Cómo comencé a escribir
Con autorización de Random House Mondadori, ofrecemos un capítulo del nuevo libro de García Márquez, “Yo no vengo a decir un discurso”, que sale mañana a la venta y en el que reúne textos que escribió para ser leídos en voz alta
MAESTRO DE LAS LETRAS. El editor Cristóbal Pera trabajó con el escritor colombiano en la búsqueda y edición de sus 22 discursos más importantes (Foto: CORTESÍA MÓNICA ALONSO )
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Jueves 28 de octubre de 2010
El Universal
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Caracas, Venezuela, 3 de mayo de 1970
Primero que todo, perdónenme que hable sentado, pero la verdad es que si me levanto corro el riesgo de caerme de miedo. De veras. Yo siempre creí que los cinco minutos más terribles de mi vida me tocaría pasarlos en un avión y delante de veinte a treinta personas, no delante de doscientos amigos como ahora. Afortunadamente, lo que me sucede en este momento me permite empezar a hablar de mi literatura, ya que estaba pensando que yo comencé a ser escritor en la misma forma que me subí a este estrado: a la fuerza. Confieso que hice todo lo posible por no asistir a esta asamblea: traté de enfermarme, busqué que me diera una pulmonía, fui a donde el peluquero con la esperanza de que me degollara y, por último, se me ocurrió la idea de venir sin saco y sin corbata para que no me permitieran entrar en una reunión tan formal como ésta, pero olvidaba que estaba en Venezuela, en donde a todas partes se puede ir en camisa. Resultado: que aquí estoy y no sé por dónde empezar. Pero les puedo contar, por ejemplo, cómo comencé a escribir.
A mí nunca se me había ocurrido que pudiera ser escritor pero, en mis tiempos de estudiante, Eduardo Zalamea Borda, director del suplemento literario de El Espectador de Bogotá, publicó una nota donde decía que las nuevas generaciones de escritores no ofrecían nada, que no se veía por ninguna parte un nuevo cuentista ni un nuevo novelista. Y concluía afirmando que a él se le reprochaba porque en su periódico no publicaba sino firmas muy conocidas de escritores viejos, y nada de jóvenes en cambio, cuando la verdad -dijo- es que no hay jóvenes que escriban.
A mí me salió entonces un sentimiento de solidaridad para con mis compañeros de generación y resolví escribir un cuento, nomás por taparle la boca a Eduardo Zalamea Borda, que era mi gran amigo, o al menos que después llegó a ser mi gran amigo. Me senté y escribí el cuento, lo mandé a El Espectador. El segundo susto lo obtuve el domingo siguiente cuando abrí el periódico y a toda página estaba mi cuento con una nota donde Eduardo Zalamea Borda reconocía que se había equivocado, porque evidentemente con «ese cuento surgía el genio de la literatura colombiana» o algo parecido.
Esta vez sí que me enfermé y me dije: «¡En qué lío me he metido! ¿Y ahora qué hago para no hacer quedar mal a Eduardo Zalamea Borda?». Seguir escribiendo, era la respuesta. Siempre tenía frente a mí el problema de los temas: estaba obligado a buscarme el cuento para poderlo escribir.
Y esto me permite decirles una cosa que compruebo ahora, después de haber publicado cinco libros: el oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica. La facilidad con que yo me senté a escribir aquel cuento una tarde no puede compararse con el trabajo que me cuesta ahora escribir una página. En cuanto a mi método de trabajo, es bastante coherente con esto que les estoy diciendo. Nunca sé cuánto voy a poder escribir ni qué voy a escribir. Espero que se me ocurra algo y, cuando se me ocurre una idea que juzgo buena para escribirla, me pongo a darle vueltas en la cabeza y dejo que se vaya madurando. Cuando la tengo terminada (y a veces pasan muchos años, como en el caso de Cien años de soledad, que pasé diecinueve años pensándola), cuando la tengo terminada, repito, entonces me siento a escribirla y ahí empieza la parte más difícil y la que más me aburre. Porque lo más delicioso de la historia es concebirla, irla redondeando, dándole vueltas y revueltas, de manera que a la hora de sentarse a escribirla ya no le interesa a uno mucho, o al menos a mí no me interesa mucho; la idea que le da vueltas.
Les voy a contar, por ejemplo, la idea que me está dando vueltas en la cabeza hace ya varios años y sospecho que la tengo ya bastante redonda. Se las cuento ahora, porque seguramente cuando la escriba, no sé cuándo, ustedes la van a encontrar completamente distinta y podrán observar en qué forma evolucionó. Imagínense un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de diecisiete y una hija menor de catorce. Está sirviéndoles el desayuno a sus hijos y se le advierte una expresión muy preocupada. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella responde: «No sé, pero he amanecido con el pensamiento de que algo muy grave va a suceder en este pueblo».
Ellos se ríen de ella, dicen que ésos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el adversario le dice: «Te apuesto un peso a que no la haces». Todos se ríen, él se ríe, tira la carambola y no la hace. Paga un peso y le pregunta: «¿Pero qué pasó, si era una carambola tan sencilla?». Dice: «Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi mamá esta mañana sobre algo grave que va a suceder en este pueblo». Todos se ríen de él y el que se ha ganado el peso regresa a su casa, donde está su mamá y una prima o una nieta o en fin, cualquier parienta. Feliz con su peso dice: «Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla, porque es un tonto». «¿Y por qué es un tonto?». Dice: «Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado por la preocupación de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo».
Entonces le dice la mamá: «No te burles de los presentimientos de los viejos, porque a veces salen». La parienta lo oye y va a comprar carne. Ella dice al carnicero: «Véndame una libra de carne» y, en el momento en que está cortando, agrega: «Mejor véndame dos porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado». El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: «Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se está preparando, y andan comprando cosas».
Entonces la vieja responde: «Tengo varios hijos; mire, mejor déme cuatro libras». Se lleva cuatro libras y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice: «Se han dado cuenta del calor que está haciendo?». «Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor.» Tanto calor que es un pueblo donde todos los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos. «Sin embargo -dice uno-, nunca a esta hora ha hecho tanto calor.» «Sí, pero no tanto calor como ahora.» Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: «Hay un pajarito en la plaza». Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
«Pero, señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.» «Sí, pero nunca a esta hora.» Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. «Yo sí soy muy macho -grita uno-, yo me voy.» Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen: «Si éste se atreve a irse, pues nosotros también nos vamos», y empiezan a desmantelar literalmente al pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo dice: «Que no venga la desgracia a caer sobre todo lo que queda de nuestra casa» y entonces incendia la casa y otros incendian otras casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio clamando: «Yo lo dije, que algo muy grave iba a pasar y me dijeron que estaba loca».
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jueves, 11 de noviembre de 2010
miércoles, 10 de noviembre de 2010
ROBERTO BOLAñO;Fragmento de LOS DETECTIVES SALVAJES.
Roberto Bolaño: Fragmento de Los detectives salvajes
0 comentarios 12:04 AM Publicado por hugo
Etiquetas: Roberto Bolaño
Clara Cabeza, Parque Hundido, México DF, octubre de 1995. Yo fui la secretaria de Octavio Paz. No saben ustedes el trabajo que tenía. Que si escribir cartas, que si localizar manuscritos ilocalizables, que si telefonear a los colaboradores de la revista, que si conseguir libros que ya sólo se encontraban en una o dos universidades norteamericanas. Al cabo de dos años de estar trabajando para don Octavio ya tenía una cefalalgia crónica que me atacaba a eso de las once de la mañana y no se me iba, por más aspirinas que tomara, hasta las seis de la tarde. Generalmente lo que a mí me gustaba era hacer las labores más propiamente de casa, como preparar el desayuno o ayudar a la sirvienta a preparar la comida. Ahí me lo pasaba bien y además era un descanso para mi mente torturada. Yo solía llegar a la casa a las siete de la mañana, a una hora en la que no hay atascos de tránsito y si los hay no son tan largos y terribles como en las horas punta, y preparaba café, té, naranjadas, un par de tostadas, un desayuno sencillito, y luego me iba con la bandeja hasta la habitación de don Octavio y le decía don Octavio, despierte, ya es un nuevo día. La primera en abrir los ojos, de todas maneras, era la señora María José y siempre su despertar era alegre, su voz surgía de la oscuridad y me decía: deja el desayuno en la mesita, Clara, y yo le decía buenos días, señora, ya es un nuevo día. Luego me iba a la cocina otra vez y me preparaba mi propio desayuno, algo ligerito como el de los señores, un café, una naranjada y una o dos tostadas con mermelada, y después me iba a la biblioteca y me ponía a trabajar.
..... No saben ustedes el titipuchal de cartas que recibía don Octavio y lo difícil que era clasificarlas. Como ya se imaginarán, le escribían de los cuatro puntos cardinales y gente de toda clase, desde otros premios Nobel como él hasta jóvenes poetas ingleses o italianos o franceses. No digo yo que don Octavio contestara todas sus cartas, más bien sólo contestaba un quince a un veinte por ciento de las que recibíamos, pero el resto de todas maneras había que clasificarlas y guardarlas, vaya a saber por qué, yo de buen gusto las hubiera arrojado a la basura. El sistema de clasificación, por otra parte, era sencillo, las separábamos por nacionalidades y cuando la nacionalidad no estaba clara (esto solía pasar en cartas que le escribían en español, inglés y francés) las separábamos por idiomas. A veces, mientras trabajaba en la correspondencia, yo me ponía a pensar en la jornada laboral de las secretarias de los cantantes de música melódica o popular o de rock y me preguntaba si ellas también tenían que lidiar con tantísimas cartas hasta en chino, con eso les digo todo. En esas ocasiones yo tenía que separar las cartas en un lotecito aparte que llamábamos marginalia excentricorum y que don Octavio revisaba una vez a la semana. Después, pero esto pasaba muy de tanto en tanto, me decía Clarita, coja el coche y váyase a ver a mi amigo Nagahiro. De acuerdo, don Octavio, le decía yo, pero el asunto no era tan fácil como lo pintaba él. Primero me pasaba la mañana telefoneando al tal Nagahiro y cuando por fin lo hallaba le decía don Nagahiro, tengo algunas cositas para que me las traduzca y él me daba una cita para un día de esa semana. A veces se las mandaba por correo o con un mensajero, pero cuando los papeles eran importantes, y eso lo notaba yo por la cara que ponía don Octavio, pues iba personalmente y no me movía de al lado del señor Nagahiro hasta que por lo menos me daba un resumen sucinto del contenido del papel o carta, resumen que yo anotaba en taquigrafía en mi libretita y que luego pasaba en limpio, imprimía y dejaba en el escritorio de don Octavio, en el extremo izquierdo, para que él si tenía a bien le echara una mirada y se sacara la curiosidad de encima.
..... Y luego estaba la correspondencia que don Octavio mandaba. Ahí sí que el trabajo era desquiciante, pues acostumbraba a escribir varias cartas a la semana, unas dieciséis más o menos, a los lugares más insospechados del mundo, algo que daba pasmo ver de cerca, pues una se preguntaba cómo ese hombre había hecho tantas amistades en sitios tan diversos e incluso diría antagónicos como Trietse y Sidney, Córdoba y Helsinki, Nápoles y Bocas del Toro (Panamá), Limoges y Nueva Delhi, Glasgow y Monterrey. Y para todos tenía una palabra de aliento o una reflexión de esas que se hacía como en voz alta y que, supongo, ponía al corresponsal a pensar y a darle vueltas a la cabeza. No voy a cometer la falta de desvelar lo que decía en sus cartas, sólo diré que hablaba más o menos de lo mismo que habla en sus ensayos y en sus poemas: de cosas bonitas, de cosas oscuras y de la otredad, que es algo en lo que yo he pensado mucho, supongo que como muchos intelectuales mexicanos, y que no he logrado averiguar de qué se trata. Otra de las cosas que yo hacía y muy a gusto era de enfermera, pues no por nada tengo un par de cursillos de primeros auxilios. Don Octavio ya por entonces no estaba muy sanote que digamos y tenía que medicarse cada día y como él siempre andaba pensando en sus cosas, pues se le olvidaba cuándo había que tomar las medicinas y al final se hacía un lío, que si ésta ya me la tomé al mediodía o si esta otra no me la tomé a las ocho de la mañana, en fin, un desorden con las pastillas al que, me enorgullezco de decir, yo puse fin, pues incluso me ocupé de que tomara con puntualidad alemana aquellas que debía tomar cuando yo no estaba en casa. Para tal menester lo llamaba por teléfono desde mi departamento o desde donde estuviera y le decía a la sirvienta ¿don Octavio ya se tomó las pastillas de las ocho? y la sirvienta iba a mirar y si las píldoras que yo le había dejado dispuestas en un envase de plástico aún estaban allí, pues yo le ordenaba: llévaselas y que se las tome. A veces no hablaba con la sirvienta sino con la señora, pero yo igual: ¿se tomó su medicina don Octavio?, y la señora María José se ponía a reír y me decía ay Clarisa, ella a veces me llamaba Clarisa, no sé por qué, al final vas a conseguir que me ponga celosa, y cuando la señora María José decía eso yo como que me ruborizaba y como que tenía miedo de que ella viera cómo me ruborizaba, tonta que es una, ¿cómo iba a verlo si estábamos hablando por teléfono?, pero igual seguía llamando e insistiendo en que se tomara sus medicamentos a su hora, porque si no sirven para nada, ¿verdad?
..... Otra de las cosas que hacía era preparar la agenda de don Octavio, llena de actividades sociales, que si fiestas o conferencias, que si invitaciones a inauguraciones de pintura, que si cumpleaños o doctorados honoris causa, la verdad es que de asistir a todos esos eventos el pobrecito no hubiera podido escribir ni una línea, no digo ya de sus ensayos, es que ni siquiera de sus poesías. Así que cuando le arreglaba la agenda él y la señora María José la examinaban con lupa e iban descartando cosas, yo a veces los observaba desde mi rinconcito y me decía para mí misma: muy bien, don Octavio, castíguelos con su indiferencia.
..... Y luego vino la época del Parque Hundido, un lugar que si quieren mi opinión no tiene el más mínimo interés, antes puede que sí, hoy está convertido en una selva donde campean los ladrones y los violadores, los teporochos y las mujeres de la mala vida.
..... La cosa sucedió así. Una mañana, yo acababa de llegar a la casa y aún no eran las ocho, me encontré a don Octavio levantado, esperándome en la cocina. Nada más verme me dijo: me va a hacer el favor de llevarme a tal parte, Clarita, en su carro de usted. ¿Qué le parece? Como si yo alguna vez me hubiera negado a hacer nada que él me hubiera pedido. Así que le dije: usted dirá adónde vamos, don Octavio. Pero él me hizo un gesto, sin decir nada, y salimos a la calle. Se acomodó a mi lado, en el coche, que dicho sea de paso sólo es un Volkswagen, o sea que no es muy cómodo. Cuando lo vi allí, sentado y con ese aire ausente, me dio un poco de pena por no tener un vehículo algo mejor que ofrecerle, aunque no le dije nada porque también pensé que si me disculpaba él lo podía interpretar como una especie de recriminación porque al final de cuentas era él quien me pagaba y si no tenía para un coche mejor se podía decir que también era por culpa suya, algo que jamás, ni en sueños, le he reprochado. Por lo tanto me quedé callada, disimulé lo mejor que pude y puse en marcha el motor. Las primeras calles las recorrimos al azar. Luego dimos una vuelta por Coyoacán y al final enfilamos por Insurgentes. Cuando apareció el Parque me ordenó que estacionara donde pudiera. Luego bajamos y don Octavio, tras echar una ojeada, se internó por el Parque que a esa hora no es que estuviera lleno, pero tampoco estaba vacío. Esto le debe traer algún recuerdo, pensé. A medida que caminábamos el Parque estaba más solo. Noté que el descuido o la desidia o la falta de medios o la más vil irresponsabilidad había deteriorado el parque hasta límites insospechables. Ya bien adentro del parque tomamos asiento en un banco y don Octavio se puso a contemplar las copas de los árboles o el cielo y luego murmuró algunas palabras que yo no entendí. Antes de salir había cogido las medicinas y una botellita de agua y como ya era hora de tomárselas aproveché que estábamos sentados y se las di. Don Octavio me miró como si me hubiera vuelto loca pero se tomó sin rechistar sus pastillas. Luego me dijo: quédese usted aquí, Clarita, y se levantó y se puso a caminar por un caminito de tierra seca con pinaza y yo lo obedecí. Se estaba bien allí, eso hay que reconocerlo, a veces, por otras sendas del parque, veía las figuras de sirvientas que acortaban camino o de estudiantes que habían decidido no ir a clases aquella mañana, el aire era respirable, aquel día la contaminación no sería tan grande, de tanto en tanto incluso creo que escuchaba el piar de un pajarito. Mientras tanto don Octavio caminaba. Caminaba en círculos cada vez más grandes y a veces se salía de la senda y pisaba la hierba, una hierba enferma de tanto ser pisoteada y que los jardineros ya ni debían de cuidar.
..... Entonces fue cuando vi a ese hombre. También caminaba en círculos y sus pasos seguían la misma senda, sólo que en sentido contrario, así que por fuerza tenía que cruzarse con don Octavio. Para mí, fue como una alarma en el pecho. Me levanté y puse en alerta todos mis músculos por si era necesario intervenir, no por nada hice un cursillo de kárate y judo hace unos años con el doctor Ken Takeshi, que en realidad se llamaba Jesús García Pedraza y había sido miembro de la policía federal. Pero no fue necesario: cuando el hombre se cruzó con don Octavio ni siquiera levantó la cabeza. Así que me quedé inmóvil y vi lo siguiente: don Octavio, al cruzarse con el hombre, se detuvo y se quedó como pensativo, luego hizo el ademán de seguir andando, pero esta vez ya no iba tan al azar o tan despreocupado como hacía unos minutos sino que más bien iba como calculando el momento en que ambas trayectorias, la suya y la del desconocido, iban a volver a cruzarse. Y cuando una vez más el desconocido pasó al lado de don Octavio, éste se giró y se lo quedó mirando con verdadera curiosidad. El desconocido también miró a don Octavio y yo diría que lo reconoció, algo que por lo demás no tiene nada de raro, todo el mundo, y cuando digo todo el mundo digo literalmente todo el mundo, lo conoce. Cuando volvimos a casa el ánimo de don Octavio había variado notablemente. Estaba más vivaracho, con más energía, como si el largo paseo matinal lo hubiera fortalecido. Recuerdo que en un momento del viaje recitó unos versos y él dijo un nombre, sería el nombre de un poeta inglés, lo olvidé, y luego como para cambiar de tema me preguntó por qué había estado yo tan nerviosa y me acuerdo que al principio no le contesté, tal vez sólo exclamara ay, don Octavio, y luego le expliqué que el Parque Hundido no era precisamente una zona tranquila, un lugar donde uno pudiera pasear y meditar sin temor a ser asaltado por desalmados. Y entonces don Octavio me miró y me dijo con una voz que salía como del corazón de un lobo: a mí no me asalta ni el presidente de la República. Y lo dijo con tanta seguridad que yo le creí y preferí no decir nada más.
