

Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que me muera antes. No lo volveré a ver. Dentro de treinta y cuatro años (quizás antes, mucho antes) Daniel descubrirá, inesperadamente, los fuegos de mi campamento y se preguntará por qué nunca antes le resultó el trayecto tan corto.

Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarillas, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral y me verá inmóvil tendido sobre el camastro, flanqueado por dos soldados con antorchas, muerto.

¡Anda, pues, Daniel, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres la última ligazón con el mundo que en un tiempo fue también mío. Los mensajes recientes me han hecho saber que han cambiado muchas cosas, que mi padre ha muerto, que la corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra, allá, donde estaban las encinas a cuya sombra solíamos jugar. De cualquier manera, siempre seguirá siendo mi vieja patria. Tú eres la última atadura con ella, Daniel.

El quinto mensajero, Eduardo, que me alcanzará, si dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir porque no tendrá tiempo de regresar. Después de ti, el silencio, ¡oh, dios mío!, a menos que encuentre los anhelados confines. Pero cuanto más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera. No existe, sospecho, frontera alguna, por lo menos en el sentido que habitualmente le damos. No hay muralla de separación, ni ríos divisorios, ni montañas que cierran el paso. Probablemente atravesaré el límite sin ni siquiera advertirlo e, ignorante de mí, continuaré mi camino. Por eso he decidido que cuando Eduardo y los demás mensajeros, después de él, me alcancen nuevamente, en vez de volver a tomar el camino de la capital, se me adelante, para que yo pueda saber con anterioridad lo que me espera.

Desde hace un tiempo una ansiedad inusitada se apodera de mí por las noches y ya no se trata de la añoranza de las alegrías pasadas, como en los primeros tiempos del viaje; más bien es la impaciencia de conocer la tierra ignota a la que me dirijo.

Advierto -y no se lo he confiado hasta ahora a nadie- cómo de día en día, a medida que avanzo hacia la improbable meta, el cielo irradia una luz insólita como jamás había visto, ni siquiera en sueños. Ha quedado definitivamente atrás el último cielo azul.

Las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de lo ya conocido y el aire me acerca presagios que no sé transmitir.

Una nueva esperanza me llevará mañana por la mañana aun más adelante, en dirección a aquella montaña inexplorada que ahora ocultan las sombras de la noche. Una vez más levantaré el campamento, y Daniel desaparecerá en el horizonte en dirección opuesta, para llevar a la ciudad remota mi inútil mensaje.

FIN

martes, 14 de septiembre de 2010

CLAVELES PARA UN ENTIERRO CUALQUIERA. CUENTO DE MAURICIO PABON LOZANO.

Claveles para un entierro cualquiera.






Aquella tarde triste recordaba sin calma el libro de Milan Kundera La insoportable levedad del ser. Y me dije a mi mismo si la levedad no era un invento del autor para liquidar malos recuerdos.

Porque es así, lo terrible de la literatura es ello; la inseparable desdicha de tener que colocarle vida a un muerto que solo está muerto en el cerebro del autor que no sabe si es el muerto el que le coloca vida a él o alguna vez imaginó que a los muertos se le podía colocar vida, o en realidad no existe la vida, o mejor, esa vida que tenemos ahora, que permite que yo sostenga este lápiz, y tu leas que anterior a esto escribí que yo sostenga este lápiz. Aferrado a esos recuerdos pensé en ti. Pero creo que mis pensamientos no tienen validez; solo tienen validez cuando hago el amor contigo. ¿Y lo recuerdas? “No lo recuerdo Mateo, no puedo hacer el amor con un hombre que escribe haciendo el amor; y hace el amor escribiendo”.



Ese ejercicio de pensar, hacer el amor, recordar La insoportable levedad del ser, caminar despacio para no ver en la esquina a un hijo de puta que siempre sueña con burlarse de mí, llegar a la biblioteca, saludar a los mismos amigos, el café de la tarde, y volver a pensar en mi país ocupado.

Quizá en ese ejercicio se pueda encontrar el retrato de mi vida.

Esas fosas comunes me oprimen.

Torrado no puede morir derrotado.

¿Y cómo puedo recordar a esos muertos olvidados, que no les fue posible despedirse de los suyos, una vez la sierra eléctrica cruzó su existencia, dejaron este plano con los ojos abiertos?

“Tienes que vivir Mateo, es probable que en Caracas te publiquen, y ganes algún amigo”. ¿Y si estoy derrotado? ¿Si he caído en la trampa de vivir para no morir, o si he muerto y estoy viviendo la vida de otra vida, los recuerdos de una vida que viví, la muerte de otra vida, o todo esto no es cierto, que alguien está viviendo por mi, que yo no soy Mateo Torrado, y este papel que ahora tienes en la mano, fue el castigo sutil, de un sueño menos triste, que tener que pagar un recibo de luz tan costoso, cuando llevo dos años sin vivir en esa casa?



Hemos cagado en el mismo inodoro.



¿Soy comunista? ¿Qué cosa es el comunismo? ¿Es el comunismo una cosa?

“Eres comunista Torrado, no eres otra cosa. El comunismo es la cosa de la cosa como las cosas que ya no son cosas porque dejaron de ser cosas”.