..... Al día siguiente, al llegar a casa, don Octavio ya me estaba esperando. Salimos sin decirnos nada y yo conduje, ingenua de mí, hacia Coyoacán, pero cuando don Octavio se dio cuenta me dijo que pusiera rumbo al Parque Hundido sin otra dilación. La historia se repitió. Don Octavio me dejó sentada en un banco y se puso a pasear en círculos por el mismo sitio que el día anterior. Antes yo le di sus medicinas y él se las tomó sin mayores comentarios. Poco después apareció el hombre que también paseaba. Cuando lo vio don Octavio no pudo evitar mirarme desde la distancia como diciéndome: ya ve, Clarita, yo nunca hago nada por nada. El desconocido también me miró y luego miró a don Octavio y por un segundo me pareció que dudaba, que sus pasos se volvían más inseguros, más dubitativos. Pero no se echó para atrás, como llegué a temer, y él y don Octavio volvieron a caminar y volvieron a cruzarse y cada vez que se cruzaban levantaban la vista del suelo y se miraban a la cara y yo me di cuenta que los dos iban al principio como muy alertas el uno del otro, pero a la tercera vuelta ya iban muy reconcentrados y ya para entonces ni siquiera se miraban al cruzarse. Y yo creo que fue entonces que se me ocurrió que ninguno de los dos hablaba, digo, que ninguno de los dos murmuraba palabras, sino números, que los dos iban contando, yo no sé si sus pasos, que es lo más lógico que se me ocurre ahora, pero sí algo parecido, números al azar, tal vez, sumas o restas, multiplicaciones o divisiones. Cuando nos marchamos don Octavio estaba bastante cansado. Le brillaban los ojos, esos ojos tan bonitos que tiene, pero por lo demás parecía como si hubiera hecho una carrera. Les confieso que por un momento me preocupé y me pareció que si le pasaba algo la culpa sería mía. Me imaginé a don Octavio con un ataque al corazón, me lo imaginé muerto y luego imaginé a todos los escritores de México que tanto lo quieren (en especial los poetas) rodeándome en la sala de visitas de la clínica en donde don Octavio suele hacerse los chequeos médicos y preguntándome con miradas francamente hostiles que qué diablos le había hecho yo al único premio Nobel mexicano, que cómo era que don Octavio había sido encontrado tirado en el Parque Hundido, un lugar tan poco poético y tan ajeno, por otra parte, a los itinerarios urbanos de mi jefe. Y en mi imaginación yo no sabía qué respuesta darles, salvo decir la verdad, que por otra parte yo sabía que no iba a convencerlos y entonces para qué decirla, mejor quedarme callada, y en ésas estaba, conduciendo por las avenidas cada día más insoportables del DF e imaginándome inmersa en situaciones llenas de palabra acusatorias y de recriminación, cuando escuché que don Octavio me decía vamos a la universidad, Clarita, que tengo que hacer una consulta con un amigo. Y aunque en ese momento vi a don Octavio tan normal como siempre, tan dueño de sí mismo como siempre, la verdad es que yo ya no pude quitarme del pecho la espinita de la inquietud, el peso de una premonición más bien negra. Máxime cuando a eso de las cinco de la tarde don Octavio me llamó a su biblioteca y me dijo que hiciera una lista de los poetas mexicanos nacidos digamos a partir de 1950, una petición no más rara que otras, es cierto, pero dada la historia en la que estábamos embarcados, turbadora en grado extremo. Yo creo que don Octavio se dio cuenta de mi inquietud, nada difícil por otra parte, pues me temblaban las manos y me sentía como un pajarito en medio de una tormenta. Media hora después volvió a llamarme y cuando yo acudí me miró a los ojos y me preguntó si confiaba en él. Qué pregunta, don Octavio, le dije, qué cosas se le ocurren. Y él, como si no me oyera, me repitió la pregunta. Claro que sí, le dije, confió en usted más que en nadie. Entonces él me dijo: de lo que yo te diga aquí y de lo que has visto y de lo que veas mañana, ni una palabra a nadie. ¿Estamos? Se lo juro por mi madre que en paz descanse, le dije yo. Y él entonces hizo un gesto como si espantara moscas y dijo a ese muchacho yo lo conozco. ¿Ah, sí?, dije yo. Y él dijo: hace muchos años , Clarita, un grupo de energúmenos de la extrema izquierda planearon secuestrarme. No me diga, don Octavio, dije yo y me puse a temblar otra vez. Pues sí, dijo él, son las vicisitudes a las que se expone todo hombre público, Clarita, deje de temblar, vaya a servirse un whisky o lo que sea, pero tranquilícese. ¿Y ese hombre es uno de aquellos terroristas?, dije yo. Me parece que sí, dijo él. ¿Y a santo de qué lo querían secuestrar, don Octavio?, dije yo. Eso es un misterio, dijo él, tal vez estaban dolidos porque no les hacía caso. Es posible, dije yo, la gente acumula mucho rencor gratuito. Pero tal vez la cosa no iba por ahí, tal vez sólo se trataba de una broma. Vaya bromita, dije yo. Lo cierto es que nunca intentaron el secuestro, dijo él, pero lo anunciaron a bombo y platillo, y así llegó a mis oídos. ¿Y cuando usted lo supo, qué hizo?, dije yo. Nada, Clarita, me reí un poco y luego los olvidé para siempre, dijo él.
..... A la mañana siguiente volvimos al Parque Hundido. Yo había pasado una mala noche, mitad insomne y mitad atacada de los nervios que ni siquiera la lectura balsámica de Amado Nervo había podido mitigar (entre paréntesis, yo a don Octavio nunca le decía que leía a Amado Nervo sino a don Carlos Pellicer o a don José Gorostiza, a quienes por supuesto he leído, pero ya me dirán a mí de qué sirve leer la poesía de Pellicer o Gorostiza cuando lo que una quiere es tranquilizarse, en el mejor de los casos dormirse, la verdad es que en esos casos así lo mejor es no leer nada, ni siquiera a Amado Nervo, sino ver la televisión, y a más tonto sea el programa mejor), y tenía unas ojeras enormes que el maquillaje no podía disimular y hasta la voz la tenía un poco ronca, como si por la noche hubiera fumado un paquete de cigarrillos o hubiera bebido demasiado o algo parecido. Pero don Octavio no se dio cuenta de nada y se subió al Volkswagen y partimos para el Parque Hundido, sin decirnos nada, como si toda nuestra vida hubiéramos estado haciendo lo mismo, que era precisamente una de las cosas que más me crispaba los nervios, esa facilidad del ser humano para adaptarse de pronto a lo que sea. Es decir: si yo me ponía a pensar calmadamente, como debe de ser, y me decía que habíamos ido al Parque Hundido, sólo dos veces, y que aquella era la tercera visita, bueno, me costaba creerlo, porque de verdad parecía que hubiéramos ido muchas más veces, y si admitía que sólo habíamos ido dos veces, pues resultaba peor, porque entonces me daban ganas de gritar o de estrellarme con mi Volkswagen contra algún muro, por lo que tenía que dominarme y concentrarme en el volante y no pensar en el Parque Hundido ni en aquel desconocido que lo visitaba a la misma hora que nosotros. En pocas palabras, esa mañana yo no sólo estaba ojerosa y demacrada sino que además estaba irracionalmente afectada. Ahora bien, lo que pasó aquella mañana, en contra de mis previsiones, fue bien diferente.
..... Llegamos al Parque Hundido. Eso está claro. Nos internamos en el parque y nos sentamos en el mismo banco de siempre, al amparo de un árbol grande y frondoso aunque yo supongo que igual de enfermo que todos los árboles del DF. Y entonces don Octavio, en vez de dejarme sola en el banco como había sucedido en las ocasiones precedentes, me preguntó si había realizado su encargo del día anterior y yo le dije que sí, don Octavio, hice una lista con muchísimos nombres y él se sonrío y me preguntó si había memorizado esos nombres y yo lo miré como preguntándole si me estaba tomando el pelo o no y saqué la lista de mi bolso y se la mostré y él dijo: Clarita, averigüe quién es ese muchacho. Eso fue lo que me dijo. Y yo me levanté como una idiota y me puse a esperar al desconocido y para entretener la espera me puse a caminar hasta que me di cuenta que estaba repitiendo el trayecto de don Octavio en los días precedentes y entonces me quedé inmóvil, sin atreverme a mirarlo, con la vista clavada en el lugar por donde debía aparecer el desconocido cuya identidad debía averiguar. Y el desconocido apareció, a la misma hora que las dos veces anteriores, y se puso a pasear. Y entonces yo ya no quise dilatar más el asunto y lo abordé y le pregunté quién era y él dijo soy Ulises Lima, poeta real visceralista, el penúltimo poeta real visceralista que queda en México, tal cual, y la verdad, qué quieren que les diga, su nombre no me sonaba de nada, aunque la noche anterior, por orden de don Octavio, había estado consultando índices de más de diez antologías de poesía reciente y no tan reciente, entre ellas la famosa antología de Zarco en donde están censados más de quinientos poetas jóvenes. Pero su nombre no me sonaba para nada. Y entonces le dije: ¿sabe usted quién es el señor que está sentado allí? Y el dijo: sí, lo sé. Y yo le dije (debía asegurarme): ¿quién? Y el dijo: es Octavio Paz. Y yo le dije: ¿quiere venir a sentarse con el un ratito? Y él se encogió de hombros o hizo un gesto parecido que interpreté como afirmación y ambos nos encaminamos al banco desde donde don Octavio seguía interesadísimo todos nuestros movimientos. Al llegar junto a él me pareció que no estaría de más hacer una presentación formal, así que dije: don Octavio Paz, el poeta real visceralista Ulises Lima. Y entonces don Octavio, al tiempo que invitaba al tal Lima a tomar asiento, dijo: real visceralista, real visceralista (como si el nombre le sonara a lago), ¿no fue ése el grupo poético de Cesárea Tinajero? Y el tal Lima se sentó junto a don Octavio y suspiró o hizo un ruido raro con los pulmones y dijo sí, así se llamaba el grupo de Cesárea Tinajero. Durante un minuto o algo así estuvieron callados, mirándose. Un minuto bastante insoportable, si he de ser sincera. A lo lejos, bajo unos arbustos, vi aparecer a dos vagabundos. Creo que me puse un poco nerviosa y eso me hizo tener la mala ocurrencia de preguntarle a don Octavio que grupo era ése y si él los había conocido. Lo mismo hubiera podido hacer un comentario sobre el tiempo. Y entonces don Octavio me miró con esos ojos tan bonitos que tiene y me dijo Clarita, para cuando los real visceralistas yo apenas tenía diez años, esto ocurió allá por 1924, ¿no?, dijo dirigiéndose al tal Lima. Y éste dijo sí, más o menos, por los años veinte, pero lo dijo con tanta tristeza en la voz, con tanta... emoción, o sentimiento, que yo pensé que nunca más iba a escuchar una voz más triste. Creo que hasta me mareé. Los ojos de don Octavio y la voz del desconocido y la mañana y el Parque Hundido, un lugar tan vulgar, ¿verdad?, tan deteriorado, me hirieron, no sé de qué manera, en lo más hondo. Así que los dejé que conversaran tranquilos y me alejé unos cuantos metros, hasta el banco más próximo, con la excusa de que debía estudiar la agenda del día, y de paso me llevé la lista que había hecho con los nombres de la s últimas generaciones de poetas mexicanos y la repasé del primero hasta el último, no estaba en ninguna parte Ulises Lima, puedo asegurarlo. ¿Cuánto rato conversaron? No mucho. Desde donde yo estaba se adivinaba, eso sí, que fue una conversación distendida, serena, toleranre. Después el poeta Ulises Lima se levantó, le estrechó la mano a don Octavio y se marchó. Lo vi alejarse en dirección a una de las alidas del parque. Los vagabundos que había visto en los matorrales y que ahora eran tres se acercaban a nosotros. Vámonos, Clarita, oí que me decía don Octavio.
..... Al día siguiente, tal como esperaba, nos fuimos al Parque Hundido. Don Octavio se levantó a las diez de la mañana y estuvo preparando un artículo que debía publicar en el próximo número de su revista. En algun momento me entraron ganas de preguntarle más cosas sobre nuestra pequeña aventura de tres días, pero algo en mi interior (mi sentido común, probablemente) me hizo desistir de la idea. La scosas habían ocurrido tal como habían ocurrido y si yo, que era el único testigo, no sabía lo que había pasado, lo mejor era que siguiera en la ignorancia. Una semana después, aproximadamente, él se marchó con la señora para una serie de conferencias que debía pronunciar en una universidad norteamericana. Yo, por supuesto, no los acompañé. Una mañana, cuando él aún no había regresado, fui al Parque Hundido con la esperanza o con el temor de ver aparecer otra vez a Ulises Lima. Esta vez la única diferencia fue que no me puse a la vista de nadie sino más bien oculta tras unos arbustos, con una vision perfecta, eso sí, del claro en donde se encontraron por primera vez don Octavio y el desconocido. Los primeros minutos de espera mi corazón iba a cien. Estaba helada y sin embargo, al tocarme las mejillas la impresión que tenía era de que de un momento a otro la cara me iba a explotar. Después vino la desilusión y cuando me marché del parque, a eso de las diez de la mañana, podría afirmarse que incluso me sentía feliz, aunque no me pregunten por qué pues no sabría decirlo.
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Etiquetas: Roberto Bolaño
Clara Cabeza, Parque Hundido, México DF, octubre de 1995. Yo fui la secretaria de Octavio Paz. No saben ustedes el trabajo que tenía. Que si escribir cartas, que si localizar manuscritos ilocalizables, que si telefonear a los colaboradores de la revista, que si conseguir libros que ya sólo se encontraban en una o dos universidades norteamericanas. Al cabo de dos años de estar trabajando para don Octavio ya tenía una cefalalgia crónica que me atacaba a eso de las once de la mañana y no se me iba, por más aspirinas que tomara, hasta las seis de la tarde. Generalmente lo que a mí me gustaba era hacer las labores más propiamente de casa, como preparar el desayuno o ayudar a la sirvienta a preparar la comida. Ahí me lo pasaba bien y además era un descanso para mi mente torturada. Yo solía llegar a la casa a las siete de la mañana, a una hora en la que no hay atascos de tránsito y si los hay no son tan largos y terribles como en las horas punta, y preparaba café, té, naranjadas, un par de tostadas, un desayuno sencillito, y luego me iba con la bandeja hasta la habitación de don Octavio y le decía don Octavio, despierte, ya es un nuevo día. La primera en abrir los ojos, de todas maneras, era la señora María José y siempre su despertar era alegre, su voz surgía de la oscuridad y me decía: deja el desayuno en la mesita, Clara, y yo le decía buenos días, señora, ya es un nuevo día. Luego me iba a la cocina otra vez y me preparaba mi propio desayuno, algo ligerito como el de los señores, un café, una naranjada y una o dos tostadas con mermelada, y después me iba a la biblioteca y me ponía a trabajar.
..... No saben ustedes el titipuchal de cartas que recibía don Octavio y lo difícil que era clasificarlas. Como ya se imaginarán, le escribían de los cuatro puntos cardinales y gente de toda clase, desde otros premios Nobel como él hasta jóvenes poetas ingleses o italianos o franceses. No digo yo que don Octavio contestara todas sus cartas, más bien sólo contestaba un quince a un veinte por ciento de las que recibíamos, pero el resto de todas maneras había que clasificarlas y guardarlas, vaya a saber por qué, yo de buen gusto las hubiera arrojado a la basura. El sistema de clasificación, por otra parte, era sencillo, las separábamos por nacionalidades y cuando la nacionalidad no estaba clara (esto solía pasar en cartas que le escribían en español, inglés y francés) las separábamos por idiomas. A veces, mientras trabajaba en la correspondencia, yo me ponía a pensar en la jornada laboral de las secretarias de los cantantes de música melódica o popular o de rock y me preguntaba si ellas también tenían que lidiar con tantísimas cartas hasta en chino, con eso les digo todo. En esas ocasiones yo tenía que separar las cartas en un lotecito aparte que llamábamos marginalia excentricorum y que don Octavio revisaba una vez a la semana. Después, pero esto pasaba muy de tanto en tanto, me decía Clarita, coja el coche y váyase a ver a mi amigo Nagahiro. De acuerdo, don Octavio, le decía yo, pero el asunto no era tan fácil como lo pintaba él. Primero me pasaba la mañana telefoneando al tal Nagahiro y cuando por fin lo hallaba le decía don Nagahiro, tengo algunas cositas para que me las traduzca y él me daba una cita para un día de esa semana. A veces se las mandaba por correo o con un mensajero, pero cuando los papeles eran importantes, y eso lo notaba yo por la cara que ponía don Octavio, pues iba personalmente y no me movía de al lado del señor Nagahiro hasta que por lo menos me daba un resumen sucinto del contenido del papel o carta, resumen que yo anotaba en taquigrafía en mi libretita y que luego pasaba en limpio, imprimía y dejaba en el escritorio de don Octavio, en el extremo izquierdo, para que él si tenía a bien le echara una mirada y se sacara la curiosidad de encima.
..... Y luego estaba la correspondencia que don Octavio mandaba. Ahí sí que el trabajo era desquiciante, pues acostumbraba a escribir varias cartas a la semana, unas dieciséis más o menos, a los lugares más insospechados del mundo, algo que daba pasmo ver de cerca, pues una se preguntaba cómo ese hombre había hecho tantas amistades en sitios tan diversos e incluso diría antagónicos como Trietse y Sidney, Córdoba y Helsinki, Nápoles y Bocas del Toro (Panamá), Limoges y Nueva Delhi, Glasgow y Monterrey. Y para todos tenía una palabra de aliento o una reflexión de esas que se hacía como en voz alta y que, supongo, ponía al corresponsal a pensar y a darle vueltas a la cabeza. No voy a cometer la falta de desvelar lo que decía en sus cartas, sólo diré que hablaba más o menos de lo mismo que habla en sus ensayos y en sus poemas: de cosas bonitas, de cosas oscuras y de la otredad, que es algo en lo que yo he pensado mucho, supongo que como muchos intelectuales mexicanos, y que no he logrado averiguar de qué se trata. Otra de las cosas que yo hacía y muy a gusto era de enfermera, pues no por nada tengo un par de cursillos de primeros auxilios. Don Octavio ya por entonces no estaba muy sanote que digamos y tenía que medicarse cada día y como él siempre andaba pensando en sus cosas, pues se le olvidaba cuándo había que tomar las medicinas y al final se hacía un lío, que si ésta ya me la tomé al mediodía o si esta otra no me la tomé a las ocho de la mañana, en fin, un desorden con las pastillas al que, me enorgullezco de decir, yo puse fin, pues incluso me ocupé de que tomara con puntualidad alemana aquellas que debía tomar cuando yo no estaba en casa. Para tal menester lo llamaba por teléfono desde mi departamento o desde donde estuviera y le decía a la sirvienta ¿don Octavio ya se tomó las pastillas de las ocho? y la sirvienta iba a mirar y si las píldoras que yo le había dejado dispuestas en un envase de plástico aún estaban allí, pues yo le ordenaba: llévaselas y que se las tome. A veces no hablaba con la sirvienta sino con la señora, pero yo igual: ¿se tomó su medicina don Octavio?, y la señora María José se ponía a reír y me decía ay Clarisa, ella a veces me llamaba Clarisa, no sé por qué, al final vas a conseguir que me ponga celosa, y cuando la señora María José decía eso yo como que me ruborizaba y como que tenía miedo de que ella viera cómo me ruborizaba, tonta que es una, ¿cómo iba a verlo si estábamos hablando por teléfono?, pero igual seguía llamando e insistiendo en que se tomara sus medicamentos a su hora, porque si no sirven para nada, ¿verdad?
..... Otra de las cosas que hacía era preparar la agenda de don Octavio, llena de actividades sociales, que si fiestas o conferencias, que si invitaciones a inauguraciones de pintura, que si cumpleaños o doctorados honoris causa, la verdad es que de asistir a todos esos eventos el pobrecito no hubiera podido escribir ni una línea, no digo ya de sus ensayos, es que ni siquiera de sus poesías. Así que cuando le arreglaba la agenda él y la señora María José la examinaban con lupa e iban descartando cosas, yo a veces los observaba desde mi rinconcito y me decía para mí misma: muy bien, don Octavio, castíguelos con su indiferencia.
..... Y luego vino la época del Parque Hundido, un lugar que si quieren mi opinión no tiene el más mínimo interés, antes puede que sí, hoy está convertido en una selva donde campean los ladrones y los violadores, los teporochos y las mujeres de la mala vida.
..... La cosa sucedió así. Una mañana, yo acababa de llegar a la casa y aún no eran las ocho, me encontré a don Octavio levantado, esperándome en la cocina. Nada más verme me dijo: me va a hacer el favor de llevarme a tal parte, Clarita, en su carro de usted. ¿Qué le parece? Como si yo alguna vez me hubiera negado a hacer nada que él me hubiera pedido. Así que le dije: usted dirá adónde vamos, don Octavio. Pero él me hizo un gesto, sin decir nada, y salimos a la calle. Se acomodó a mi lado, en el coche, que dicho sea de paso sólo es un Volkswagen, o sea que no es muy cómodo. Cuando lo vi allí, sentado y con ese aire ausente, me dio un poco de pena por no tener un vehículo algo mejor que ofrecerle, aunque no le dije nada porque también pensé que si me disculpaba él lo podía interpretar como una especie de recriminación porque al final de cuentas era él quien me pagaba y si no tenía para un coche mejor se podía decir que también era por culpa suya, algo que jamás, ni en sueños, le he reprochado. Por lo tanto me quedé callada, disimulé lo mejor que pude y puse en marcha el motor. Las primeras calles las recorrimos al azar. Luego dimos una vuelta por Coyoacán y al final enfilamos por Insurgentes. Cuando apareció el Parque me ordenó que estacionara donde pudiera. Luego bajamos y don Octavio, tras echar una ojeada, se internó por el Parque que a esa hora no es que estuviera lleno, pero tampoco estaba vacío. Esto le debe traer algún recuerdo, pensé. A medida que caminábamos el Parque estaba más solo. Noté que el descuido o la desidia o la falta de medios o la más vil irresponsabilidad había deteriorado el parque hasta límites insospechables. Ya bien adentro del parque tomamos asiento en un banco y don Octavio se puso a contemplar las copas de los árboles o el cielo y luego murmuró algunas palabras que yo no entendí. Antes de salir había cogido las medicinas y una botellita de agua y como ya era hora de tomárselas aproveché que estábamos sentados y se las di. Don Octavio me miró como si me hubiera vuelto loca pero se tomó sin rechistar sus pastillas. Luego me dijo: quédese usted aquí, Clarita, y se levantó y se puso a caminar por un caminito de tierra seca con pinaza y yo lo obedecí. Se estaba bien allí, eso hay que reconocerlo, a veces, por otras sendas del parque, veía las figuras de sirvientas que acortaban camino o de estudiantes que habían decidido no ir a clases aquella mañana, el aire era respirable, aquel día la contaminación no sería tan grande, de tanto en tanto incluso creo que escuchaba el piar de un pajarito. Mientras tanto don Octavio caminaba. Caminaba en círculos cada vez más grandes y a veces se salía de la senda y pisaba la hierba, una hierba enferma de tanto ser pisoteada y que los jardineros ya ni debían de cuidar.
..... Entonces fue cuando vi a ese hombre. También caminaba en círculos y sus pasos seguían la misma senda, sólo que en sentido contrario, así que por fuerza tenía que cruzarse con don Octavio. Para mí, fue como una alarma en el pecho. Me levanté y puse en alerta todos mis músculos por si era necesario intervenir, no por nada hice un cursillo de kárate y judo hace unos años con el doctor Ken Takeshi, que en realidad se llamaba Jesús García Pedraza y había sido miembro de la policía federal. Pero no fue necesario: cuando el hombre se cruzó con don Octavio ni siquiera levantó la cabeza. Así que me quedé inmóvil y vi lo siguiente: don Octavio, al cruzarse con el hombre, se detuvo y se quedó como pensativo, luego hizo el ademán de seguir andando, pero esta vez ya no iba tan al azar o tan despreocupado como hacía unos minutos sino que más bien iba como calculando el momento en que ambas trayectorias, la suya y la del desconocido, iban a volver a cruzarse. Y cuando una vez más el desconocido pasó al lado de don Octavio, éste se giró y se lo quedó mirando con verdadera curiosidad. El desconocido también miró a don Octavio y yo diría que lo reconoció, algo que por lo demás no tiene nada de raro, todo el mundo, y cuando digo todo el mundo digo literalmente todo el mundo, lo conoce. Cuando volvimos a casa el ánimo de don Octavio había variado notablemente. Estaba más vivaracho, con más energía, como si el largo paseo matinal lo hubiera fortalecido. Recuerdo que en un momento del viaje recitó unos versos y él dijo un nombre, sería el nombre de un poeta inglés, lo olvidé, y luego como para cambiar de tema me preguntó por qué había estado yo tan nerviosa y me acuerdo que al principio no le contesté, tal vez sólo exclamara ay, don Octavio, y luego le expliqué que el Parque Hundido no era precisamente una zona tranquila, un lugar donde uno pudiera pasear y meditar sin temor a ser asaltado por desalmados. Y entonces don Octavio me miró y me dijo con una voz que salía como del corazón de un lobo: a mí no me asalta ni el presidente de la República. Y lo dijo con tanta seguridad que yo le creí y preferí no decir nada más.
..... Al día siguiente, al llegar a casa, don Octavio ya me estaba esperando. Salimos sin decirnos nada y yo conduje, ingenua de mí, hacia Coyoacán, pero cuando don Octavio se dio cuenta me dijo que pusiera rumbo al Parque Hundido sin otra dilación. La historia se repitió. Don Octavio me dejó sentada en un banco y se puso a pasear en círculos por el mismo sitio que el día anterior. Antes yo le di sus medicinas y él se las tomó sin mayores comentarios. Poco después apareció el hombre que también paseaba. Cuando lo vio don Octavio no pudo evitar mirarme desde la distancia como diciéndome: ya ve, Clarita, yo nunca hago nada por nada. El desconocido también me miró y luego miró a don Octavio y por un segundo me pareció que dudaba, que sus pasos se volvían más inseguros, más dubitativos. Pero no se echó para atrás, como llegué a temer, y él y don Octavio volvieron a caminar y volvieron a cruzarse y cada vez que se cruzaban levantaban la vista del suelo y se miraban a la cara y yo me di cuenta que los dos iban al principio como muy alertas el uno del otro, pero a la tercera vuelta ya iban muy reconcentrados y ya para entonces ni siquiera se miraban al cruzarse. Y yo creo que fue entonces que se me ocurrió que ninguno de los dos hablaba, digo, que ninguno de los dos murmuraba palabras, sino números, que los dos iban contando, yo no sé si sus pasos, que es lo más lógico que se me ocurre ahora, pero sí algo parecido, números al azar, tal vez, sumas o restas, multiplicaciones o divisiones. Cuando nos marchamos don Octavio estaba bastante cansado. Le brillaban los ojos, esos ojos tan bonitos que tiene, pero por lo demás parecía como si hubiera hecho una carrera. Les confieso que por un momento me preocupé y me pareció que si le pasaba algo la culpa sería mía. Me imaginé a don Octavio con un ataque al corazón, me lo imaginé muerto y luego imaginé a todos los escritores de México que tanto lo quieren (en especial los poetas) rodeándome en la sala de visitas de la clínica en donde don Octavio suele hacerse los chequeos médicos y preguntándome con miradas francamente hostiles que qué diablos le había hecho yo al único premio Nobel mexicano, que cómo era que don Octavio había sido encontrado tirado en el Parque Hundido, un lugar tan poco poético y tan ajeno, por otra parte, a los itinerarios urbanos de mi jefe. Y en mi imaginación yo no sabía qué respuesta darles, salvo decir la verdad, que por otra parte yo sabía que no iba a convencerlos y entonces para qué decirla, mejor quedarme callada, y en ésas estaba, conduciendo por las avenidas cada día más insoportables del DF e imaginándome inmersa en situaciones llenas de palabra acusatorias y de recriminación, cuando escuché que don Octavio me decía vamos a la universidad, Clarita, que tengo que hacer una consulta con un amigo. Y aunque en ese momento vi a don Octavio tan normal como siempre, tan dueño de sí mismo como siempre, la verdad es que yo ya no pude quitarme del pecho la espinita de la inquietud, el peso de una premonición más bien negra. Máxime cuando a eso de las cinco de la tarde don Octavio me llamó a su biblioteca y me dijo que hiciera una lista de los poetas mexicanos nacidos digamos a partir de 1950, una petición no más rara que otras, es cierto, pero dada la historia en la que estábamos embarcados, turbadora en grado extremo. Yo creo que don Octavio se dio cuenta de mi inquietud, nada difícil por otra parte, pues me temblaban las manos y me sentía como un pajarito en medio de una tormenta. Media hora después volvió a llamarme y cuando yo acudí me miró a los ojos y me preguntó si confiaba en él. Qué pregunta, don Octavio, le dije, qué cosas se le ocurren. Y él, como si no me oyera, me repitió la pregunta. Claro que sí, le dije, confió en usted más que en nadie. Entonces él me dijo: de lo que yo te diga aquí y de lo que has visto y de lo que veas mañana, ni una palabra a nadie. ¿Estamos? Se lo juro por mi madre que en paz descanse, le dije yo. Y él entonces hizo un gesto como si espantara moscas y dijo a ese muchacho yo lo conozco. ¿Ah, sí?, dije yo. Y él dijo: hace muchos años , Clarita, un grupo de energúmenos de la extrema izquierda planearon secuestrarme. No me diga, don Octavio, dije yo y me puse a temblar otra vez. Pues sí, dijo él, son las vicisitudes a las que se expone todo hombre público, Clarita, deje de temblar, vaya a servirse un whisky o lo que sea, pero tranquilícese. ¿Y ese hombre es uno de aquellos terroristas?, dije yo. Me parece que sí, dijo él. ¿Y a santo de qué lo querían secuestrar, don Octavio?, dije yo. Eso es un misterio, dijo él, tal vez estaban dolidos porque no les hacía caso. Es posible, dije yo, la gente acumula mucho rencor gratuito. Pero tal vez la cosa no iba por ahí, tal vez sólo se trataba de una broma. Vaya bromita, dije yo. Lo cierto es que nunca intentaron el secuestro, dijo él, pero lo anunciaron a bombo y platillo, y así llegó a mis oídos. ¿Y cuando usted lo supo, qué hizo?, dije yo. Nada, Clarita, me reí un poco y luego los olvidé para siempre, dijo él.
..... A la mañana siguiente volvimos al Parque Hundido. Yo había pasado una mala noche, mitad insomne y mitad atacada de los nervios que ni siquiera la lectura balsámica de Amado Nervo había podido mitigar (entre paréntesis, yo a don Octavio nunca le decía que leía a Amado Nervo sino a don Carlos Pellicer o a don José Gorostiza, a quienes por supuesto he leído, pero ya me dirán a mí de qué sirve leer la poesía de Pellicer o Gorostiza cuando lo que una quiere es tranquilizarse, en el mejor de los casos dormirse, la verdad es que en esos casos así lo mejor es no leer nada, ni siquiera a Amado Nervo, sino ver la televisión, y a más tonto sea el programa mejor), y tenía unas ojeras enormes que el maquillaje no podía disimular y hasta la voz la tenía un poco ronca, como si por la noche hubiera fumado un paquete de cigarrillos o hubiera bebido demasiado o algo parecido. Pero don Octavio no se dio cuenta de nada y se subió al Volkswagen y partimos para el Parque Hundido, sin decirnos nada, como si toda nuestra vida hubiéramos estado haciendo lo mismo, que era precisamente una de las cosas que más me crispaba los nervios, esa facilidad del ser humano para adaptarse de pronto a lo que sea. Es decir: si yo me ponía a pensar calmadamente, como debe de ser, y me decía que habíamos ido al Parque Hundido, sólo dos veces, y que aquella era la tercera visita, bueno, me costaba creerlo, porque de verdad parecía que hubiéramos ido muchas más veces, y si admitía que sólo habíamos ido dos veces, pues resultaba peor, porque entonces me daban ganas de gritar o de estrellarme con mi Volkswagen contra algún muro, por lo que tenía que dominarme y concentrarme en el volante y no pensar en el Parque Hundido ni en aquel desconocido que lo visitaba a la misma hora que nosotros. En pocas palabras, esa mañana yo no sólo estaba ojerosa y demacrada sino que además estaba irracionalmente afectada. Ahora bien, lo que pasó aquella mañana, en contra de mis previsiones, fue bien diferente.
..... Llegamos al Parque Hundido. Eso está claro. Nos internamos en el parque y nos sentamos en el mismo banco de siempre, al amparo de un árbol grande y frondoso aunque yo supongo que igual de enfermo que todos los árboles del DF. Y entonces don Octavio, en vez de dejarme sola en el banco como había sucedido en las ocasiones precedentes, me preguntó si había realizado su encargo del día anterior y yo le dije que sí, don Octavio, hice una lista con muchísimos nombres y él se sonrío y me preguntó si había memorizado esos nombres y yo lo miré como preguntándole si me estaba tomando el pelo o no y saqué la lista de mi bolso y se la mostré y él dijo: Clarita, averigüe quién es ese muchacho. Eso fue lo que me dijo. Y yo me levanté como una idiota y me puse a esperar al desconocido y para entretener la espera me puse a caminar hasta que me di cuenta que estaba repitiendo el trayecto de don Octavio en los días precedentes y entonces me quedé inmóvil, sin atreverme a mirarlo, con la vista clavada en el lugar por donde debía aparecer el desconocido cuya identidad debía averiguar. Y el desconocido apareció, a la misma hora que las dos veces anteriores, y se puso a pasear. Y entonces yo ya no quise dilatar más el asunto y lo abordé y le pregunté quién era y él dijo soy Ulises Lima, poeta real visceralista, el penúltimo poeta real visceralista que queda en México, tal cual, y la verdad, qué quieren que les diga, su nombre no me sonaba de nada, aunque la noche anterior, por orden de don Octavio, había estado consultando índices de más de diez antologías de poesía reciente y no tan reciente, entre ellas la famosa antología de Zarco en donde están censados más de quinientos poetas jóvenes. Pero su nombre no me sonaba para nada. Y entonces le dije: ¿sabe usted quién es el señor que está sentado allí? Y el dijo: sí, lo sé. Y yo le dije (debía asegurarme): ¿quién? Y el dijo: es Octavio Paz. Y yo le dije: ¿quiere venir a sentarse con el un ratito? Y él se encogió de hombros o hizo un gesto parecido que interpreté como afirmación y ambos nos encaminamos al banco desde donde don Octavio seguía interesadísimo todos nuestros movimientos. Al llegar junto a él me pareció que no estaría de más hacer una presentación formal, así que dije: don Octavio Paz, el poeta real visceralista Ulises Lima. Y entonces don Octavio, al tiempo que invitaba al tal Lima a tomar asiento, dijo: real visceralista, real visceralista (como si el nombre le sonara a lago), ¿no fue ése el grupo poético de Cesárea Tinajero? Y el tal Lima se sentó junto a don Octavio y suspiró o hizo un ruido raro con los pulmones y dijo sí, así se llamaba el grupo de Cesárea Tinajero. Durante un minuto o algo así estuvieron callados, mirándose. Un minuto bastante insoportable, si he de ser sincera. A lo lejos, bajo unos arbustos, vi aparecer a dos vagabundos. Creo que me puse un poco nerviosa y eso me hizo tener la mala ocurrencia de preguntarle a don Octavio que grupo era ése y si él los había conocido. Lo mismo hubiera podido hacer un comentario sobre el tiempo. Y entonces don Octavio me miró con esos ojos tan bonitos que tiene y me dijo Clarita, para cuando los real visceralistas yo apenas tenía diez años, esto ocurió allá por 1924, ¿no?, dijo dirigiéndose al tal Lima. Y éste dijo sí, más o menos, por los años veinte, pero lo dijo con tanta tristeza en la voz, con tanta... emoción, o sentimiento, que yo pensé que nunca más iba a escuchar una voz más triste. Creo que hasta me mareé. Los ojos de don Octavio y la voz del desconocido y la mañana y el Parque Hundido, un lugar tan vulgar, ¿verdad?, tan deteriorado, me hirieron, no sé de qué manera, en lo más hondo. Así que los dejé que conversaran tranquilos y me alejé unos cuantos metros, hasta el banco más próximo, con la excusa de que debía estudiar la agenda del día, y de paso me llevé la lista que había hecho con los nombres de la s últimas generaciones de poetas mexicanos y la repasé del primero hasta el último, no estaba en ninguna parte Ulises Lima, puedo asegurarlo. ¿Cuánto rato conversaron? No mucho. Desde donde yo estaba se adivinaba, eso sí, que fue una conversación distendida, serena, toleranre. Después el poeta Ulises Lima se levantó, le estrechó la mano a don Octavio y se marchó. Lo vi alejarse en dirección a una de las alidas del parque. Los vagabundos que había visto en los matorrales y que ahora eran tres se acercaban a nosotros. Vámonos, Clarita, oí que me decía don Octavio.