¿Pero no he pensado hacer dinero? ¿Tener una gloria con cada palabra que vive en mi cerebro? ¿En hacer de mi cerebro una gloria que no es gloria, en glorificar lo minúsculo, en celebrar la alegría de lo honesto, abreviar los besos que ya no puedo recuperar, en diagnosticar la esperanza que no tengo, extirpar todo recuerdo personal?



Intenté situarme como gloria de astros oscuros, de todo lo que hablamos anoche, cuando dijiste Mateo eres el primer escritor que conozco.



Y yo soy el primer escritor que desconozco. Dije. Luego “Los Girasoles de Vicent van Gogh son bellos”, y la discusión del neófito que soy.



“Torrado: has soportado hambre por no venderte, la gloria que mereces tu no la consideras gloria porque gloria para ti no es gloria, si me dejas tocarte la mano con la mano que tu dices que es tu gloria. Cada palabra que vive en tu cerebro, es un cerebro de palabras pensadas en sentido opuesto del verbo, colocado en un cuento tuyo, traducido en un idioma colosal, cuando me dijiste: odio ver cortar mis palabras en un idioma cortado con corta uñas y diseñado por un diagramador esquizofrénico de Frankfurt, borracho por un insoportable olor en las axilas y traductor de otros dioses a quien el mismo Mefistófeles no recuerda. Llevas toda la noche haciéndome el amor y…”



El descaro de aquellos días cuando sin centavos caminé unas calles llenas de sangre inofensiva por la lascivia espesa de los invasores de otros mundos sin poder detenerlos y no tolerar las ganas de expulsar los alimentos en el único inodoro donde tú muchos y yo hemos cagado.



Odiseo tu que viajas dime dónde oculté las armas para desterrarlos de la patria prostituida.



Soy Mateo Torrado quien busca claveles para los muertos que no maté pero que maté por olvidarlos como hacen todos hoy que estamos muriendo todos los días.



Yo he vencido a mi Edipo, he sanado las heridas del incesto, he recuperado la cordura perpetua que no es perpetua pero vive en el incesto de tantos incestos perdidos en las noches tranquilas del verano.



Mis ojos salidos de su orbita resistieron la presión abstracta de pinturas mal trazadas por manejar códigos complejos; pecados rojos y blancos, ocre, y un color que no encuentro en mis recuerdos pero es parecido a la mierda seca.



Inventar palabras para esos muertos nuestros también fue uno de mis oficios favoritos.



Tener claro dos mas dos no son cuatro y la TA normal no es 120 con 70.



La Diástole y la sistólica no concertaron con el paciente; era hora de decretar la ternura.



Todo este malestar social me llevo a la República Cooperativa de Guyana.



Torrado estaba destinado a otra empresa.



Yo el hijo de Enrique, Mateo Torrado, caminé aquél país sin un centavo en el bolsillo.



El arte del cuento no puede ser una situación un personaje…

¡Ya basta! El inicio, el nudo y el desenlace hay que llevarlo a un desenlace donde el nudo sea el inicio, y para decirlo de otra forma, el inicio sea el verbo, situar el verbo arriba, en el primer párrafo de la cuartilla.



Si busqué en seis países claveles para mis muertos, debo buscar un nuevo arranque, un nuevo nudo intraducible y un nuevo desemboque para mis cuentos. La frase tiene que tener un valor congénito. Torrado no puede ni debe ser derrotado por la ambigüedad. Los hombres honestos saben que lo corrosivo empantana una buena intención y mutila las alas de una producción de buen aliento.



Una pila de mierda bien decorada puede ser un buen regalo para un traidor.



El arte debe encontrarse así mismo, como el niño que camina con la manito en el agujero del bolsillo trasero del padre.



Las buenas metáforas se escriben luego de hacer el amor.

Aunque esta regla, Torrado, no es completa.

Cierto es, los santos escritores, de cuando en cuando, se dejaron caer la mano en la méntula.



Toda literatura tiene sus limitaciones, y en ella, como se ha dicho, no hay originales. Hoy ya no damos crédito a las mentes privilegiadas; el talento es caprichoso. Una voz formidable puede nacer detrás de un arrabal. Y en los centros privilegiados (algunas veces), nacen gases lacrimógenos para el espíritu.



Todos los que murieron a manos de los aserradores humanos, deben estar divagando en los sueños más dulces de los asesinos.



Los claveles que reuní en seis países, los dedico a las victimas de esta mala racha que vive la patria. Los dedico a Martín que dejó tres hijos. A María, Leonor, Inés, Luís y Gerardo, que fueron mutilados con la sierra asesina.

La neurología no ha logrado explicar el fenómeno del delirio. Es donde la literatura entra a jugar su rol, para contar este delirio colectivo.



Tal vez no soy yo, Torrado, el que escribe. Hay relatos que el lector no puede leer; porque en muchos casos es el relato el que lee al lector.

Torrado tiene como objetivo, plantear una nueva teoría del cuento, aunque, no sé como explicarla.



Acabo se recibir una llamada inesperada. Quien hablaba a través del cable, es una mujer que se acerca a los 30.

Pedía una cosa imposible: hacer el amor por teléfono. Hablamos tres cosas y confieso que me encuentro trabajando en Claveles para un entierro cualquiera. “Puedes hacer lo que siempre has hecho, hacer el amor y escribir, o escribir y hacer el amor”. Dijo. ¿Cómo puede afirmar tal cosa? Una mujer que está al borde de los treinta años, descubre un nuevo tipo de sexualidad. Es la misma experiencia del hombre que se masturba por vez primera.