..... Al día siguiente, tal como esperaba, nos fuimos al Parque Hundido. Don Octavio se levantó a las diez de la mañana y estuvo preparando un artículo que debía publicar en el próximo número de su revista. En algun momento me entraron ganas de preguntarle más cosas sobre nuestra pequeña aventura de tres días, pero algo en mi interior (mi sentido común, probablemente) me hizo desistir de la idea. La scosas habían ocurrido tal como habían ocurrido y si yo, que era el único testigo, no sabía lo que había pasado, lo mejor era que siguiera en la ignorancia. Una semana después, aproximadamente, él se marchó con la señora para una serie de conferencias que debía pronunciar en una universidad norteamericana. Yo, por supuesto, no los acompañé. Una mañana, cuando él aún no había regresado, fui al Parque Hundido con la esperanza o con el temor de ver aparecer otra vez a Ulises Lima. Esta vez la única diferencia fue que no me puse a la vista de nadie sino más bien oculta tras unos arbustos, con una vision perfecta, eso sí, del claro en donde se encontraron por primera vez don Octavio y el desconocido. Los primeros minutos de espera mi corazón iba a cien. Estaba helada y sin embargo, al tocarme las mejillas la impresión que tenía era de que de un momento a otro la cara me iba a explotar. Después vino la desilusión y cuando me marché del parque, a eso de las diez de la mañana, podría afirmarse que incluso me sentía feliz, aunque no me pregunten por qué pues no sabría decirlo.
martes, 9 de noviembre de 2010
EDUARDO MENDOZA,GALARDONADO CON EL PREMIO PLANETA 2019.POR XAVI AYEN.
Literatura01 11 2010Eduardo Mendoza galardonado con el premio Planeta 2010 por Xavi Ayén
Las obras del escritor barcelonés y de otros escritores fue la respuesta española al “boom” de autores latinoamericanos de los años sesenta y setenta. En la actualidad, Eduardo Mendoza es uno de los autores mejor vendidos en lengua castellana. Recordaremos siempre su novela “La ciudad de los prodigios”, homenaje a su ciudad natal. En la encuesta del website del diario La Vanguardia es considerada por los lectores como la mejor novela de Eduardo Mendoza. El periodista Xavi Ayén describe así la última obra mendociana, “Riña de gatos, Madrid 1936”, galardonada con el Premio Planeta: “… Está protagonizada por un joven inglés, especialista en arte clásico, que se traslada a Madrid con el objeto de tasar unas obras de arte y se ve envuelto, sin pretenderlo, en una peliaguda trama de espionaje y política, todo ello en un clima de preguerra, pues la acción se ambienta en la primavera de 1936, los días previos al estallido de la guerra civil española.” (Publicado en el suplemento cultural del diario La Vanguardia de Barcelona, el 15/10/2010).
Eduardo Mendoza galardonado con el premio Planeta 2010 por Xavi Ayén
Las obras del escritor barcelonés y de otros escritores fue la respuesta española al “boom” de autores latinoamericanos de los años sesenta y setenta. En la actualidad, Eduardo Mendoza es uno de los autores mejor vendidos en lengua castellana. Recordaremos siempre su novela “La ciudad de los prodigios”, homenaje a su ciudad natal. En la encuesta del website del diario La Vanguardia es considerada por los lectores como la mejor novela de Eduardo Mendoza. El periodista Xavi Ayén describe así la última obra mendociana, “Riña de gatos, Madrid 1936”, galardonada con el Premio Planeta: “… Está protagonizada por un joven inglés, especialista en arte clásico, que se traslada a Madrid con el objeto de tasar unas obras de arte y se ve envuelto, sin pretenderlo, en una peliaguda trama de espionaje y política, todo ello en un clima de preguerra, pues la acción se ambienta en la primavera de 1936, los días previos al estallido de la guerra civil española.” (Publicado en el suplemento cultural del diario La Vanguardia de Barcelona, el 15/10/2010).
Eduardo Mendoza galardonado con el premio Planeta 2010 por Xavi Ayén
jueves, 14 de octubre de 2010
JOSE LUIS DIAZGRANADOS...AMIGO... POR JORGE CONSUEGRA.
Por: Jorge Consuegra (I Parte).
Simplemente…amigo. Lo demás lo dicen sus libros, sus poemas, sus testimonios, sus palabras, sus
exilios y hasta sus abrazos acompañados siempre de amigos.
Las mujeres, muchas mujeres, infinita cantidad de mujeres dicen: “¡José Luis!” abriendo los ojos y sintiendo la enorme satisfacción de oír su voz, sus versos, sus metáforas.
Sus amigos, muchos amigos, infinita cantidad de amigos dicen: “¡José Luis!” abriendo su alma, sus brazos, su sentimiento, su ternura, su alma, su cariño, su solidaridad.
Los poetas, muchos poetas, infinita cantidad de poetas dice: “¡José Luis, poeta!”. ¡Y qué poeta!
- ¿Cuál es el recuerdo más lejano que tienes de tu infancia?
- Creo que tenía unos tres o cuatro años y un día (no recuerdo si era de mañana o por la tarde) tuve conciencia de que yo era yo, mientras jugaba solo con una pelota blanca de caucho en el patio de mi casa del barrio Palermo en Bogotá. Recuerdo nítidamente cómo la pelota saltaba repetidamente sobre el baldosín rojizo y se perdía lentamente por el zaguán que conducía al patio de la alberca. Súbitamente sentí que estaba vivo, que todo tenía sentido, algo así...
- Era muy temprano estar en Bogotá…
- Yo nací en Santa Marta, hijo de padres samarios, pero a la edad de 1 año me trajeron a Bogotá a una casa situada en el barrio Palermo donde viví ¡52 años!... Hasta mi viaje a Cuba. Ahora “me reparto” entre el apartamento de Federico frente a la Javeriana y la casa de Gladys, mi esposa, en Santa María del Lago.
- ¿Cómo era esa Bogotá cuando empezaste a salir a la calle, a ver la gente, mirar los cerros?...
- Mi Bogotá en 1949 y 1950 era una ciudad sin edificios, muy bonita, con poca gente, poco sol, llovizna y hollín; llena de casas de ladrillos, parques y jardines con muchos pinos. Mis primos Rafael y José Stevenson jugaban en las divisiones inferiores del Independiente Santa Fe y me llevaban de la mano a ver a “Chonto” y a Pontoni en los partidos y entrenamientos. Desde “El Campín” se veían los cerros verdes, intactos, y a lo lejos, Monserrate y Guadalupe (a cada rato los rayos quebraban los brazos de la Virgen). Con mi hermano Manuel íbamos los Domingos a los matinales del Faenza, también a la Media Torta (vi a un niño de mi misma edad dirigiendo la Orquesta Sinfónica, llamado Robertico Denzi); a retretas al Parque de la Independencia y a comer helados cerca del Venado de Oro (hoy Instituto Roosevelt). El presidente era Laureano Gómez, muy amigo de mi abuelo materno, que era conservador, y mi papá, muy liberal, me asustaba diciendo que había carros fantasmas que perseguían a los enemigos del Gobierno. Los niños usábamos pantalones cortos y los Domingos nos vestíamos con traje negro de vaquero de Hoppalong Cassidy. Los grandes usaban vestido de paño con chaleco, camisa de cuello duro, corbata y sombrero, y las mamás vestían sastre con falda larga y sombrero con velo y alfileres finos. Una Bogotá que se fue...
- ¿Cuál fue el primer libro que tuviste en tus manos?
- Aunque yo pertenezco a la generación cuyas primeras lectuars fueron las tiras cómicas (“Dick Tracy”, “El fantasma”, “Ferdinando”, “Mandrake el mago” y “Benitín y Eneas”), los primeros libros que tuve en mis manos fueron los 20 tomos del “Tesoro de la Juventud”, editados por la Jackson. Los años más felices de mi infancia están acompañados de las infinitas lecturas de tantas narraciones indelebles. También recuerdo un libro (que aún conservo) titulado Infancia de grandes hombres. Y varios libros de Constancio C. Vigil (Cartas a gente menuda, especialmente).
- ¿Cuál fue la primera novela que te cautivó?
- Aventuras de Tom Sawyer. Cuando terminé su lectura duré varios días con sus noches en un fascinante estado de encantamiento. Pocas semanas después comencé a escribir, en un cuaderno rayado con un Esterbrook de tinta azul, una novelita que titulé Soledad en los mares, cuyas aventuras viví con tal intensidad a medida que la escribía que jamás he vuelto a experimentar esa sensación.
- ¿Qué películas recuerdas en el Faenza?
- Imagínate que El Espectador traía un formidable suplemento semanal (fundado por Álvaro Pachón de la Torre y Guillermo Cano, que se llamaba Dominical, aunque salía los viernes) y mi hermano y yo nos lo peleábamos para leer las tiras cómicas y recortar un cupón que nos permitía la entrada al Teatro Faenza el domingo y participar de innumerables festividades para niños. Recuerdo haber visto todas las películas de “Lassie”, “La colina dorada”, “Tarzán y las amazonas”, “La carga de la brigada ligera”, “Eco de tambores”, “Ahí vienen los tanques”, “El manto sagrado” y “Hong Kong”, con Ronald Reagan. Manuelito, mi hermano, se ganaba todas las rifas. Yo nunca me gané nada. Pero el goce de las películas me duraba en la mente largos meses.
- ¿Más “Tarzán” que las de vaqueros?
- Sí, porque era un héroe sobrenatural, altivo, lejano y solitario. Era un mito, una leyenda. Y siempre vencedor, con Jane y con Chita. Me tocó en suerte ver en los años de mi infancia, en la década de los 50, a los tres mejores protagonistas del personaje de Edgar Rice Burroughs: Johnny Weissmuller, Lex Barker y Gordon Scott, con sus respectivas compañeras: Brenda Joy y Maureen O`Sullivan, Virginia Huston y Vera Miles. De las películas de vaqueros me gustaban Hoppalong Cassidy y Roy Rogers, pero muy poco, casi nada...
- ¿Cómo era la cotidianidad cultura en el colegio?
- Tuve la suerte de que tanto en los colegios de primaria como en los de secundaria se privilegiaban los asuntos culturales, en especial los literarios. En la primaria estudié en un colegio dirigido por el
profesor Samuel Camargo Uribe y su esposa, la educadora ecuatoriana Rebeca Hidalgo de Camargo. Ella nos enseñaba poemas, canciones, historias y leyendas del Ecuador. Allí declamábamos y pronunciábamos discursos exaltando a los próceres de la Independencia. Representábamos comedias y zarzuelas, lo mismo que cantábamos el vals “Sobre las olas”. En el bachillerato, a don Tito Tulio Roa, rector del Gimnasio Boyacá y profundamente conservador y católico, le fascinaban los poemas que yo escribía al estilo de la “Canción de gesta” de Neruda, donde exaltaba las luchas sociales en Colombia y atacaba a los yankis por el robo de Panamá. Don Tito fomentaba los centros literarios y los periódicos estudiantiles, y allí conformamos en 1962 el Grupo de Palermo con Pemán, Luis Fayad y Álvaro Miranda, entre otros.
- ¿Cuál fue la mejor infancia de aquellos grandes hombres?
- Indudablemente, la de Pablo Neruda cuando era Neftalí Reyes Basoalto. Vivió los años de su infancia en olor de poesía. Lo único que le importaba era pensar, leer poesía, imaginar, escribir... Se veía vivir mientras escribía. Escribía todo lo que observaba y cada instante era un deleite, era un hechizo sonoro, era un rayo de asombro...
- ¿Cuál fue la primera de las grandes novelas que tuviste en tus manos?
- La náusea. No sé si te conté que en mi infancia y a comienzos de la adolescencia vivíamos en la casa de mi abuelo materno como tres o cuatro familias juntas: padres, hermanos, tías y primos. Y Pepe Stevenson, primo hermano mío, era en 1959 y 60, el discípulo predilecto de Estanislao Zuleta, quien adoraba a Sartre por sobre todas las cosas. De manera que Pepe puso en mis manos la novela estelar del filósofo existencialista. Leí La náusea a los 13 años y “quedé marcado para siempre con hierro ardiente de aquel recuerdo”...
- ¿Qué novela siempre repites en su lectura? ¿Cuál o cuáles son las recurrentes?
- Me parece que eso es algo cíclico. Por ejemplo, yo leí muchìsimas veces el Trópico de cáncer, entre los 18 y los 35 años. Lo mismo me pasó con Pedro Páramo (novela que leí por primera vez en 1960 cuando se vendió en Bogotá una promoción del Fondo de Cultura Económica), y con El otoño del patriarca en la década del 70. Pero a la que siempre vuelvo con fervor cada vez mayor es a Molloy de Samuel Beckett. Ultimamente me he apegado mucho a Desgracia de Coetzee y a Estambul de Pamuk.
- ¿Qué personajes femeninos te cautivaron hasta más allá del enamoramiento platónico?
- De niño me enamoré con locura de Rita Hayworth en la película “Salomé”. Luego me embrujaron Anna Magnani y Jeanne Moreau. En la literatura, Susana San Juan, Anne Marie Schweitzer (la mamá de Sartre en Las palabras), Anaís Nin (la real y la ficticia), June Edith Smith y Cecilia Valdés. En la vida real me hubiera gustado estar muy cerca de la santa y perversa Isabel la Católica.
- ¿Y las protagonistas de novela que te enamoraron?
- Anna Karenina es un tipo de mujer que uno ha conocido en algún momento de la vida. Es posible que uno se hubiera enamorado de ella y que en el transcurso de la trayectoria amorosa se hubiera desilusionado. Pero naturalmente, jamás aceptaríamos lo último, porque hemos idealizamos demasiado el personaje literario, que además, es hermoso y perdurable. Quizás pensemos que Madame Bovary hubiese sido nuestra amante, pero nadie dice que nos identificamos con el esposo. En los años sesenta yo me enamoré seriamente de “La Maga” de Cortázar, pero también de Talita. Después las desdeñé, pero siempre estuve tragado de Susana San Juan, la alucinada y delirante mujer de Pedro Páramo. (Ahora pienso que en eso ha debido influir la bella Pilar Pellicer, la actriz que la caracterizó en la película de Carlos Velo). Y, bueno, siempre me he sentido enamorado de la amada de José Asunción Silva (Elvira, o quien fuera), la que anduvo de su mano en aquella “noche tibia de la muerta primavera”...
- ¿Y en los protagonistas de novelas (literarias)?
- Mira, Pedro Páramo es un personaje absolutamente abominable (al contrario de Susana San Juan). No tiene una sola cualidad, un solo gesto de generosidad o de ternura, lo cual es un defecto aparente de la novela. Pero al igual que el detestable Alfonso Pereira en Huasipungo, a pesar del maniqueísmo manifiesto, paradójicamente contribuyen al encanto misterioso y hasta poético de las obras. Todo lo contrario de lo que ocurre con el dictador Alvarado de El otoño del patriarc, que resulta ser tan humano y tan veraz que tiene momentos en que mueve a la ternura y a la compasión. En general rechazo las actitudes de los protagonistas injustos y despóticos, aunque tengan en el fondo algunos rasgos fascinantes otorgados por el talento de sus creadores.
- ¿Cuál es o cuáles son los personajes de novela más enternecedores? ¿Los más tiernos? ¿Los que quisieras compartir con ellos una copa de vino?
- Bueno, vamos por partes. Personajes literarios enternecedores los encabeza sin duda Jesucristo en la novela rulfiana El Nuevo Testament", pero desde luego, Don Quijote de la Mancha, Stephan Dedalus, Anna Karenina, José K y Molloy. Salvo con Jesucristo, no bebería vino con ninguno de ellos. ¿Los más tiernos? Tom Sawyer, Molly Bloom, Remedios la Bella, Susana San Juan (me pasaría horas dándole besitos) y Platero Jiménez. ¿Y con quiénes me gustaría beber un whisky, una vodka, un aguardiente o un mao-dei, de manera muy especial? Con Santiago Zavala (Zavalita), el personaje de Conversación en La Catedral (Vargas Llosa); con “Stirlitz”, el espía soviético de 17 instantes de una primavera, de Yulian Semionov; con la comisaria china del cuento “La camarada de Pekín” de Jorge Enrique Adoum; con la sirvienta del “Cuento de la isla desconocida” de Saramago y con Álvaro Mendiola, el protagonista de “Señas de identidad” de Juan Goytisolo.
- ¿Cómo era la cotidianidad cultura en el colegio?
- Tuve la suerte de que tanto en los colegios de primaria como en los de secundaria se privilegiaban los asuntos culturales, en especial los literarios. En la primaria estudié en un colegio dirigido por el profesor Samuel Camargo Uribe y su esposa, la
educadora ecuatoriana Rebeca Hidalgo de Camargo. Ella nos enseñaba poemas, canciones, historias y leyendas del Ecuador. Allí declamábamos y pronunciábamos discursos exaltando a los próceres de la Independencia. Representábamos comedias y zarzuelas, lo mismo que cantábamos el vals “Sobre las olas”. En el bachillerato, a don Tito Tulio Roa, rector del Gimnasio Boyacá y profundamente conservador y católico, le fascinaban los poemas que yo escribía al estilo de la “Canción de gesta” de Neruda, donde exaltaba las luchas sociales en Colombia y atacaba a los yankis por el robo de Panamá. Don Tito fomentaba los centros literarios y los periódicos estudiantiles, y allí conformamos en 1962 el Grupo de Palermo con Pemán, Luis Fayad y Álvaro Miranda, entre otros.
- ¿Cuál fue la mejor infancia de aquellos grandes hombres?
- Indudablemente, la de Pablo Neruda cuando era Neftalí Reyes Basoalto. Vivió los años de su infancia en olor de poesía. Lo único que le importaba era pensar, leer poesía, imaginar, escribir... Se veía vivir mientras escribía. Escribía todo lo que observaba y cada instante era un deleite, era un hechizo sonoro, era un rayo de asombro...
- ¿Cuál fue la primera de las grandes novelas que tuviste en tus manos?
- La náusea. No sé si te conté que en mi infancia y a comienzos de la adolescencia vivíamos en la casa de mi abuelo materno como tres o cuatro familias juntas: padres, hermanos, tías y primos. Y Pepe Stevenson, primo hermano mío, era en 1959 y 60, el discípulo predilecto de Estanislao Zuleta, quien adoraba a Sartre por sobre todas las cosas. De manera que Pepe puso en mis manos la novela estelar del filósofo existencialista. Leí La náusea a los 13 años y “quedé marcado para siempre con hierro ardiente de aquel recuerdo”...
- ¿Qué novela siempre repites en su lectura? ¿Cuál o cuáles son las recurrentes?
- Me parece que eso es algo cíclico. Por ejemplo, yo leí muchìsimas veces el Trópico de cáncer, entre los 18 y los 35 años. Lo mismo me pasó con Pedro Páramo (novela que leí por primera vez en 1960 cuando se vendió en Bogotá una promoción del Fondo de Cultura Económica), y con El otoño del patriarca en la década del 70. Pero a la que siempre vuelvo con fervor cada vez mayor es a Molloy de Samuel Beckett. Ultimamente me he apegado mucho a Desgracia de Coetzee y a Estambul de Pamuk.
- ¿Qué personajes femeninos te cautivaron hasta más allá del enamoramiento platónico?
- De niño me enamoré con locura de Rita Hayworth en la película “Salomé”. Luego me embrujaron Anna Magnani y Jeanne Moreau. En la literatura, Susana San Juan, Anne Marie Schweitzer (la mamá de Sartre en Las palabras), Anaís Nin (la real y la ficticia), June Edith Smith y Cecilia Valdés. En la vida real me hubiera gustado estar muy cerca de la santa y perversa Isabel la Católica.
- ¿Y las protagonistas de novela que te enamoraron?
- Anna Karenina es un tipo de mujer que uno ha conocido en algún momento de la vida. Es posible que uno se hubiera enamorado de ella y que en el transcurso de la trayectoria amorosa se hubiera desilusionado. Pero naturalmente, jamás aceptaríamos lo último, porque hemos idealizamos demasiado el personaje literario, que además, es hermoso y perdurable. Quizás pensemos que Madame Bovary hubiese sido nuestra amante, pero nadie dice que nos identificamos con el esposo. En los años sesenta yo me enamoré seriamente de “La Maga” de Cortázar, pero también de Talita. Después las desdeñé, pero siempre estuve tragado de Susana San Juan, la alucinada y delirante mujer de Pedro Páramo. (Ahora pienso que en eso ha debido influir la bella Pilar Pellicer, la actriz que la caracterizó en la película de Carlos Velo). Y, bueno, siempre me he sentido enamorado de la amada de José Asunción Silva (Elvira, o quien fuera), la que anduvo de su mano en aquella “noche tibia de la muerta primavera”...
- ¿Y en los protagonistas de novelas (literarias)?
- Mira, Pedro Páramo es un personaje absolutamente abominable (al contrario de Susana San Juan). No tiene una sola cualidad, un solo gesto de generosidad o de ternura, lo cual es un defecto aparente de la novela. Pero al igual que el detestable Alfonso Pereira en Huasipungo, a pesar del maniqueísmo manifiesto, paradójicamente contribuyen al encanto misterioso y hasta poético de las obras. Todo lo contrario de lo que ocurre con el dictador Alvarado de El otoño del patriarc, que resulta ser tan humano y tan veraz que tiene momentos en que mueve a la ternura y a la compasión. En general rechazo las actitudes de los protagonistas injustos y despóticos, aunque tengan en el fondo algunos rasgos fascinantes otorgados por el talento de sus creadores.
- ¿Cuál es o cuáles son los personajes de novela más enternecedores? ¿Los más tiernos? ¿Los que quisieras compartir con ellos una copa de vino?
- Bueno, vamos por partes. Personajes literarios enternecedores los encabeza sin duda Jesucristo en la novela rulfiana El Nuevo Testament", pero desde luego, Don Quijote de la Mancha, Stephan Dedalus, Anna Karenina, José K y Molloy. Salvo con Jesucristo, no bebería vino con ninguno de ellos. ¿Los más tiernos? Tom Sawyer, Molly Bloom, Remedios la Bella, Susana San Juan (me pasaría horas dándole besitos) y Platero Jiménez. ¿Y con quiénes me gustaría beber un whisky, una vodka, un aguardiente o un mao-dei, de manera muy especial? Con Santiago Zavala (Zavalita), el personaje de Conversación en La Catedral (Vargas Llosa); con “Stirlitz”, el espía soviético de 17 instantes de una primavera, de Yulian Semionov; con la comisaria china del cuento “La camarada de Pekín” de Jorge Enrique Adoum; con la sirvienta del “Cuento de la isla desconocida” de Saramago y con Álvaro Mendiola, el protagonista de “Señas de identidad” de Juan Goytisolo.
- ¿Hasta el amanecer con quién?
- Con Bella Ajmadúlina, la gran poeta rusa, junto a una botella de vodka y abundantes picadas, escuchando jazz o czardas y hablando de literatura (con mucho énfasis en la poesía y la narrativa del
siglo XX), mientras contemplamos el esplendor nocturno de Bogotá o de Moscú.
- ¿Crees que todo tiempo pasado fue mejor?
- Depende, porque antes no existía la anestesia, ni el airbús, ni la internet, ni mis hijos, ni Ormak Pamuk, ni Coetzee, ni Skahira... Pero era mejor porque el aire era más puro, Bogotá era más bonita y tenía menos gente. Además, estaba vivo Neruda y yo era más feliz.
- ¿Cuál crees que son los dos o tres hechos más humillantes de la humanidad?
- Los últimos años de Bolívar fueron dolorosamente humillantes: la manera como lo trataron los leguleyos santanderistas y los politiqueros granadinos, cómo intentaron asaltarlo y asesinarlo, y pensar que esos mismos homicidas frustrados fueron los que fundaron los partidos tradicionales: Mariano Ospina Rodríguez y Ezequiel Rojas; cómo lo sacaron de Bogotá entre insultos y escarnios, gritándole “¡Longanizo!”, para luego llegar agónico ir a morir a la única ciudad realista que quedaba en Colombia, mi patria chica, absolutamente solo, incomprendido, abandonado y paupérrimo. Tengo el orgullo secreto (que ahora hago público) de que en la Nave de la Epístola de la Catedral de Santa Marta, perteneciente a la familia Díaz-Granados, reposaron sus restos mortales.
- ¿De qué deberá arrepentirse el hombre?
- De ser intolerante, codicioso, de ampararse en las religiones para cometer toda clase de delitos e ignominias, de acomodar la palabra de Dios a sus intereses económicos y políticos, de contaminar el aire y acabar con millares de especies animales. Pero sobre todo deberá arrepentirse de ser el único animal que ataca y mata a su propia especie.
- ¿En qué siglo te hubiera gustado haber vivido?
- Me siento muy a gusto en el siglo XXI, a pesar de contener tantas amenazas ambientales. El siglo XX, en cambio, fue trágico y deslumbrante. La infamia se entronizó. Hubo millones de muertos por guerras y bombas, pero borró costumbres y acciones que se mantuvieron durante miles de miles de años, para darles a los humanos novedosas dimensiones. Por ejemplo: se inventó el cine, la luz eléctrica, el rayo laser, el linotipo, la internet. Vivimos los universos maravillosos de Picasso, Chaplin, Einstein, Stravinsky y Joyce. La caballería desapareció de los campos de batalla. Hubo un momento en 1917 (¿Cuánto duró: días, horas, minutos?) en que por primera vez en la historia de la humanidad, por encima del proletariado no hubo nadie jodiéndolo. Y además, el hombre pudo volar. Pero volviendo a tu pregunta, a mí me gustaría volver a vivir en el siglo pasado, en los años 60, en Bogotá, en París y en Praga.
- ¿Cómo fuiste estructurando tu primer libro publicado?
- Mi primer libro fue El laberinto, un poema experimental publicado en 1968 en forma de "plaquette", con muy pocas páginas, muy influido por las prosas narrativas de Cortázar, Rulfo y Carlos Fuentes. Pero ya, desde 1962, yo tenía la idea de estructurar un poemario que se fuera ampliando en las sucesivas ediciones, algo así como el Cántico de Jorge Guillén. Entonces le iba agregando poemas con temas que por ese entonces me subyugaban, como eran la figura de mi padre y el mundo de la Zona Bananera del Magdalena donde los dos habíamos vivido una temporada poco antes de su muerte. En 1978 publiqué una segunda edición aumentada con tiraje limitado, hecha en fotocopias y en una publicación muy rústica. Allí entran nuevas temáticas como el amor, la cotidianidad, los sueños. En la tercera edición, de 1980, hay poemas de diversa temática y estructura: haikús, sonetos, poemas de versos anchos como los de Whitman, etc. Dos años después publiqué en forma privada una cuarta edición aumentada, con experimentos, neologismos, estructuras tradicionales y prosas de conciencia desordenada. Y ese mismo año, 1984, salió la quinta, la edición definitiva o primera edición completa de El laberinto, ordenada de manera casi matemática por secciones y subsecciones, todas ellas, junto con los propios poemas, numerados al estilo de los libros de poesía de Juan Ramón Jiménez. Y también, cada cinco versos, se numeraba en el margen derecho de cada página. Y al final agregué un anexo: Los papeles de Dionisio, ocho cuentos, que fueron el embrión técnico y estilístico de mi novela Las puertas del infierno, publicada dos años después. Total: 200 páginas. El laberinto es un libro desigual, polimorfo, algo caótico, pero fue la razón de mi existencia durante 22 años, pues lo construí entre 1962 y 1984. Ahora ese libro es inconseguible. Yo mismo tengo sólo dos ejemplares. Uno de ellos me lo consiguió mi amigo librero Álvaro Castillo Granada, y estaba dedicado por mí a Fernando Charry Lara.
- ¿El proceso de escribir un libro produce angustia? ¿tensión? ¿dolor? ¿drama?
- El proceso de exorcismo es angustioso en el sentido de que la escritura vaya a resultar inferior al proyecto soñado. Sería frustrante que el escrito esté plagado de lugares comunes, de párrafos planos, simples, desapasionados. Es entonces cuando, luego de haber derramado todo lo que tenemos dentro, comencemos a elaborar el texto como Dios manda: corregirlo, pulirlo, perfeccionarlo. No olvidemos que no basta con que un texto esté bien escrito: hay que tratar de convertirlo en obra de arte.
- ¿Qué sucede con tus libros cuando aparecen en letras de imprenta en manos de otros que no son tus manos?
- Todo escritor sabe que sus libros les pertenecen hasta que salen publicados. De ahí en adelante son de los lectores. Además, el fruto de las obsesiones y exorcismos íntimos se convierte de pronto en estuche ajeno: la carátula es del pintor o del diseñador, tiene un lomo que no existía en tu original anillado, en otra hoja aparece el pie de imprenta con los respectivos créditos, o sea, con otros nombres. El texto aparece con un tipo de letra totalmente distinto al que tú escribiste. En fin, ya ese libro deja de ser tuyo para pertenecer a innumerables e invisibles manos (y ojos y sentidos y sueños).
- ¿Subrayas algunas frases en los libros? ¿Señalas tus lecturas doblando los vértices de las hojas?
- Sí. Siento un placer infinito subrayando en los libros, las frases o párrafos que me estremecen a medida que avanzo en la lectura (o en la relectura). Te repito de memoria algunas frases que me llamaron la atención cuando era adolescente: "Una ciudad es un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes" (L. Durrell: "Justine"); "Mandar y obedecer es lo mismo... Nunca he dado una orden sin reír, sin hacer reír. Es que a mí no me corroe el chancro del poder" (J. P. Sartre: "Las palabras"). "He hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos tan pobres y tan felices" (E. Hemingway: "París era una fiesta"). "Y en la insurrección de la luz, despertar con los que despertaron / o seguir en el sueño alcanzando la otra orilla del mar que no tiene otra orilla" (Pablo Neruda, "La barcarola"). No me gusta doblar los vértices de las hojas porque me parece que con el tiempo se pueden partir.
- ¿Un ex presidente se merecería cuál libro?
- La noche quedó atrás de Jan Valtin.
- ¿Tienes un libro que quieres leer pero te emociona tanto que esperas un tiempo para hacerlo?
- Me sucedió con "Cien años de soledad". Lo tuve en mis manos en octubre de 1967 y lo vine a leer a comienzos de 1969. Y me ha ocurrido con otros libros ("Mi amigo Henry Miller", de Alfred Perlés, "De cerca y de memoria", de Jorge Enrique Adoum, "Adiós bandera roja", de E. Evtushenko y "Memoria de la melancolía", de María Teresa León). Pero el colmo fue hace pocos años cuando compré los cinco volúmenes de las "Obras completas" de Pablo Neruda (editadas por Galaxia Gutemberg) y las contemplaba en mi biblioteca como si fuera un libro sagrado en el altar. No me atrevía ni a tocarlos. (Obviamente, y por fortuna, tengo varios tomos de sus "Obras completas" en las distintas ediciones de Losada, leídos, releídos, subrayados y manoseados hasta más no poder). Un buen día decidí abrirlos, les puse mi nombre, los hojeé, los subrayé y me embebí en la sumersión total de su "Nerudiana dispersa" y de sus poemas políticos desconocidos como el texto contra el Mariscal Tito en que lo compara con "Tacho" Somoza y lo titula "Titacho"... Son temores reverenciales que todos los poetas tenemos.
- Muchos escritores han dado consejos a los nuevos escritores. ¿Cuáles serían los tuyos?
- Ya se ha vuelto un lugar común decir esto: "El mejor consejo a un joven escritor es que no oiga consejos". Claro está que es cierto. Uno debe escribir y punto. Pero, tampoco. Yo no solamente les diría sino que les he dicho a los nuevos escritores: lean, escriban y observen. Que lean mucho, sobre todo lo que les interese: poesía, narrativa, ensayo. O todo eso. Que escriban mucho, sin importarles la publicación. Que luego pulan lo escrito, que se esmeren en hacer una cosa buena, de calidad, pues después les espera una guillotina mental que es tratar de elaborar una obra de arte. Pero también que observen mucho el comportamiento humano. Con todos esos elementos pueden llegar a ser escritores. Bueno, al menos eso creo yo.
- ¿Qué te hace perder la paciencia? ¿Una novela mal escrita? ¿Una llamada que jamás te llega? ¿Una amiga absolutamente incumplida? ¿Las groserías de un expresidentes? ¿La indolencia ante la tristeza?
- Todo lo anterior, pero con algunas diferencias: una novela mal escrita, sencillamente la olvido por ahí. Claro está que una novela de Pío Baroja, por ejemplo, o de Roberto Artl, autores bastante descuidados en materia de redacción y gramática, nos resultan siempre seductoras. Una llamada que jamás llega o una amiga absolutamente incumplida nos obliga a tomar decisiones: ¡al diablo con la llamada! y ¡al diablo con la amiga! Las groserías de un expresidente no logran sacarme de quicio, pues tarde o temprano le ocurre lo que al toro miura, que muere intoxicado por su propia rabia. Y la indolencia ante la tristeza nos produce precisamente más tristeza. Lo que me hace perder la paciencia es, por ejemplo, hacer cola o esperar largo tiempo en el Catastro, en los bancos, en las estaciones del Transmilenio, en los consultorios médicos o aguardar respuestas de los editores.
- ¿Recuerdas algo especial que te hubiera sucedido para decidieras escribir tu primera novela o tu primer cuento o tu primer verso?
- Estaba en plena adolescencia en 1963 y un domingo fui al Teatro Colombia (hoy Jorge Eliécer Gaitán) a ver El día más largo del siglo. Acababa de leer dos novelas: La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y El rey viejo de Fernando Benítez. Me estaba comiendo una barra de chocolate Baby Johnny`s cuando de súbito, en mitad de la película, se me vino a la mente escribir una novela sobre los diez últimos días de Simón Bolívar en Santa Marta. Un capítulo sería narrado de manera lineal en tercera persona; el siguiente en segunda persona, el siguiente sería un monólogo sobre la ingratitud de los hombres; el cuarto, una carta escrita al estilo de las epístolas del Libertador; el siguiente capítulo sería una reflexión de Manuelita Sáenz, luego vendría un diálogo en forma teatral, y así, seguiría experimentando hasta el capítulo final que sería un monólogo interior sin puntos ni comas. Cuando llegué a mi casa en la noche me senté a escribir la historia de un tirón. Era tal mi entusiasmo, mi febril creatividad y mi alegría creadora que terminé el libro en una semana. Recuerdo que trabajé la novela durante un año. Primero la titulé Martirologio y luego El día de difuntos. A principios de 1964 la pasé en limpio y se la envié a Carlos Barral. Era una novela muy corta. Meses después recibí su respuesta en la que me decía que “tenía madera” y que cuando tuviera una “novela de verdad” él estaría complacido en convertirse en mi editor. Poco después, con nuevos proyectos literarios en la cabeza, destruí ese primer intento de novela.
- Hubo novelas de la Violencia, luego novelas del realismo mágico y posteriormente de tiros, tetas, paraísos, capos…¿Estás en alguno de esos grupos o crees que tu literatura no se encasilla en ninguno?
- Mi novela Las puertas del infierno, publicada en
1985, hace 25 años, es un híbrido afortunado: cuando la escribí, entre 1976 y 1982, yo pasaba por un período de mi vida bastante azaroso y depresivo, pero al mismo tiempo muy rico en vivencias tanto en mi cotidianidad como en mis lecturas literarias. Era prácticamente un vagabundo, bohemio, un azotacalles, y mientras escribía la novela, corregía su escritura en ella misma. El profesor y narrador Jaime Alejandro Rodríguez la calificó de “metaficcional”. Jonathan Tittler la llamó, generosa y desmesuradamente, un “Ulises bogotano”. Manuel Zapata Olivella dijo que era la novela de los condenados de la tierra. Pemán la encasilló como “pornografía mística”. Gonzalo Mallarino (padre) escribió que era la fotografía en negativo de una autobiografía novelada. Y algún reseñador reciente la ubicó como “autoficción”. De manera que no cabe en los calificativos de tu pregunta, aunque hay muchas tetas y uno que otro paraíso.
- ¿Cómo ves la literatura colombiana hoy después de ocho años de mesianismo? ¿Hubo literatura comprometida? ¿Hubo literatura indiferente?
- Los ocho años de mesianismo polarizaron al país de una manera alarmante. Como nunca antes, el colombiano medio ha generado una capacidad de odio increíble, que se trasluce en las conversaciones familiares, en los diálogos de oficina, en las tertulias, en los comentarios de los lectores de periódico escritos al margen de las noticias. Y lo tragicómico del asunto es que la mayoría de los odiadores y discutidores apasionados envían mensajes por internet con montajes pornográficos, con agravios e insultos contra los enemigos del mesías de pacotilla y luego dicen que son cristianos o católicos y hasta bendicen al prójimo. Todo eso, indudablemente, se convertirá en literatura, pero todavía no existe la perspectiva suficiente para serlo. Por ahora, lo único nuevo en industria editorial son las crónicas de los ex secuestrados, las memorias de ex guerrilleros y ex paracos y las novelas sobre narcos y sicarios. Algunas muy buenas, por cierto. Donde veo que hay realmente un aporte creativo, novedosa calidad y hasta belleza es en la nueva poesía colombiana.
- ¿Habrá algún escritor atrevido u osado u oportunista u oportuno que se atreva a escribir algo sobre esos ocho años sin sentir pudor?
- Supongo que los futuros historiadores tendrán mucho material para analizar el ochenio tétrico. Los apologistas, obviamente, tienen que ser los que fueron altos funcionarios del ochenio o sus usufructuarios, quienes desde luego desconocen el pudor.
- Tomando las palabras de Pablo Neruda a quien conociste muy bien: ¿Confiesas que has vivido?