La vida sexual de un escritor, está supeditada a los deseos carnales de una mujer…



Fusionar escritura, sexo, fotografía, pintura, música, teléfonos, cables, relojes, un frasco cualquiera, revistas de ciencia económica, las relaciones bursátiles, los cambios climáticos, la guerra que hoy se vive por el agua, los testigos de Jehová, los mormones, una cama, un cuanto de baño, los auto buses que van de Santa Teresa del Tuy a Caracas, los diccionarios, los curas, políticos, economistas, abogados, estafadores, Changó, un babalao, una tía con ganas de sexo, ninfomanía, un electrocardiograma, amitriptilina, la depresión del espíritu, la bolsa de New York, la crisis económica mundial, La India, el contrabando, sinónimos, antónimos, La Escuela de las Ameritas, el 11 de septiembre de 1973 en Chile, abril del año 2002 en Venezuela, el libertador Simón Bolívar, la guerra de las Malvinas, Gandhi, Marx, Lenin, Martin Luther King, Perón, Cuba, los habanos, sexo oral, oradores, zapateros, Terrorismo de Estado, Palestina, Libia, Irán, el fin del hombre en la tierra, Puerto Rico libre, el desarme atómico, cenar con una mujer inteligente, automóviles, aviones, trenes, submarinos, marinos y agricultores, es uno de los desafíos del escritor de hoy.

sábado, 28 de agosto de 2010

MINIATURA SALVAJE.CUENTO

lunes 20 de julio de 2009
Miniatura salvaje

por Salvador Fleján
http://cuatrocuentos.wordpress.com/. 07.04.2009





a Judit Gerendas, por los recuerdos floridos





Roberto Bolaño, alberca del Hotel Ávila, Caracas, julio de 1999. Puede que todo haya sido culpa de Domingo Miliani, aunque visto los acontecimientos lo más probable es que no sea cierto. Sin embargo (y ahora que me lo pienso detenidamente): ¿a quién demonios puede importarle ese detalle?

A propósito, y lo que sigue a continuación tendría que ir entre paréntesis: Domingo Miliani es uno de los pocos genios que conozco. Los otros, los demás, son poetas. Pero Domingo Miliani no. Domingo Miliani es ensayista. En él, me parece, se concentran todas las utopías a la que aspira el escritor latinoamericano. ¿Qué veo cuando veo a Domingo Miliani? Veo a un hombre valiente e inteligente, veo a un hombre bueno. Pero ahí está que no le hicimos caso. Entre otras razones porque no le hemos hecho caso a nadie, salvo a Rimbaud y Lautremont. No hacerle caso a Miliani, como es obvio deducir, acarreará consecuencias. ¿Cuáles? La verdad no las tengo muy claras. Sin embargo, y cuando me pongo a pensar en ellas, las palabras “horror” y, específicamente “catástrofe”, me vienen a la mente como un tren descarrilado.

El asunto es que estaba aquí, al borde de esta alberca esperando a Miliani cuando los vi aparecer. Eran tres. De lejos parecían tres fantasmas o tres presidiarios. A medida que se acercaban ya no parecían fantasmas ni convictos sino ángeles exterminadores. Me preocupó no llevar efectivo conmigo en ese momento. Pero no era dinero lo que en realidad pretendían, aunque eso lo sabría más tarde. En un acto reflejo, que en otras circunstancias pudo haberme costado la vida, me palpé los bolsillos del saco en busca de un traveler check conciliador. Mis dedos, empero, toparon con los blisters vacíos de mis medicinas. Eso me recordó el motivo por el cual estaba solo delante de aquella alberca: antes del viaje, había olvidado abastecerme lo suficiente de mesalazina e inositol. Me angustiaba no poderlos conseguir acá y esa aprensión se la había transmitido irresponsablemente a Domingo Miliani que, sin un ápice de sorna, me dijo que Venezuela no estaba en el continente africano. Que ya vería él qué podía hacer por mí.

En ese momento no quise ser descortés con mi anfitrión y replicarle que no se trataba de un problema de “continentes”; que si así fuera, hasta en el mismísimo continente europeo era difícil conseguir no tanto la mesalazina y el inositol, que ya era una odisea, sino el ácido ursodesoxicólico que, si a ver vamos, es lo que me mantiene en pie. En fin, en eso pensaba cuando el trío me rodeó. ¿Tendrá tiempo para nosotros?, dijo el que parecía el líder del grupo. Lo dijo con una cortesía divorciada de su aspecto. Acto seguido hizo la presentación de los otros dos que lo acompañaban. Aquí vale la pena detenerse un momento. Bien mirados, el par en cuestión recordaba a esos actores de vodevil de los años treinta. El más alto, al que llamaban “Tonelada”, era monstruosamente gordo, tenía rostro de bebé malévolo y afectaba una media sonrisa que podía significar muchas cosas. El otro era moreno, de pelo muy crespo y pronunciaba las erres como un andaluz, aunque resultaba evidente que no lo era. Se llamaba Jacobo. No era tan bajo, pero al lado del otro parecía un enano de circo. Sin mucho rodeo dijeron (aunque en realidad quien habló fue el Jefe) que necesitaban llevarme a un lugar donde me harían entrega de un “reconocimiento”. Huelga decir que no creí ni una palabra. Pero el que fungía de líder insistió con tal vehemencia que de haberme negado no sé qué hubiera pasado. Lo digo sobre todo por el gordo, que ya se había colocado a un costado mío y al que podía sentirle una respiración afanosa, como de rinoceronte herido. Para ganar tiempo (y cuando recuerdo esto no sé si reír o llorar) les argumenté que antes tenía que avisarle a mi mujer. Fue una reacción imbécil, eso no necesito justificarlo, pero fue lo único que se me ocurrió. “No tenemos tiempo, señor Bolaño”, dijo el Jefe y fue cuando sentí la mano de Tonelada sobre mi hombro.