- Y bebido... Claro. Eso es relativo. Desde niño fui muy casero, me la pasaba leyendo libros, revistas de historietas, redactaba y armaba periódicos, escribía poemas y novelas en los cuadernos del colegio. Mi padre era abogado y estadístico. Mi madre pintaba y esculpía. Yo hablaba solo, tenía un hermano imaginario. Con Manuel, mi hermano real, inventaba países: Tatay, Bostejuden, Langai... Los fines de semanas había fiestas y tertulias en la casa de mi abuelo materno y mis tías, en Bogotá, y allí se tocaba el piano, el violín, el serrucho. A veces iba un trompetista de la Costa llamado Juan de la Cruz Acosta y Calderón y V., y se armaba la parranda con un tío que era mago y tocaba la batería. Iba siempre el poeta Víctor Amaya González y otros compañeros de la Estadística de mi papá y de mi tío Carlos Valdeblánquez (en esa época, Luis Vidales estaba exiliado en Chile), amigos bohemios que recitaban y contaban infinidad de anécdotas sobre los escritores y artistas famosos. Los domingos iba a cine con mis amiguitos del barrio Palermo. Ya siendo adolescente frecuentaba los cafés del Centro con mis compañeros literatos del colegio: Luis Fayad, Camuilo Silva Zárate, Alvaro Miranda, Pemán, los Zúñiga, César Amaya... Leíamos en voz alta a Sartre, a Neruda, a Hemingway, a Stefan Zweig. A mediados de 1965 me fui a vivir con mi papá una temporada a la Zona Bananera del Magdalena y a los pocos meses de estar allí me enfermé gravemente con una misteriosa enfermedad gastrointestinal que ni Bonilla-Naar -que era poeta, pero sobretodo, era el mejor gastroenterólogo del país-, me pudo curar. Duré diez años postrado. Además, como era fumador empedernido, sufrí de pólipos en las cuerdas vocales. Vivía enfermo, no salía de la casa. Los papás de mis amigos me encargaban trabajos mecanográficos y hacía tesis de grado y con eso medio subsistía. Mientras tanto, escribía como un poseso: poemas, cuentos, noveletas, que siempre terminaba rompiendo. La primera vez que salí del país lo hice a los veinticuatro años por invitación de Manuel Zapata Olivella: fui a Venezuela y allí compartí inolvidables momentos con Neruda, León de Greiff , Anderson-Imbert, Otero Silva, y Elvio Romero. Cuando estuve en la URSS, ya era un hombre de cuarenta años. Luego estuve en Alemania Oriental y viví cinco años exiliado en Cuba. En Moscú, Leningrado, Berlín Oriental, Leipzig y Jena, mis amigos se burlaban porque mientras ellos se iban de rumba yo me la pasaba visitando iglesias ortodoxas y museos. Quizás he tenido más vida interior que mundana, casi siempre leyendo, escribiendo, dictando conferencias, tomando con mis amigos, saboreando deliciosas viandas y amando a las mujeres más hechizantes del planeta. No terminé nunca el bachillerato, no tengo doctorados ni licenciaturas, no soy académico ni he ejercido altos cargos. Ni siquiera tengo casa propia. Pero sí te puedo asegurar que, si ninguna duda, he vivido.
Simplemente…amigo. Lo demás lo dicen sus libros, sus poemas, sus testimonios, sus palabras, sus
exilios y hasta sus abrazos acompañados siempre de amigos.
Las mujeres, muchas mujeres, infinita cantidad de mujeres dicen: “¡José Luis!” abriendo los ojos y sintiendo la enorme satisfacción de oír su voz, sus versos, sus metáforas.
Sus amigos, muchos amigos, infinita cantidad de amigos dicen: “¡José Luis!” abriendo su alma, sus brazos, su sentimiento, su ternura, su alma, su cariño, su solidaridad.
Los poetas, muchos poetas, infinita cantidad de poetas dice: “¡José Luis, poeta!”. ¡Y qué poeta!
- ¿Cuál es el recuerdo más lejano que tienes de tu infancia?
- Creo que tenía unos tres o cuatro años y un día (no recuerdo si era de mañana o por la tarde) tuve conciencia de que yo era yo, mientras jugaba solo con una pelota blanca de caucho en el patio de mi casa del barrio Palermo en Bogotá. Recuerdo nítidamente cómo la pelota saltaba repetidamente sobre el baldosín rojizo y se perdía lentamente por el zaguán que conducía al patio de la alberca. Súbitamente sentí que estaba vivo, que todo tenía sentido, algo así...
- Era muy temprano estar en Bogotá…
- Yo nací en Santa Marta, hijo de padres samarios, pero a la edad de 1 año me trajeron a Bogotá a una casa situada en el barrio Palermo donde viví ¡52 años!... Hasta mi viaje a Cuba. Ahora “me reparto” entre el apartamento de Federico frente a la Javeriana y la casa de Gladys, mi esposa, en Santa María del Lago.
- ¿Cómo era esa Bogotá cuando empezaste a salir a la calle, a ver la gente, mirar los cerros?...
- Mi Bogotá en 1949 y 1950 era una ciudad sin edificios, muy bonita, con poca gente, poco sol, llovizna y hollín; llena de casas de ladrillos, parques y jardines con muchos pinos. Mis primos Rafael y José Stevenson jugaban en las divisiones inferiores del Independiente Santa Fe y me llevaban de la mano a ver a “Chonto” y a Pontoni en los partidos y entrenamientos. Desde “El Campín” se veían los cerros verdes, intactos, y a lo lejos, Monserrate y Guadalupe (a cada rato los rayos quebraban los brazos de la Virgen). Con mi hermano Manuel íbamos los Domingos a los matinales del Faenza, también a la Media Torta (vi a un niño de mi misma edad dirigiendo la Orquesta Sinfónica, llamado Robertico Denzi); a retretas al Parque de la Independencia y a comer helados cerca del Venado de Oro (hoy Instituto Roosevelt). El presidente era Laureano Gómez, muy amigo de mi abuelo materno, que era conservador, y mi papá, muy liberal, me asustaba diciendo que había carros fantasmas que perseguían a los enemigos del Gobierno. Los niños usábamos pantalones cortos y los Domingos nos vestíamos con traje negro de vaquero de Hoppalong Cassidy. Los grandes usaban vestido de paño con chaleco, camisa de cuello duro, corbata y sombrero, y las mamás vestían sastre con falda larga y sombrero con velo y alfileres finos. Una Bogotá que se fue...
- ¿Cuál fue el primer libro que tuviste en tus manos?
- Aunque yo pertenezco a la generación cuyas primeras lectuars fueron las tiras cómicas (“Dick Tracy”, “El fantasma”, “Ferdinando”, “Mandrake el mago” y “Benitín y Eneas”), los primeros libros que tuve en mis manos fueron los 20 tomos del “Tesoro de la Juventud”, editados por la Jackson. Los años más felices de mi infancia están acompañados de las infinitas lecturas de tantas narraciones indelebles. También recuerdo un libro (que aún conservo) titulado Infancia de grandes hombres. Y varios libros de Constancio C. Vigil (Cartas a gente menuda, especialmente).
- ¿Cuál fue la primera novela que te cautivó?
- Aventuras de Tom Sawyer. Cuando terminé su lectura duré varios días con sus noches en un fascinante estado de encantamiento. Pocas semanas después comencé a escribir, en un cuaderno rayado con un Esterbrook de tinta azul, una novelita que titulé Soledad en los mares, cuyas aventuras viví con tal intensidad a medida que la escribía que jamás he vuelto a experimentar esa sensación.
- ¿Qué películas recuerdas en el Faenza?
- Imagínate que El Espectador traía un formidable suplemento semanal (fundado por Álvaro Pachón de la Torre y Guillermo Cano, que se llamaba Dominical, aunque salía los viernes) y mi hermano y yo nos lo peleábamos para leer las tiras cómicas y recortar un cupón que nos permitía la entrada al Teatro Faenza el domingo y participar de innumerables festividades para niños. Recuerdo haber visto todas las películas de “Lassie”, “La colina dorada”, “Tarzán y las amazonas”, “La carga de la brigada ligera”, “Eco de tambores”, “Ahí vienen los tanques”, “El manto sagrado” y “Hong Kong”, con Ronald Reagan. Manuelito, mi hermano, se ganaba todas las rifas. Yo nunca me gané nada. Pero el goce de las películas me duraba en la mente largos meses.
- ¿Más “Tarzán” que las de vaqueros?
- Sí, porque era un héroe sobrenatural, altivo, lejano y solitario. Era un mito, una leyenda. Y siempre vencedor, con Jane y con Chita. Me tocó en suerte ver en los años de mi infancia, en la década de los 50, a los tres mejores protagonistas del personaje de Edgar Rice Burroughs: Johnny Weissmuller, Lex Barker y Gordon Scott, con sus respectivas compañeras: Brenda Joy y Maureen O`Sullivan, Virginia Huston y Vera Miles. De las películas de vaqueros me gustaban Hoppalong Cassidy y Roy Rogers, pero muy poco, casi nada...
- ¿Cómo era la cotidianidad cultura en el colegio?
- Tuve la suerte de que tanto en los colegios de primaria como en los de secundaria se privilegiaban los asuntos culturales, en especial los literarios. En la primaria estudié en un colegio dirigido por el
profesor Samuel Camargo Uribe y su esposa, la educadora ecuatoriana Rebeca Hidalgo de Camargo. Ella nos enseñaba poemas, canciones, historias y leyendas del Ecuador. Allí declamábamos y pronunciábamos discursos exaltando a los próceres de la Independencia. Representábamos comedias y zarzuelas, lo mismo que cantábamos el vals “Sobre las olas”. En el bachillerato, a don Tito Tulio Roa, rector del Gimnasio Boyacá y profundamente conservador y católico, le fascinaban los poemas que yo escribía al estilo de la “Canción de gesta” de Neruda, donde exaltaba las luchas sociales en Colombia y atacaba a los yankis por el robo de Panamá. Don Tito fomentaba los centros literarios y los periódicos estudiantiles, y allí conformamos en 1962 el Grupo de Palermo con Pemán, Luis Fayad y Álvaro Miranda, entre otros.
- ¿Cuál fue la mejor infancia de aquellos grandes hombres?
- Indudablemente, la de Pablo Neruda cuando era Neftalí Reyes Basoalto. Vivió los años de su infancia en olor de poesía. Lo único que le importaba era pensar, leer poesía, imaginar, escribir... Se veía vivir mientras escribía. Escribía todo lo que observaba y cada instante era un deleite, era un hechizo sonoro, era un rayo de asombro...
- ¿Cuál fue la primera de las grandes novelas que tuviste en tus manos?
- La náusea. No sé si te conté que en mi infancia y a comienzos de la adolescencia vivíamos en la casa de mi abuelo materno como tres o cuatro familias juntas: padres, hermanos, tías y primos. Y Pepe Stevenson, primo hermano mío, era en 1959 y 60, el discípulo predilecto de Estanislao Zuleta, quien adoraba a Sartre por sobre todas las cosas. De manera que Pepe puso en mis manos la novela estelar del filósofo existencialista. Leí La náusea a los 13 años y “quedé marcado para siempre con hierro ardiente de aquel recuerdo”...
- ¿Qué novela siempre repites en su lectura? ¿Cuál o cuáles son las recurrentes?
- Me parece que eso es algo cíclico. Por ejemplo, yo leí muchìsimas veces el Trópico de cáncer, entre los 18 y los 35 años. Lo mismo me pasó con Pedro Páramo (novela que leí por primera vez en 1960 cuando se vendió en Bogotá una promoción del Fondo de Cultura Económica), y con El otoño del patriarca en la década del 70. Pero a la que siempre vuelvo con fervor cada vez mayor es a Molloy de Samuel Beckett. Ultimamente me he apegado mucho a Desgracia de Coetzee y a Estambul de Pamuk.
- ¿Qué personajes femeninos te cautivaron hasta más allá del enamoramiento platónico?
- De niño me enamoré con locura de Rita Hayworth en la película “Salomé”. Luego me embrujaron Anna Magnani y Jeanne Moreau. En la literatura, Susana San Juan, Anne Marie Schweitzer (la mamá de Sartre en Las palabras), Anaís Nin (la real y la ficticia), June Edith Smith y Cecilia Valdés. En la vida real me hubiera gustado estar muy cerca de la santa y perversa Isabel la Católica.
- ¿Y las protagonistas de novela que te enamoraron?
- Anna Karenina es un tipo de mujer que uno ha conocido en algún momento de la vida. Es posible que uno se hubiera enamorado de ella y que en el transcurso de la trayectoria amorosa se hubiera desilusionado. Pero naturalmente, jamás aceptaríamos lo último, porque hemos idealizamos demasiado el personaje literario, que además, es hermoso y perdurable. Quizás pensemos que Madame Bovary hubiese sido nuestra amante, pero nadie dice que nos identificamos con el esposo. En los años sesenta yo me enamoré seriamente de “La Maga” de Cortázar, pero también de Talita. Después las desdeñé, pero siempre estuve tragado de Susana San Juan, la alucinada y delirante mujer de Pedro Páramo. (Ahora pienso que en eso ha debido influir la bella Pilar Pellicer, la actriz que la caracterizó en la película de Carlos Velo). Y, bueno, siempre me he sentido enamorado de la amada de José Asunción Silva (Elvira, o quien fuera), la que anduvo de su mano en aquella “noche tibia de la muerta primavera”...
- ¿Y en los protagonistas de novelas (literarias)?
- Mira, Pedro Páramo es un personaje absolutamente abominable (al contrario de Susana San Juan). No tiene una sola cualidad, un solo gesto de generosidad o de ternura, lo cual es un defecto aparente de la novela. Pero al igual que el detestable Alfonso Pereira en Huasipungo, a pesar del maniqueísmo manifiesto, paradójicamente contribuyen al encanto misterioso y hasta poético de las obras. Todo lo contrario de lo que ocurre con el dictador Alvarado de El otoño del patriarc, que resulta ser tan humano y tan veraz que tiene momentos en que mueve a la ternura y a la compasión. En general rechazo las actitudes de los protagonistas injustos y despóticos, aunque tengan en el fondo algunos rasgos fascinantes otorgados por el talento de sus creadores.
- ¿Cuál es o cuáles son los personajes de novela más enternecedores? ¿Los más tiernos? ¿Los que quisieras compartir con ellos una copa de vino?
- Bueno, vamos por partes. Personajes literarios enternecedores los encabeza sin duda Jesucristo en la novela rulfiana El Nuevo Testament", pero desde luego, Don Quijote de la Mancha, Stephan Dedalus, Anna Karenina, José K y Molloy. Salvo con Jesucristo, no bebería vino con ninguno de ellos. ¿Los más tiernos? Tom Sawyer, Molly Bloom, Remedios la Bella, Susana San Juan (me pasaría horas dándole besitos) y Platero Jiménez. ¿Y con quiénes me gustaría beber un whisky, una vodka, un aguardiente o un mao-dei, de manera muy especial? Con Santiago Zavala (Zavalita), el personaje de Conversación en La Catedral (Vargas Llosa); con “Stirlitz”, el espía soviético de 17 instantes de una primavera, de Yulian Semionov; con la comisaria china del cuento “La camarada de Pekín” de Jorge Enrique Adoum; con la sirvienta del “Cuento de la isla desconocida” de Saramago y con Álvaro Mendiola, el protagonista de “Señas de identidad” de Juan Goytisolo.
- ¿Cómo era la cotidianidad cultura en el colegio?
- Tuve la suerte de que tanto en los colegios de primaria como en los de secundaria se privilegiaban los asuntos culturales, en especial los literarios. En la primaria estudié en un colegio dirigido por el profesor Samuel Camargo Uribe y su esposa, la
educadora ecuatoriana Rebeca Hidalgo de Camargo. Ella nos enseñaba poemas, canciones, historias y leyendas del Ecuador. Allí declamábamos y pronunciábamos discursos exaltando a los próceres de la Independencia. Representábamos comedias y zarzuelas, lo mismo que cantábamos el vals “Sobre las olas”. En el bachillerato, a don Tito Tulio Roa, rector del Gimnasio Boyacá y profundamente conservador y católico, le fascinaban los poemas que yo escribía al estilo de la “Canción de gesta” de Neruda, donde exaltaba las luchas sociales en Colombia y atacaba a los yankis por el robo de Panamá. Don Tito fomentaba los centros literarios y los periódicos estudiantiles, y allí conformamos en 1962 el Grupo de Palermo con Pemán, Luis Fayad y Álvaro Miranda, entre otros.
- ¿Cuál fue la mejor infancia de aquellos grandes hombres?
- Indudablemente, la de Pablo Neruda cuando era Neftalí Reyes Basoalto. Vivió los años de su infancia en olor de poesía. Lo único que le importaba era pensar, leer poesía, imaginar, escribir... Se veía vivir mientras escribía. Escribía todo lo que observaba y cada instante era un deleite, era un hechizo sonoro, era un rayo de asombro...
- ¿Cuál fue la primera de las grandes novelas que tuviste en tus manos?
- La náusea. No sé si te conté que en mi infancia y a comienzos de la adolescencia vivíamos en la casa de mi abuelo materno como tres o cuatro familias juntas: padres, hermanos, tías y primos. Y Pepe Stevenson, primo hermano mío, era en 1959 y 60, el discípulo predilecto de Estanislao Zuleta, quien adoraba a Sartre por sobre todas las cosas. De manera que Pepe puso en mis manos la novela estelar del filósofo existencialista. Leí La náusea a los 13 años y “quedé marcado para siempre con hierro ardiente de aquel recuerdo”...
- ¿Qué novela siempre repites en su lectura? ¿Cuál o cuáles son las recurrentes?
- Me parece que eso es algo cíclico. Por ejemplo, yo leí muchìsimas veces el Trópico de cáncer, entre los 18 y los 35 años. Lo mismo me pasó con Pedro Páramo (novela que leí por primera vez en 1960 cuando se vendió en Bogotá una promoción del Fondo de Cultura Económica), y con El otoño del patriarca en la década del 70. Pero a la que siempre vuelvo con fervor cada vez mayor es a Molloy de Samuel Beckett. Ultimamente me he apegado mucho a Desgracia de Coetzee y a Estambul de Pamuk.
- ¿Qué personajes femeninos te cautivaron hasta más allá del enamoramiento platónico?
- De niño me enamoré con locura de Rita Hayworth en la película “Salomé”. Luego me embrujaron Anna Magnani y Jeanne Moreau. En la literatura, Susana San Juan, Anne Marie Schweitzer (la mamá de Sartre en Las palabras), Anaís Nin (la real y la ficticia), June Edith Smith y Cecilia Valdés. En la vida real me hubiera gustado estar muy cerca de la santa y perversa Isabel la Católica.
- ¿Y las protagonistas de novela que te enamoraron?
- Anna Karenina es un tipo de mujer que uno ha conocido en algún momento de la vida. Es posible que uno se hubiera enamorado de ella y que en el transcurso de la trayectoria amorosa se hubiera desilusionado. Pero naturalmente, jamás aceptaríamos lo último, porque hemos idealizamos demasiado el personaje literario, que además, es hermoso y perdurable. Quizás pensemos que Madame Bovary hubiese sido nuestra amante, pero nadie dice que nos identificamos con el esposo. En los años sesenta yo me enamoré seriamente de “La Maga” de Cortázar, pero también de Talita. Después las desdeñé, pero siempre estuve tragado de Susana San Juan, la alucinada y delirante mujer de Pedro Páramo. (Ahora pienso que en eso ha debido influir la bella Pilar Pellicer, la actriz que la caracterizó en la película de Carlos Velo). Y, bueno, siempre me he sentido enamorado de la amada de José Asunción Silva (Elvira, o quien fuera), la que anduvo de su mano en aquella “noche tibia de la muerta primavera”...