Gritar como un poseso y pedir auxilio fueron opciones que barajé secretamente mientras caminábamos. Pero a medida que sentía la inercia de aquella mano en mi hombro, esa posibilidad languideció en el lago sin fondo donde van a parar todos los deseos incumplidos. Por otra parte, tampoco creo que sirviera de mucho. Una razón práctica me asiste: en la alberca -y con mucha probabilidad en todo el hotel- no había un alma a esa hora de la tarde.


Estúpidamente me tranquilizó que el grupo no utilizara el protocolo de vendarme los ojos antes de introducirme en el coche. En ese sentido existieron diez razones prácticas para no hacerlo, aunque demorarme en ello me parece una soberana tontería.

Lo que sí merece atención, o por lo menos un minuto de nuestra atención, era el coche. Parecía sacado de una película posnuclear de bajo presupuesto. Estaba pintado de un color impreciso que podía ir del azul metalizado al azul de metileno. Gastaba llantas demasiadas anchas y un letrero desleído anunciaba la palabra “taxi” de un modo precario encima del techo. La tapicería de los asientos -que recuerdo roja-, era de un tejido extraño. Sin ningún problema podría haber sido terciopana, gamuza o peluche. En todo caso lo que sí recuerdo con suma nitidez era su sensación al tacto: algo entre ilegal y lujurioso, como una poltrona de burdel.

También me tranquilizó, aunque más bien debí preocuparme, el montón de copias mimeografiadas de lo que presumí era un fanzine literario. “Si son poetas no corro peligro”, pensé con candidez. Pero a la vez colegí que si alguien era capaz de bautizar una revista con el nombre de “El Proxeneta” nada bien podía andar de la cabeza. Esto lo confirmé cuando le pregunté al tal Tonelada si podía echarle un vistazo a uno de los ejemplares. La mole ni siquiera volteó a mirarme. “Es una sorpresa para el acto”, intentó explicarme el Jefe mientras trataba de encender el coche.

Cuando finalmente nos pusimos en marcha, ya el sol se había ocultado y dentro del auto reinaba una oscuridad que sólo puede calificarse de alarmante. En dos intentos que hice por “aclarar la situación”, el Jefe lo único que dejó muy claro fue que no soltaría prenda hasta el momento del homenaje (usaba alternadamente las palabras “homenaje”, la palabra “acto” y en ocasiones la palabra “reconocimiento”, como si utilizara las palabras “ejecución” o la palabra “ajusticiamiento”).

“Nosotros también somos escritores, ¿sabe?”, dijo Jacobo, el moreno de las erres andaluzas. “Tonelada no escribe, eso se nota, ¿verdad? Pero él nos cuida. La gente como nosotros necesita de alguien que la cuide. Por eso lo tenemos. Estése quieto y todo bien. ¿Todo bien?”.

Mientras escuchaba esto, el taxi parecía flotar por las calles de Caracas. En Venezuela apenas tenía un par de días y era bien poco lo que conocía. Casi no había salido del hotel. Carolina, mi mujer, sufría aún los rigores del jet lag y el apetito lo había perdido por completo. Eso me tenía un tanto preocupado y tuve que hacer acopio de fuerzas para asistir a dos compromisos que la gente de Celarg me había pautado. En fin, la ciudad que se me ofrecía desde aquella cochambre rodante no era lo que yo hubiese querido llevarme de souvenir, pero así vinieron las cosas y así las recuerdo.

Desearía pensar que lo que alcancé a ver estuvo condicionado por el miedo, la oscuridad o el hambre que a esa hora de la tarde me asaeteaba. Pero eso sería salirme por la tangente. Si pudiera, me gustaría resumir todo lo visto en una sola palabra. Una “palabra-aleph”, si es que tal cosa existe. “Desamparo” sería una muy buena candidata, aunque me temo que la palabra correcta bien podría ser otra.


No sé en qué momento fuimos a parar a lo que supuse era el extrarradio de la ciudad. Creo que lo adiviné o lo intuí por la basura, por los esqueletos de coches abandonados y por los rostros fantasmales que se sucedían uno tras otro.

El caso es que nos detuvimos frente a una vivienda humildísima, casi una obra limpia. El Jefe y Tonelada se bajaron abruptamente del automóvil. Hubo en aquella acción algo infantil y, sobre todo, injustificado. Lo digo por lo que sucedió a continuación: se dirigieron mansamente a la casita y llamaron a la puerta con demasiada familiaridad. Una anciana asomó los ojos por el visillo y la conversación (si es que la hubo) dilató apenas unos instantes. Lo que sí logré ver con claridad fue la transa. La anciana, con una habilidad que sólo la práctica otorga, tomó los billetes arrugados de la mano del Jefe y casi al mismo tiempo hizo aparecer un pequeño envoltorio anaranjado. El Jefe, que no le iba atrás a la vieja en asuntos de dedos ágiles, guardó el paquetito en un bolsillo de su chamarra y se despidió con un gesto vago y secreto, como extraído de la masonería.

Mientras ocurría esto, Jacobo permaneció mucho tiempo en una postura extraña. En un principio creí que se estaba escondiendo, pero ¿de quién o de qué? Para mi sorpresa, lo que hacía Jacobo era otra cosa: registraba debajo de su asiento. En eso dilató, calculo, unos quince segundos, puede que menos. Cuando finalmente halló lo que buscaba, me fue difícil distinguir lo que sostenía en las manos. Pensé en un arma. Y ese pensamiento se concatenó directamente con otros dos. Por una parte pensé en Pollock, el pintor esquizoide. En Pollock y sus drippings. Pensé, también (y la asociación se me antojó natural), en Tarantino, el cineasta histérico. En Tarantino y sus parabrisas salpicados de masa encefálica, sangre y mierda. Pensé en todo eso. Pero aquello que sostenía Jacobo definitivamente no era un arma. ¿Qué sostenía Jacobo en sus manos? Ríanse, pero no era sino un viejo tocacintas. Uno de esos aparatos que obviamente ya no se consiguen en el mercado por la sencilla razón de que ya nadie utiliza casetes. ¿En qué momento las ensambladoras de autos dejaron atrás el tocacintas en favor del lector de CD? No lo sé y lo más seguro es que no llegue a enterarme jamás. Pero era eso, un viejo y jodido tocacintas del tipo extraíble, con su maraña de cables posteriores colgantes, como si se tratara de una medusa de utilería.

Jacobo ajustó el tocacintas en una oquedad perpetrada en el frontal de la consola en el preciso instante en que el Jefe y Tonelada abrían de nuevo las puertas del taxi.


El olor a mota dentro del coche por alguna razón me incomodó. No sabría decir por qué. Falta de costumbre, quizás. Pedí bajar unas de las ventanillas y sucedió igual que cuando solicité hojear uno de los ejemplares de El Proxeneta. Aunque esta vez no hubo argumentos y tampoco escuché las palabras “acto” u “homenaje”. Simplemente me ignoraron olímpicamente. Parecía como si les hablara a unas estatuas de sal. Entonces hice lo que se supone suele hacerse en estos casos: me recliné hacia atrás y traté de relajarme. Pensé en Carolina y en Lautaro. Pensé en el viaje a Santiago que emprenderíamos juntos tan pronto como acabara todo esto. También tuve otros pensamientos, pero esos no vienen al caso.


Creí que soñaba cuando comencé a escuchar la música. La sensación auditiva, como era lógico, quise atribuírsela al efecto “fumador pasivo”. Sin embargo, no tardé en caer en la cuenta de que la música no provenía de mí. Lo que escuchaba, muy a mi disgusto, era fruto de un fenómeno más mecánico que psíquico: Jacobo había insertado un casete en el tocacintas.

El Jefe comenzó a hablar:

—Lo que viene a continuación, señor Bolaño, es un juego— dijo mientras me escrutaba por el espejo retrovisor. Su voz sonaba pedagógica y amenazante, como la de una maestra de kindergarten sexualmente insatisfecha.

Miré a mi lado a ver si Tonelada participaría del juego: vi a un gigante benigno que babeaba por las comisuras. Comprendí, entonces, que mi custodio jamás sería capaz de hacerle daño a nadie, salvo a sí mismo.

Ignoro de dónde saqué valor para preguntar de qué se trataba el “juego”. Sin embargo no hubo tiempo de escuchar respuesta alguna: unos rotundos violines dirigidos por Domenic Frontiere me hicieron comprender que aquello, de alguna manera, no era un juego; por lo menos no en el sentido canónico. Intentaré explicarme: Domenic Frontiere (eso, con seguridad, lo sabe todo el mundo) es el compositor del tema incidental de la serie Los invasores. “Los invasores, 1967-1969”, repetí mental y estúpidamente.

La grabación, técnicamente hablando, no era de las que uno atesora en un archivo musical. El Jefe continuaba observándome por el espejo y en su rostro atisbé un mohín de impaciencia. Entonces lo dije: “Los invasores, 1967-1969”.

Reconozco que lo de las fechas fue un acto de vanidad, algo que, mire por donde se mire, no se me había exigido, pero sentí que había que decirlo y lo dije.

El verdadero juego comenzaría luego. Decir que hubo maña en colocar en seguidilla a Mannix, Petrocelli y El planeta de los simios en modo alguno es una justificación. Resultaba evidente que más allá del afán de confundir, el “mensaje” que se me quería enviar entrañaba algo más: Mannix y Petrocelli son melodías casi siamesas, podría decirse incluso que fueron grabadas una detrás de la otra y pagadas con un mismo cheque: idéntica sección rítmica, misma trompeta jazzeada, igual toque aventurero en la parte B de la pieza. Pero colocar a ambas al lado del apocalíptico Planeta de los simios, eso sin duda constituía una trampa. ¿Tenía algún sentido todo aquello? Ahora bien, quien quiera que hubiera dispuesto el orden de los temas (¿el Jefe, Jacobo, el azar?), sabía muy bien lo que hacía. Haber intercalado Misión imposible en el lote hubiese constituido un insulto al cerebro. Vuelvo a explicarme: las obras maestras no definen a un genio. A un genio lo definen sus imperfecciones. Rara vez arte y verdad son compatibles: Misión imposible no es sino el epítome de un genio y, el “epítome”, como se sabe, no es sino una suerte de decadencia gloriosa.