- ¿Y en los protagonistas de novelas (literarias)?
- Mira, Pedro Páramo es un personaje absolutamente abominable (al contrario de Susana San Juan). No tiene una sola cualidad, un solo gesto de generosidad o de ternura, lo cual es un defecto aparente de la novela. Pero al igual que el detestable Alfonso Pereira en Huasipungo, a pesar del maniqueísmo manifiesto, paradójicamente contribuyen al encanto misterioso y hasta poético de las obras. Todo lo contrario de lo que ocurre con el dictador Alvarado de El otoño del patriarc, que resulta ser tan humano y tan veraz que tiene momentos en que mueve a la ternura y a la compasión. En general rechazo las actitudes de los protagonistas injustos y despóticos, aunque tengan en el fondo algunos rasgos fascinantes otorgados por el talento de sus creadores.
- ¿Cuál es o cuáles son los personajes de novela más enternecedores? ¿Los más tiernos? ¿Los que quisieras compartir con ellos una copa de vino?
- Bueno, vamos por partes. Personajes literarios enternecedores los encabeza sin duda Jesucristo en la novela rulfiana El Nuevo Testament", pero desde luego, Don Quijote de la Mancha, Stephan Dedalus, Anna Karenina, José K y Molloy. Salvo con Jesucristo, no bebería vino con ninguno de ellos. ¿Los más tiernos? Tom Sawyer, Molly Bloom, Remedios la Bella, Susana San Juan (me pasaría horas dándole besitos) y Platero Jiménez. ¿Y con quiénes me gustaría beber un whisky, una vodka, un aguardiente o un mao-dei, de manera muy especial? Con Santiago Zavala (Zavalita), el personaje de Conversación en La Catedral (Vargas Llosa); con “Stirlitz”, el espía soviético de 17 instantes de una primavera, de Yulian Semionov; con la comisaria china del cuento “La camarada de Pekín” de Jorge Enrique Adoum; con la sirvienta del “Cuento de la isla desconocida” de Saramago y con Álvaro Mendiola, el protagonista de “Señas de identidad” de Juan Goytisolo.
- ¿Hasta el amanecer con quién?
- Con Bella Ajmadúlina, la gran poeta rusa, junto a una botella de vodka y abundantes picadas, escuchando jazz o czardas y hablando de literatura (con mucho énfasis en la poesía y la narrativa del
siglo XX), mientras contemplamos el esplendor nocturno de Bogotá o de Moscú.
- ¿Crees que todo tiempo pasado fue mejor?
- Depende, porque antes no existía la anestesia, ni el airbús, ni la internet, ni mis hijos, ni Ormak Pamuk, ni Coetzee, ni Skahira... Pero era mejor porque el aire era más puro, Bogotá era más bonita y tenía menos gente. Además, estaba vivo Neruda y yo era más feliz.
- ¿Cuál crees que son los dos o tres hechos más humillantes de la humanidad?
- Los últimos años de Bolívar fueron dolorosamente humillantes: la manera como lo trataron los leguleyos santanderistas y los politiqueros granadinos, cómo intentaron asaltarlo y asesinarlo, y pensar que esos mismos homicidas frustrados fueron los que fundaron los partidos tradicionales: Mariano Ospina Rodríguez y Ezequiel Rojas; cómo lo sacaron de Bogotá entre insultos y escarnios, gritándole “¡Longanizo!”, para luego llegar agónico ir a morir a la única ciudad realista que quedaba en Colombia, mi patria chica, absolutamente solo, incomprendido, abandonado y paupérrimo. Tengo el orgullo secreto (que ahora hago público) de que en la Nave de la Epístola de la Catedral de Santa Marta, perteneciente a la familia Díaz-Granados, reposaron sus restos mortales.
- ¿De qué deberá arrepentirse el hombre?
- De ser intolerante, codicioso, de ampararse en las religiones para cometer toda clase de delitos e ignominias, de acomodar la palabra de Dios a sus intereses económicos y políticos, de contaminar el aire y acabar con millares de especies animales. Pero sobre todo deberá arrepentirse de ser el único animal que ataca y mata a su propia especie.
- ¿En qué siglo te hubiera gustado haber vivido?
- Me siento muy a gusto en el siglo XXI, a pesar de contener tantas amenazas ambientales. El siglo XX, en cambio, fue trágico y deslumbrante. La infamia se entronizó. Hubo millones de muertos por guerras y bombas, pero borró costumbres y acciones que se mantuvieron durante miles de miles de años, para darles a los humanos novedosas dimensiones. Por ejemplo: se inventó el cine, la luz eléctrica, el rayo laser, el linotipo, la internet. Vivimos los universos maravillosos de Picasso, Chaplin, Einstein, Stravinsky y Joyce. La caballería desapareció de los campos de batalla. Hubo un momento en 1917 (¿Cuánto duró: días, horas, minutos?) en que por primera vez en la historia de la humanidad, por encima del proletariado no hubo nadie jodiéndolo. Y además, el hombre pudo volar. Pero volviendo a tu pregunta, a mí me gustaría volver a vivir en el siglo pasado, en los años 60, en Bogotá, en París y en Praga.
- ¿Cómo fuiste estructurando tu primer libro publicado?
- Mi primer libro fue El laberinto, un poema experimental publicado en 1968 en forma de "plaquette", con muy pocas páginas, muy influido por las prosas narrativas de Cortázar, Rulfo y Carlos Fuentes. Pero ya, desde 1962, yo tenía la idea de estructurar un poemario que se fuera ampliando en las sucesivas ediciones, algo así como el Cántico de Jorge Guillén. Entonces le iba agregando poemas con temas que por ese entonces me subyugaban, como eran la figura de mi padre y el mundo de la Zona Bananera del Magdalena donde los dos habíamos vivido una temporada poco antes de su muerte. En 1978 publiqué una segunda edición aumentada con tiraje limitado, hecha en fotocopias y en una publicación muy rústica. Allí entran nuevas temáticas como el amor, la cotidianidad, los sueños. En la tercera edición, de 1980, hay poemas de diversa temática y estructura: haikús, sonetos, poemas de versos anchos como los de Whitman, etc. Dos años después publiqué en forma privada una cuarta edición aumentada, con experimentos, neologismos, estructuras tradicionales y prosas de conciencia desordenada. Y ese mismo año, 1984, salió la quinta, la edición definitiva o primera edición completa de El laberinto, ordenada de manera casi matemática por secciones y subsecciones, todas ellas, junto con los propios poemas, numerados al estilo de los libros de poesía de Juan Ramón Jiménez. Y también, cada cinco versos, se numeraba en el margen derecho de cada página. Y al final agregué un anexo: Los papeles de Dionisio, ocho cuentos, que fueron el embrión técnico y estilístico de mi novela Las puertas del infierno, publicada dos años después. Total: 200 páginas. El laberinto es un libro desigual, polimorfo, algo caótico, pero fue la razón de mi existencia durante 22 años, pues lo construí entre 1962 y 1984. Ahora ese libro es inconseguible. Yo mismo tengo sólo dos ejemplares. Uno de ellos me lo consiguió mi amigo librero Álvaro Castillo Granada, y estaba dedicado por mí a Fernando Charry Lara.
- ¿El proceso de escribir un libro produce angustia? ¿tensión? ¿dolor? ¿drama?
- El proceso de exorcismo es angustioso en el sentido de que la escritura vaya a resultar inferior al proyecto soñado. Sería frustrante que el escrito esté plagado de lugares comunes, de párrafos planos, simples, desapasionados. Es entonces cuando, luego de haber derramado todo lo que tenemos dentro, comencemos a elaborar el texto como Dios manda: corregirlo, pulirlo, perfeccionarlo. No olvidemos que no basta con que un texto esté bien escrito: hay que tratar de convertirlo en obra de arte.
- ¿Qué sucede con tus libros cuando aparecen en letras de imprenta en manos de otros que no son tus manos?
- Todo escritor sabe que sus libros les pertenecen hasta que salen publicados. De ahí en adelante son de los lectores. Además, el fruto de las obsesiones y exorcismos íntimos se convierte de pronto en estuche ajeno: la carátula es del pintor o del diseñador, tiene un lomo que no existía en tu original anillado, en otra hoja aparece el pie de imprenta con los respectivos créditos, o sea, con otros nombres. El texto aparece con un tipo de letra totalmente distinto al que tú escribiste. En fin, ya ese libro deja de ser tuyo para pertenecer a innumerables e invisibles manos (y ojos y sentidos y sueños).
- ¿Subrayas algunas frases en los libros? ¿Señalas tus lecturas doblando los vértices de las hojas?
- Sí. Siento un placer infinito subrayando en los libros, las frases o párrafos que me estremecen a medida que avanzo en la lectura (o en la relectura). Te repito de memoria algunas frases que me llamaron la atención cuando era adolescente: "Una ciudad es un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes" (L. Durrell: "Justine"); "Mandar y obedecer es lo mismo... Nunca he dado una orden sin reír, sin hacer reír. Es que a mí no me corroe el chancro del poder" (J. P. Sartre: "Las palabras"). "He hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos tan pobres y tan felices" (E. Hemingway: "París era una fiesta"). "Y en la insurrección de la luz, despertar con los que despertaron / o seguir en el sueño alcanzando la otra orilla del mar que no tiene otra orilla" (Pablo Neruda, "La barcarola"). No me gusta doblar los vértices de las hojas porque me parece que con el tiempo se pueden partir.
- ¿Un ex presidente se merecería cuál libro?
- La noche quedó atrás de Jan Valtin.
- ¿Tienes un libro que quieres leer pero te emociona tanto que esperas un tiempo para hacerlo?
- Me sucedió con "Cien años de soledad". Lo tuve en mis manos en octubre de 1967 y lo vine a leer a comienzos de 1969. Y me ha ocurrido con otros libros ("Mi amigo Henry Miller", de Alfred Perlés, "De cerca y de memoria", de Jorge Enrique Adoum, "Adiós bandera roja", de E. Evtushenko y "Memoria de la melancolía", de María Teresa León). Pero el colmo fue hace pocos años cuando compré los cinco volúmenes de las "Obras completas" de Pablo Neruda (editadas por Galaxia Gutemberg) y las contemplaba en mi biblioteca como si fuera un libro sagrado en el altar. No me atrevía ni a tocarlos. (Obviamente, y por fortuna, tengo varios tomos de sus "Obras completas" en las distintas ediciones de Losada, leídos, releídos, subrayados y manoseados hasta más no poder). Un buen día decidí abrirlos, les puse mi nombre, los hojeé, los subrayé y me embebí en la sumersión total de su "Nerudiana dispersa" y de sus poemas políticos desconocidos como el texto contra el Mariscal Tito en que lo compara con "Tacho" Somoza y lo titula "Titacho"... Son temores reverenciales que todos los poetas tenemos.
- Muchos escritores han dado consejos a los nuevos escritores. ¿Cuáles serían los tuyos?
- Ya se ha vuelto un lugar común decir esto: "El mejor consejo a un joven escritor es que no oiga consejos". Claro está que es cierto. Uno debe escribir y punto. Pero, tampoco. Yo no solamente les diría sino que les he dicho a los nuevos escritores: lean, escriban y observen. Que lean mucho, sobre todo lo que les interese: poesía, narrativa, ensayo. O todo eso. Que escriban mucho, sin importarles la publicación. Que luego pulan lo escrito, que se esmeren en hacer una cosa buena, de calidad, pues después les espera una guillotina mental que es tratar de elaborar una obra de arte. Pero también que observen mucho el comportamiento humano. Con todos esos elementos pueden llegar a ser escritores. Bueno, al menos eso creo yo.
- ¿Qué te hace perder la paciencia? ¿Una novela mal escrita? ¿Una llamada que jamás te llega? ¿Una amiga absolutamente incumplida? ¿Las groserías de un expresidentes? ¿La indolencia ante la tristeza?
- Todo lo anterior, pero con algunas diferencias: una novela mal escrita, sencillamente la olvido por ahí. Claro está que una novela de Pío Baroja, por ejemplo, o de Roberto Artl, autores bastante descuidados en materia de redacción y gramática, nos resultan siempre seductoras. Una llamada que jamás llega o una amiga absolutamente incumplida nos obliga a tomar decisiones: ¡al diablo con la llamada! y ¡al diablo con la amiga! Las groserías de un expresidente no logran sacarme de quicio, pues tarde o temprano le ocurre lo que al toro miura, que muere intoxicado por su propia rabia. Y la indolencia ante la tristeza nos produce precisamente más tristeza. Lo que me hace perder la paciencia es, por ejemplo, hacer cola o esperar largo tiempo en el Catastro, en los bancos, en las estaciones del Transmilenio, en los consultorios médicos o aguardar respuestas de los editores.
- ¿Recuerdas algo especial que te hubiera sucedido para decidieras escribir tu primera novela o tu primer cuento o tu primer verso?
- Estaba en plena adolescencia en 1963 y un domingo fui al Teatro Colombia (hoy Jorge Eliécer Gaitán) a ver El día más largo del siglo. Acababa de leer dos novelas: La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y El rey viejo de Fernando Benítez. Me estaba comiendo una barra de chocolate Baby Johnny`s cuando de súbito, en mitad de la película, se me vino a la mente escribir una novela sobre los diez últimos días de Simón Bolívar en Santa Marta. Un capítulo sería narrado de manera lineal en tercera persona; el siguiente en segunda persona, el siguiente sería un monólogo sobre la ingratitud de los hombres; el cuarto, una carta escrita al estilo de las epístolas del Libertador; el siguiente capítulo sería una reflexión de Manuelita Sáenz, luego vendría un diálogo en forma teatral, y así, seguiría experimentando hasta el capítulo final que sería un monólogo interior sin puntos ni comas. Cuando llegué a mi casa en la noche me senté a escribir la historia de un tirón. Era tal mi entusiasmo, mi febril creatividad y mi alegría creadora que terminé el libro en una semana. Recuerdo que trabajé la novela durante un año. Primero la titulé Martirologio y luego El día de difuntos. A principios de 1964 la pasé en limpio y se la envié a Carlos Barral. Era una novela muy corta. Meses después recibí su respuesta en la que me decía que “tenía madera” y que cuando tuviera una “novela de verdad” él estaría complacido en convertirse en mi editor. Poco después, con nuevos proyectos literarios en la cabeza, destruí ese primer intento de novela.
- Hubo novelas de la Violencia, luego novelas del realismo mágico y posteriormente de tiros, tetas, paraísos, capos…¿Estás en alguno de esos grupos o crees que tu literatura no se encasilla en ninguno?
- Mi novela Las puertas del infierno, publicada en
1985, hace 25 años, es un híbrido afortunado: cuando la escribí, entre 1976 y 1982, yo pasaba por un período de mi vida bastante azaroso y depresivo, pero al mismo tiempo muy rico en vivencias tanto en mi cotidianidad como en mis lecturas literarias. Era prácticamente un vagabundo, bohemio, un azotacalles, y mientras escribía la novela, corregía su escritura en ella misma. El profesor y narrador Jaime Alejandro Rodríguez la calificó de “metaficcional”. Jonathan Tittler la llamó, generosa y desmesuradamente, un “Ulises bogotano”. Manuel Zapata Olivella dijo que era la novela de los condenados de la tierra. Pemán la encasilló como “pornografía mística”. Gonzalo Mallarino (padre) escribió que era la fotografía en negativo de una autobiografía novelada. Y algún reseñador reciente la ubicó como “autoficción”. De manera que no cabe en los calificativos de tu pregunta, aunque hay muchas tetas y uno que otro paraíso.
- ¿Cómo ves la literatura colombiana hoy después de ocho años de mesianismo? ¿Hubo literatura comprometida? ¿Hubo literatura indiferente?
- Los ocho años de mesianismo polarizaron al país de una manera alarmante. Como nunca antes, el colombiano medio ha generado una capacidad de odio increíble, que se trasluce en las conversaciones familiares, en los diálogos de oficina, en las tertulias, en los comentarios de los lectores de periódico escritos al margen de las noticias. Y lo tragicómico del asunto es que la mayoría de los odiadores y discutidores apasionados envían mensajes por internet con montajes pornográficos, con agravios e insultos contra los enemigos del mesías de pacotilla y luego dicen que son cristianos o católicos y hasta bendicen al prójimo. Todo eso, indudablemente, se convertirá en literatura, pero todavía no existe la perspectiva suficiente para serlo. Por ahora, lo único nuevo en industria editorial son las crónicas de los ex secuestrados, las memorias de ex guerrilleros y ex paracos y las novelas sobre narcos y sicarios. Algunas muy buenas, por cierto. Donde veo que hay realmente un aporte creativo, novedosa calidad y hasta belleza es en la nueva poesía colombiana.
- ¿Habrá algún escritor atrevido u osado u oportunista u oportuno que se atreva a escribir algo sobre esos ocho años sin sentir pudor?
- Supongo que los futuros historiadores tendrán mucho material para analizar el ochenio tétrico. Los apologistas, obviamente, tienen que ser los que fueron altos funcionarios del ochenio o sus usufructuarios, quienes desde luego desconocen el pudor.
- Tomando las palabras de Pablo Neruda a quien conociste muy bien: ¿Confiesas que has vivido?
- Y bebido... Claro. Eso es relativo. Desde niño fui muy casero, me la pasaba leyendo libros, revistas de historietas, redactaba y armaba periódicos, escribía poemas y novelas en los cuadernos del colegio. Mi padre era abogado y estadístico. Mi madre pintaba y esculpía. Yo hablaba solo, tenía un hermano imaginario. Con Manuel, mi hermano real, inventaba países: Tatay, Bostejuden, Langai... Los fines de semanas había fiestas y tertulias en la casa de mi abuelo materno y mis tías, en Bogotá, y allí se tocaba el piano, el violín, el serrucho. A veces iba un trompetista de la Costa llamado Juan de la Cruz Acosta y Calderón y V., y se armaba la parranda con un tío que era mago y tocaba la batería. Iba siempre el poeta Víctor Amaya González y otros compañeros de la Estadística de mi papá y de mi tío Carlos Valdeblánquez (en esa época, Luis Vidales estaba exiliado en Chile), amigos bohemios que recitaban y contaban infinidad de anécdotas sobre los escritores y artistas famosos. Los domingos iba a cine con mis amiguitos del barrio Palermo. Ya siendo adolescente frecuentaba los cafés del Centro con mis compañeros literatos del colegio: Luis Fayad, Camuilo Silva Zárate, Alvaro Miranda, Pemán, los Zúñiga, César Amaya... Leíamos en voz alta a Sartre, a Neruda, a Hemingway, a Stefan Zweig. A mediados de 1965 me fui a vivir con mi papá una temporada a la Zona Bananera del Magdalena y a los pocos meses de estar allí me enfermé gravemente con una misteriosa enfermedad gastrointestinal que ni Bonilla-Naar -que era poeta, pero sobretodo, era el mejor gastroenterólogo del país-, me pudo curar. Duré diez años postrado. Además, como era fumador empedernido, sufrí de pólipos en las cuerdas vocales. Vivía enfermo, no salía de la casa. Los papás de mis amigos me encargaban trabajos mecanográficos y hacía tesis de grado y con eso medio subsistía. Mientras tanto, escribía como un poseso: poemas, cuentos, noveletas, que siempre terminaba rompiendo. La primera vez que salí del país lo hice a los veinticuatro años por invitación de Manuel Zapata Olivella: fui a Venezuela y allí compartí inolvidables momentos con Neruda, León de Greiff , Anderson-Imbert, Otero Silva, y Elvio Romero. Cuando estuve en la URSS, ya era un hombre de cuarenta años. Luego estuve en Alemania Oriental y viví cinco años exiliado en Cuba. En Moscú, Leningrado, Berlín Oriental, Leipzig y Jena, mis amigos se burlaban porque mientras ellos se iban de rumba yo me la pasaba visitando iglesias ortodoxas y museos. Quizás he tenido más vida interior que mundana, casi siempre leyendo, escribiendo, dictando conferencias, tomando con mis amigos, saboreando deliciosas viandas y amando a las mujeres más hechizantes del planeta. No terminé nunca el bachillerato, no tengo doctorados ni licenciaturas, no soy académico ni he ejercido altos cargos. Ni siquiera tengo casa propia. Pero sí te puedo asegurar que, si ninguna duda, he vivido.
jueves, 7 de octubre de 2010
VARGAS LLOSA:UN GRAN ESCRITOR DE IDEAS POLEMICAS..