—Lalo Schifrin —dije.

También dije las fechas: Mannix 1967-1975. Petrocelli 1974-1976. El planeta de los simios (insólitamente una sola temporada: 1974). De las tres series, la que sin duda atraía mi atención era Petrocelli. Eso no es difícil de explicar. En los años en que la transmitían (aún vivía en la colonia Lindavista del DF) además de leer en exceso, también malgastaba demasiado tiempo mirando la televisión. Petrocelli me interesó por tres razones: 1) Anthony Petrocelli era un rico abogado de Harvard en el umbral de la jubilación. 2) Producto de las presiones de su mujer, manda a construir una fabulosa casa para el retiro de ambos. 3) Esa contingencia, no se sabe por qué, lo lleva a comprar un motorhome.

Pero aquí viene lo que hace de esa serie algo para el recuerdo: Petrocelli, un día cualquiera (quiero imaginar un día de verano, amarillento), pondrá en marcha su motorhome y, como un Peter Fonda senil en busca de su destino, se lanzará por todos los estados de la Unión al encuentro de algo que lo defina como ser humano. A cada pueblo que llegue, el veterano abogado se verá involucrado en una seguidilla de peripecias, juicios e investigaciones que lo harán sentirse útil a la sociedad y, por supuesto, a sí mismo. Petrocelli, entonces, se convertirá en un místico forense y su gran virtud será no saberlo. Eso era lo llamativo, lo inquietante o lo incandescente de Petrocelli, todo depende de cómo lo interpretaras.


Mis primeros malestares comenzaron cuando el taxi enfiló hacia una autopista ancha, oscura y ahíta de baches. Los estivales arreglos de Bill Conti atronaban por las cornetas al tiempo que mi colédoco esclerosado amenazaba con jugarme una mala pasada. Los opening themes de Conti, incluso para los oídos más descaminados, poseen ese aire decididamente burgués que resulta casi imposible no asociarlos con viñedos lujosos y mansiones de fábula. Pero ni aquello era la soleada California y tampoco nos adentrábamos en los límites de un rancho consagrado a la cría del Shorthorn: un letrero vial, con abolladuras de calibres imprecisos, dificultaban la lectura de la palabra “Guarenas”.

Desde hacía un buen rato sentía que el aire escaseaba dentro del coche. Esa sensación no me hubiese alarmado por sí sola de no haber venido acompañada de un dolor circunflejo que, ora se aposentaba en mi costado derecho, ora serpenteaba a través de mis costillas hasta enseñorearse en algún lugar de mi espina dorsal. Me debatía entre vomitar o responder, no sin vergüenza: “Dinastía, 1981-1989. Falcon Crest, 1981-1990”.

El taxi hizo dos amagos de apagarse antes de entrar en un camino de grava que luego, inopinadamente, se transformó en un pantano espeso. “Arena movediza”, pensé a despecho de los escépticos del Discovery Channel. Sin embargo el taxi, en una maniobra que me hizo sospechar de un oculto sistema de tracción, apenas si patinó antes de salir del atolladero.


Así anduvimos un trecho largo hasta que un bar apareció de pronto ante nosotros. Aunque en realidad el sitio no era más que una choza. Una edificación incapaz de desentonar en el corazón de Kenia, Luanda o Timor Oriental.

–Llegamos –dijo el Jefe y se frotó absurdamente las manos como si hiciera un frío tremendo. Yo, de buena gana, me hubiese echado una siesta encima de un iceberg.

En el bar había dos personas y mucho ruido. Una señora obesa trapeaba el piso con un vaivén inconsolable y tenaz. Con decisión, intenté seguir hasta el baño. Tonelada me siguió y de pronto sentí que todos mis males y urgencias desaparecían como por arte de hechicería. Desistí y tomé rumbo a la barra. Fue peor. Un Kenny Rogers, mucho más delgado y cetrino, me encaró como si yo le debiese algo.

–Lo estábamos esperando –dijo aquel hombre y me condujo, ceremonioso, hasta una mesa en el fondo del tugurio.

El sitio, con algo de producción, hubiese subyugado a los buscadores de locación de Robert Rodríguez. Nunca la llamada “otredad” estuvo mejor representada. La rockola, colocada al lado de una tarima minúscula, lucía como el único rasgo moderno presente en el lugar. Las mesas, las sillas y hasta la barra parecían provenir de un siglo indeterminado y atormentado. A juzgar por la insistencia del doble de Kenny Rogers, tuve la sospecha de que el anisado era la bebida oficial del local.

El Jefe, Jacobo y Tonelada habían desaparecido por una misteriosa puerta lateral pero al rato reaparecieron acompañados de un tipo cojo y con facha de personaje de Dickens. “Un Uriah Heep tropical”, pensé encandilado por la guayabera de flores y los mocasines blancos.

–Señor Bolaño, conozca al promotor del evento –dijo el Jefe señalando con gesto versallesco al fulano de camisa estridente. El dolor en mi costado había retornado con fuerza y levantar la mano para corresponder el saludo sin duda le hubiera agregado más dolor al que ya existía. Opté por asentir con la cabeza; alternativa que juzgué la más clínicamente correcta.

Tonelada fue a la barra por las bebidas y esa fue la oportunidad de oro para escabullirme al lavabo. En el camino rogué por la improbable existencia de una ventana de escape. Sin embargo, ese tipo de giros sólo ocurren en las malas películas. Cuando entré, hube de toparme con la previsible fetidez de los baños sin ventilación.

Retorné a la mesa en peores condiciones de las que me fui. Afortunadamente, en mi ausencia, sucedieron algunos hechos que lograron serenarme. Las copias mimeografiadas de El Proxeneta reposaban sobre la mesa y fue entonces cuando las palabras “acto”, “homenaje” e incluso “evento” comenzaron a cobrar sentido. Sin pedir permiso, tomé uno de los ejemplares y comencé a examinarlo.

Los gustos de los editores eran eclécticos y rocambolescos, por no decir descabellados. Eso sin hacer mención del diseño, que poseía la extraña virtud de lo ingenuo y lo atroz concentrado en un mismo espacio. El único punto destacable radicaba en un hecho meramente accidental: la publicación andaba ya por su tercer número. Eso, si no constituía un logro, al menos calificaba como milagro.

–¿Qué le parece el proyecto, señor Bolaño? –preguntó el promotor cojo.
–Están muy bien los ensayos –dije refiriéndome a uno en específico y que en realidad era un plagio perpetrado a Letras Libres. Lo firmaba un tal A. Linares y estaba ilustrado con dos calaveras haciendo el 69. El artículo de fondo, como era de suponerse, lo habían consagrado a Los detectives… y en él abundaban los ditirambos zalameros y las erratas inverosímiles. En alguna parte, el entusiasta articulista había querido lucirse con la palabra “trogoldita”.

Como guinda, alguien colocó una foto -mal bajada de la Internet- que me hacía lucir como el personaje del Grito de Munch.

Acto seguido vendría uno de los momentos más absurdos de mi vida. En la tarima, y sin que yo me percatara de ello, Jacobo instaló un improvisado sistema de sonido y nos hacía señas para que nos acercásemos hasta allí. Me preocupó que el doble de Kenny Rogers ya tuviera el micrófono en las manos.

Es difícil esperar brevedad de alguien que comience un discurso con la amañada fórmula: “no soy un orador”. La siguiente media hora sólo serviría para confirmar ese prejuicio. Por otra parte (y el detalle puede resultar nimio), costaba ver a aquel personaje y no imaginarlo, al lado de Dolly Parton, subsumidos en una almibarada orgía country.

Cuando el hombre paró de hablar, yo no podía sostenerme más en pie. Pedí una silla pero ya nadie me prestaba atención: había llegado el momento del brindis y el grupo batallaba con el corcho de un tintorro que, ignoro cómo, fue a dar allí.

El líquido, de una extraña coloración sulfurosa, atravesaba las hojas mustias de El Proxeneta cuando tuve a bien desmayarme.


Que se sepa, la ciencia aún no logra determinar si es posible soñar en estado de absoluta inconsciencia. Todo el mundo sabe que los sueños son simples elaboraciones que requieren de un mínimo de alerta, de una bombilla o una antorcha encendida que nos guíe por esos abismos. Por ello resultó extraño, aunque no disparatado, que antes de despertar en los brazos de Tonelada me vinieran a la cabeza aquellas secuencias oníricas herederas, si no saqueadas, de alguna página de Rodrigo Rey Rosa. Aquí comparto una de ellas:

Se trata de B, asombrosamente –un ex amigo. Está sentado frente a una cámara de vídeo, mirándola fijamente. Levanta una pistola, se la pone debajo del mentón y dispara. Un desastre. Hay sangre y partículas de seso en el suelo, en la pared. Aparece una mujer (el ama de llaves) y comienza a limpiar la sangre (y lo otro) con un trapeador. La cámara gira para enfocar un televisor con videocasete. El ama de llaves enciende el televisor, introduce una cinta y la echa a andar. Aparece B. Está sentado frente a la cámara, y lee apologías del suicidio por distintos autores. Al terminar la lectura, levanta la pistola, que ha mantenido oculta, mira fijamente a la cámara, y todo empieza de nuevo.


Al cabo de un rato, que pudo ser quince minutos, pero también una hora, volví en mí sin el suficiente aplomo mental como para digerir lo que a continuación vería. El doble de Kenny Rogers cantaba algo de Leo Dan, sin la magia de Leo Dan. Al Jefe no lo veía por todo aquello y Jacobo discutía acaloradamente con el promotor. Tonelada, en un gesto que bien podía recordar a la Piedad, pero que en modo alguno era el de la Piedad sino el de un niño que abandona un juguete, me depositó en una descabalada silla en un rincón del salón.

De pronto, la música del karaoke cesó.

Alguien echó una moneda a la rockola y ésta emitió un rugido primario, como de mamut. Sin que viniera a cuento, comenzó a sonar una bella melodía que intuí folclórica o eso me pareció. Era fácil aislar el sonido de un arpa con las cuerdas muy tensas. El ritmo, por otra parte, era cadencioso y arrebatador, como si invitara a un sacrificio maya. Tonelada se colocó ambas manos en la espalda y de nuevo comencé a ponerme nervioso. Pero no había de qué preocuparse: eso apenas sería el prolegómeno de una extraña danza que mi custodio se aprestaba a obsequiarnos. En fracciones de segundo, el paquidermo torpe se metamorfoseó en una libélula ladina que correteaba por entre mesas y sillas, dando unos zapateos vigorosos que hacían estremecer el piso. La canción era una elegía a un caballo muerto. Un caballo al que había fulminado un rayo. De eso hablaba la letra y a medida que se acercaba el desenlace de la historia, Tonelada redoblaba sus zapateos con más y más fuerza. En un momento dado se detuvo, abrió los brazos y, como si fuera a planear, se dirigió directo a donde Jacobo. Se produjo, entonces, uno de esos silencios teatrales e incómodos. Ese tipo de instantes nefandos por los que suelen pasar los actores que olvidan sus parlamentos. Pero quizás eso sólo sucediera en mi imaginación. Tal vez no haya ocurrido momento fallido alguno puesto que no tardaron en trenzarse en un baile que desde mi atalaya percibí austero y hermoso. Un baile que, visto con buena voluntad, hubiese pasado por una danza tradicional, pero que si uno afinaba el ojo más de lo necesario podía advertir cierta tensión sexual.

En este punto, algo imprevisible ocurrió.

Cuando los representantes de la ley echaron la puerta abajo, Tonelada y Jacobo descansaban sus frentes apoyadas una encima de la otra. El gordo tenía asido a su pareja por la nuca y se susurraban palabras que yo adivinaba dulces. Cerré los ojos y quise estar en la Antártida. Intenté visualizar pingüinos, paisajes gélidos.

Tonelada y Jacobo cayeron al piso, como fulminados por el rayo que preconizaba la canción, sólo que el rayo había tomado la forma de una porra policial y en menos de lo que toma decir “chucha” el bar se había convertido en un pandemoniun. El Jefe y el promotor tardaron en aparecer y, cuando lo hicieron, éste último traía una herida sangrante en el mentón que le confería cierta dignidad trágica. Un policía de labio leporino y mirada astuta, pateaba al doble de Kenny Rogers con refinada crueldad detrás del mostrador.

Esperaba mi turno para la paliza cuando la señora del trapeador me hizo señales desde la cocina. Con más voluntad que esperanza me levanté de la silla y me dirigí hasta ella. Mientras lo hacía, un manto invisible pareció cubrirme en el trayecto.

La cocina era uno de esos lugares de los que es mejor olvidarse pronto si uno pretende comer con apetito el resto de la vida. La señora me tomó por el brazo como quien ayuda a un convaleciente y me condujo a través de un pasillo renegrido de hollín e impregnado de un olor que he tratado de obliterar sin éxito.

Cuando salimos al exterior, me sorprendieron dos cosas. Tres, para ser precisos. No estábamos en la parte norte del local sino en el sur. El taxi aún permanecía estacionado en el mismo sitio y ya el sol comenzaba a despuntar por entre unas colinas xerófilas y fantasmales. Una penosa luz blanca lo iluminaba todo.

La señora del trapeador volvió a desaparecer dentro la choza y mi sensación de desamparo rápidamente se transformó en terror. Entonces me puse a darle vueltas al coche en redondo. No sé qué pretendía lograr con aquella acción, pero de alguna manera eso me tranquilizaba. En esas estaba cuando el policía de labio leporino salió al descampado.

“Miliani no hubiera permitido que me pasaran estas cosas”, me dije a mí mismo, seguro de haber leído o escuchado algo similar en algún sitio.

Lo que siguió a continuación puede parecer confuso, pero trataré de ajustarme a los hechos.

Detrás del policía, a poca distancia, venía también la señora del trapeador. El policía traía una porra y malas intenciones. La señora un matero con flores que a esa hora de la mañana me fue imposible descifrar. Yo seguía dándole vueltas en redondo al taxi. El policía, como es lógico, logró darme alcance a las primeras de cambio. Pero la señora del trapeador no permitió que yo recibiera el primer porrazo: el matero que sostenía en las manos hizo diana en la nuca de mi agresor. El golpe era para dormir a un caballo, pero el policía apenas se atontó. En el ínterin, la señora del trapeador me deslizó un manojo de llaves. Por el dado de peluche supe de inmediato que eran las llaves del coche.

El dado había caído en seis.

Lo recogí, dudoso, de mi buena suerte.

El coche encendió al primer giro de llave. Entonces entendí que atravesaba por una buena racha. Las buenas rachas no suelen durar mucho: la mía duró hasta que recordé, espantado, que jamás había conducido en mi vida. Mi aprendizaje fue apremiado por dos detonaciones que hasta hoy desconozco dónde impactaron.

El resto fue una pesadilla de senderos bifurcados, pendientes espeluznantes y problemas con el motor. Pero lo más extraño fue la música que me acompañó en el trayecto. Cuando el coche encendió, sincronizadamente lo hizo también el equipo que Jacobo había instalado en el auto. Pude reconocer, entre muchos, algunos temas a los que jamás les hallé un autor confiable: Tres son multitud, Tierra de gigantes y hasta una versión en inglés de El Zorro que en el DF hubiesen odiado. Ese fue mi soundtrack hasta que estrellé el coche contra un container de basura.


Todo lo demás puede contarlo con mayor rigor Domingo Miliani, quien jamás creyó la historia que ahora cuento. Para él (y yo jamás le quité razón) lo mío tan sólo había sido un capítulo más de la leyenda del escritor loco latinoamericano. No me gusta la imagen del escritor loco latinoamericano. ¿Pero quién soy yo para estropearla?