Semblanza: Vargas Llosa: un gran escritor de ideas polémicas
El Premio Nobel de Literatura 2010, el peruano Mario Vargas Llosa, es un gran escritor de ideas polémicas, rasgo que trascendió su obra y marcó su vida, con matrimonios con una tía y una prima y una famosa pelea con Gabriel García Márquez
7/Oct/10 12:59 Comentarios
Notimex - Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, nacido en Arequipa, el 28 de marzo de 1936, es considerado un verdadero "maestro" de la literatura mundial, con obras que lo llevaron este jueves a ser galardonado con el máximo premio de las letras que otorga la Academia Sueca.
El autor de "Conversación en La Catedral", considerada su obra cumbre, es un escritor disciplinado, defensor de las libertades, enemigo de los dictadores y propulsor de la democracia, lo cual lo llevó a ser candidato presidencial en la derecha en 1990.
Una primera etapa de su infancia la vivió en Cochabamba (Bolivia), donde estuvo hasta los 10 años, y después se radicó en la norteña ciudad peruana de Piura, donde recién empezó a conocer su país y a empaparse de su cultura.
Vargas Llosa alcanzó la fama en la década de 1960 con sonadas novelas como "La ciudad y los perros" (1962), "La casa verde" (1965) y "Conversación en La Catedral" (1969), pero quizá es la primera la que lo catapultó con la intimidad del Colegio Leoncio Prado.
"La ciudad y los perros" tuvo su origen en las vivencias del escritor en una comunidad de cadetes en una escuela militar y la trama está basada en las propias experiencias del autor en ese recinto.
Su paso por el Colegio Leoncio Prado en Lima y posteriormente sus años universitarios en el contexto de la dictadura militar de Manuel A. Odría, quien gobernó Perú entre 1956 y 1968, habrían de marcar su vida.
Luego de "La ciudad y los perros" escribió "La Casa Verde", que retrata la vida en un burdel del mismo nombre y la trama se centra en "Bonifacia", una chica que está a punto de recibir los votos de la iglesia.
Pero según los críticos, "Conversación en La Catedral" es su máxima obra, una novela que contiene cuatro historias que realizan un análisis profundo a la corrupción durante la dictadura de Odría.
De allí fue imparable y en 1977 Vargas Llosa publicó "La tía Julia y el escribidor", basado en parte en el matrimonio, en 1955, a los 19 años de edad, con su tía política Julia Urquidi, quien era 10 años mayor.
Algunas de sus obras, como "Pantaleón y las visitadoras" (1973) y "La tía Julia y el escribidor", han sido adaptadas y llevadas al cine, aunque él dice que no se le ha hecho mucha justicia en esa área pero confía en que haya nuevas producciones.
Para poder vivir en España, y agradecido con ese país que impulsó su obra, obtuvo también la nacionalidad española en 1993 y permanentemente reconoce a ese país porque fue allá donde publicó su primer libro en 1958 y donde ganó el premio Leopoldo Alas.
En política, sin embargo, sólo ha cosechado fracasos ya que en 1990 fue derrotado como candidato presidencial del partido de centro-derecha Frente Democrático, por el ahora encarcelado Alberto Fujimori, quien gobernó entre 1990 y 2000.
Su postura liberal de derecha le permitió acercarse y trabar amistad con figuras de ese sector como el ex jefe del gobierno español José María Aznar y el mandatario chileno Sebastián Piñera, a quien incluso apoyó en su candidatura presidencial.
Recordado en su alejamiento de la Revolución Cubana, en 1971, cuando encabezó el distanciamiento de la intelectualidad izquierdista latinoamericana del régimen de Fidel Castro, a raíz del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla.
Divorciado en 1964 de su tía Julia, Vargas Llosa se casó un año después con su prima Patricia Llosa y de esa unión nacieron Álvaro (1966), Gonzalo (1967) y Morgana (1974).
En la vida de Vargas Llosa ha habido de todo y queda en el registro histórico la noche en que noqueó al escritor colombiano Gabriel García Márquez y siempre quedó la duda de si se trató de un lío de faldas o un desencuentro ideológico.
El Nobel de Literatura peruano le asestó un derechazo a su entonces entrañable amigo y cómplice literario, porque García Márquez, también ganador del prestigioso galardón, en 1982, habría intentado "afanar" (consolar y conquistar) a la actual esposa de Vargas Llosa.
El encontronazo fue en la noche del 12 de febrero de 1976, cuando los dos escritores acudieron a una sala de cine junto a gran parte de la intelectualidad mexicana donde se iba a presentar un guión de Vargas Llosa sobre un accidente aéreo en Los Andes.
García Márquez intentó saludarlo, pero Vargas Llosa lo esquivó y le lanzó un derechazo que mandó al suelo y noqueó al autor de "Cien años de soledad".
"Esto es por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona", le dijo el escritor peruano a su colega colombiano. Cuenta la leyenda que García Márquez intentó enamorarla aprovechando la ausencia del autor de "La ciudad y los perros", quien siempre expresó su admiración, casi devota, por el colombiano de "Cien años de soledad".
El galardonado escritor peruano ha obtenido los premios Casa de las Américas (1965); Festival de Cine Iberoamericano de Huelva (1995), donde ocupa el cargo de Presidente del Jurado, el Cervantes de Literatura (1994) y el Príncipe de Asturias de las Letras (1986).
El Premio Nobel de Literatura 2010, el peruano Mario Vargas Llosa, es un gran escritor de ideas polémicas, rasgo que trascendió su obra y marcó su vida, con matrimonios con una tía y una prima y una famosa pelea con Gabriel García Márquez
7/Oct/10 12:59 Comentarios
Notimex - Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, nacido en Arequipa, el 28 de marzo de 1936, es considerado un verdadero "maestro" de la literatura mundial, con obras que lo llevaron este jueves a ser galardonado con el máximo premio de las letras que otorga la Academia Sueca.
El autor de "Conversación en La Catedral", considerada su obra cumbre, es un escritor disciplinado, defensor de las libertades, enemigo de los dictadores y propulsor de la democracia, lo cual lo llevó a ser candidato presidencial en la derecha en 1990.
Una primera etapa de su infancia la vivió en Cochabamba (Bolivia), donde estuvo hasta los 10 años, y después se radicó en la norteña ciudad peruana de Piura, donde recién empezó a conocer su país y a empaparse de su cultura.
Vargas Llosa alcanzó la fama en la década de 1960 con sonadas novelas como "La ciudad y los perros" (1962), "La casa verde" (1965) y "Conversación en La Catedral" (1969), pero quizá es la primera la que lo catapultó con la intimidad del Colegio Leoncio Prado.
"La ciudad y los perros" tuvo su origen en las vivencias del escritor en una comunidad de cadetes en una escuela militar y la trama está basada en las propias experiencias del autor en ese recinto.
Su paso por el Colegio Leoncio Prado en Lima y posteriormente sus años universitarios en el contexto de la dictadura militar de Manuel A. Odría, quien gobernó Perú entre 1956 y 1968, habrían de marcar su vida.
Luego de "La ciudad y los perros" escribió "La Casa Verde", que retrata la vida en un burdel del mismo nombre y la trama se centra en "Bonifacia", una chica que está a punto de recibir los votos de la iglesia.
Pero según los críticos, "Conversación en La Catedral" es su máxima obra, una novela que contiene cuatro historias que realizan un análisis profundo a la corrupción durante la dictadura de Odría.
De allí fue imparable y en 1977 Vargas Llosa publicó "La tía Julia y el escribidor", basado en parte en el matrimonio, en 1955, a los 19 años de edad, con su tía política Julia Urquidi, quien era 10 años mayor.
Algunas de sus obras, como "Pantaleón y las visitadoras" (1973) y "La tía Julia y el escribidor", han sido adaptadas y llevadas al cine, aunque él dice que no se le ha hecho mucha justicia en esa área pero confía en que haya nuevas producciones.
Para poder vivir en España, y agradecido con ese país que impulsó su obra, obtuvo también la nacionalidad española en 1993 y permanentemente reconoce a ese país porque fue allá donde publicó su primer libro en 1958 y donde ganó el premio Leopoldo Alas.
En política, sin embargo, sólo ha cosechado fracasos ya que en 1990 fue derrotado como candidato presidencial del partido de centro-derecha Frente Democrático, por el ahora encarcelado Alberto Fujimori, quien gobernó entre 1990 y 2000.
Su postura liberal de derecha le permitió acercarse y trabar amistad con figuras de ese sector como el ex jefe del gobierno español José María Aznar y el mandatario chileno Sebastián Piñera, a quien incluso apoyó en su candidatura presidencial.
Recordado en su alejamiento de la Revolución Cubana, en 1971, cuando encabezó el distanciamiento de la intelectualidad izquierdista latinoamericana del régimen de Fidel Castro, a raíz del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla.
Divorciado en 1964 de su tía Julia, Vargas Llosa se casó un año después con su prima Patricia Llosa y de esa unión nacieron Álvaro (1966), Gonzalo (1967) y Morgana (1974).
En la vida de Vargas Llosa ha habido de todo y queda en el registro histórico la noche en que noqueó al escritor colombiano Gabriel García Márquez y siempre quedó la duda de si se trató de un lío de faldas o un desencuentro ideológico.
El Nobel de Literatura peruano le asestó un derechazo a su entonces entrañable amigo y cómplice literario, porque García Márquez, también ganador del prestigioso galardón, en 1982, habría intentado "afanar" (consolar y conquistar) a la actual esposa de Vargas Llosa.
El encontronazo fue en la noche del 12 de febrero de 1976, cuando los dos escritores acudieron a una sala de cine junto a gran parte de la intelectualidad mexicana donde se iba a presentar un guión de Vargas Llosa sobre un accidente aéreo en Los Andes.
García Márquez intentó saludarlo, pero Vargas Llosa lo esquivó y le lanzó un derechazo que mandó al suelo y noqueó al autor de "Cien años de soledad".
"Esto es por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona", le dijo el escritor peruano a su colega colombiano. Cuenta la leyenda que García Márquez intentó enamorarla aprovechando la ausencia del autor de "La ciudad y los perros", quien siempre expresó su admiración, casi devota, por el colombiano de "Cien años de soledad".
El galardonado escritor peruano ha obtenido los premios Casa de las Américas (1965); Festival de Cine Iberoamericano de Huelva (1995), donde ocupa el cargo de Presidente del Jurado, el Cervantes de Literatura (1994) y el Príncipe de Asturias de las Letras (1986).
martes, 28 de septiembre de 2010
EL POETA BAJO TORTURA: *AHORA TE VA A COGER DIOS*!!
martes 28 de septiembre de 2010
Argentina, Chaco: El poeta bajo tortura: “Ahora, te va a coger Dios”
Marcos Salomón (CHACO DIA POR DIA)
Le advirtió el torturador a Raúl Junco, quien declaró este lunes ante el Tribunal Oral Federal. Se escucharon a otros cuatro testigos relacionados a la zona rural: Leopoldo Jordán, Laureano Guzmán y los hermanos Ángel y Héctor Berger.
Un poeta y cuatro hombres ligados a la zona rural chaqueña fueron los testigos ayer, en la continuidad del juicio oral y público por la Causa Caballero, en la que se juzga tormentos agravados ocurridos en la Brigada de Investigaciones y en la alcaidía policial entre 1975 y 1979.
Tragicómico
Raúl Junco contó su tragedia en clave de comedia, hasta de los momentos más atroces que le tocaron vivir logró sacar una sonrisa a propios y extraños (si hasta los imputados no pudieron disimular una sonrisa).
De alpargata, y vestido con elegante ropa de trabajo rural, contó que fue detenido el 4 de junio en la casa de Reynaldo Zapata Soñez –víctima de la Masacre de Margarita Belén- y que durante su detención el imputado Ramón Gandola, a pesar de conocerlo, le dio un duro golpe en la nuca.
Lo llevan a la Brigada de Investigaciones, donde le bajan el pantalón, mientras José Luis Patetta - otro de los imputados -, cuya descripción no fue del todo clara, le apuntaba a la cabeza con una pistola.
“Me pegué un cagazo y ahí se me vino la noche: picana y piñas sin parar, así me tenían”, relató Junco. Está 20 días, hasta que lo trasladan en la Alcaidía Policial, donde no dura mucho tiempo y es traído nuevamente a la Brigada.
“Encrucificado”
De nuevo en el Infierno, Junco es llevado por José María Cardozo (fallecido en el proceso) a uno de los sótanos de tortura. Lo atan al elástico de una cama, mientras “Cardocito me mostraba un crucifijo de aleación que me había regalado mi hermano”, narró.
Entonces, se preanunció el sadismo: “Ahora, te va a coger Dios”, le gritó Cardozo, mientras “me introduce en el ano el crucifijo”. La sesión de tortura no termina ahí: “Me pone picana”, justo en ese lugar, “y se rompió el crucifijo, desgarrándome el ano”, narró.
Irónicamente, todas estas sesiones de tormentos, supuestamente destinadas a quebrar al preso político para lograr que conteste pregunta, “nunca fueron acompañadas por un interrogatorio formal”. De hecho, “no preguntaban nada”.
Infierno
En la Brigada, Junco fue golpeado por Gabino Manader y José Francisco Rodríguez Valiente (ambos imputados), en el mismo lugar donde vio a Patricio Blas Tierno, que “estaba hecho pelota”, lugar al que describió muy gráficamente: “El que llegaba ligaba, no se pegaban entre ellos porque se conocían”, contó el testigo y las risas fueron infrenables.
Junco, que fue un detenido-desaparecido: “No me vio ni Jesucristo”, contó el remate de una conversación de antología, con un servicio de Inteligencia: “… Si ustedes saben dónde está Firmenich, vayan, agarrenlo y dejenme a mi”.
Apropiación de bienes
A Leopoldo Jordán, que tenía un aserradero en Machagai (aunque estaba asentado en Córdoba) lo detienen el 12 de febrero de 1977 (un día antes del cumpleaños de su hijo) por llevar a Raúl “Ñaró” Gómez Estibarribia - delegado de Ligas Agrarias en Corrientes - hasta Corzuela.
Mientras “Ñaró” fue ultimado de un itakazo en el campo donde presumiblemente se iba a esconder, Jordán fue detenido y tuvo que soportar la tortura en Brigada de Investigaciones, pasó por la alcaidía, la U7 y, para cuando salió de la cárcel, los torturadores de la dictadura cívico-militar se habían apropiado de todos sus bienes, al punto que su esposa e hijos debieron vivir de “la asistencia”. “Fue como el Martín Fierro, volver y encontrar el rancho abandonado”.
Campo arrasado
De los tres testigos restantes, todos estaban relacionados con Ligas Agrarias. El caso de los hermanos Ángel y Héctor Berger, detenidos por proteger al dirigente Carlos Oriansky, en un operativo encabezado por el imputado Patetta.
Según su relato, ambos fueron torturados y detenidos, el campo familiar fue quemado por bombas incendiarias arrojadas por un helicóptero del Ejército, mientras los torturadores se apropiaron de todos los bienes, incluido el dinero de un crédito bancario.
Por último, declaró Laureano Guzmán, otro detenido y torturado por pertenecer a Ligas Agrarias. Así terminó una audiencia, a la que el Tribunal Oral Federal intentó imprimir cierto ritmo.
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Publicado por ARGENPRESS en 15:08:00
Etiquetas: Argentina, Chaco, CHACO DIA POR DIA, dictadura, juicios, Justicia, militar, represores
Argentina, Chaco: El poeta bajo tortura: “Ahora, te va a coger Dios”
Marcos Salomón (CHACO DIA POR DIA)
Le advirtió el torturador a Raúl Junco, quien declaró este lunes ante el Tribunal Oral Federal. Se escucharon a otros cuatro testigos relacionados a la zona rural: Leopoldo Jordán, Laureano Guzmán y los hermanos Ángel y Héctor Berger.
Un poeta y cuatro hombres ligados a la zona rural chaqueña fueron los testigos ayer, en la continuidad del juicio oral y público por la Causa Caballero, en la que se juzga tormentos agravados ocurridos en la Brigada de Investigaciones y en la alcaidía policial entre 1975 y 1979.
Tragicómico
Raúl Junco contó su tragedia en clave de comedia, hasta de los momentos más atroces que le tocaron vivir logró sacar una sonrisa a propios y extraños (si hasta los imputados no pudieron disimular una sonrisa).
De alpargata, y vestido con elegante ropa de trabajo rural, contó que fue detenido el 4 de junio en la casa de Reynaldo Zapata Soñez –víctima de la Masacre de Margarita Belén- y que durante su detención el imputado Ramón Gandola, a pesar de conocerlo, le dio un duro golpe en la nuca.
Lo llevan a la Brigada de Investigaciones, donde le bajan el pantalón, mientras José Luis Patetta - otro de los imputados -, cuya descripción no fue del todo clara, le apuntaba a la cabeza con una pistola.
“Me pegué un cagazo y ahí se me vino la noche: picana y piñas sin parar, así me tenían”, relató Junco. Está 20 días, hasta que lo trasladan en la Alcaidía Policial, donde no dura mucho tiempo y es traído nuevamente a la Brigada.
“Encrucificado”
De nuevo en el Infierno, Junco es llevado por José María Cardozo (fallecido en el proceso) a uno de los sótanos de tortura. Lo atan al elástico de una cama, mientras “Cardocito me mostraba un crucifijo de aleación que me había regalado mi hermano”, narró.
Entonces, se preanunció el sadismo: “Ahora, te va a coger Dios”, le gritó Cardozo, mientras “me introduce en el ano el crucifijo”. La sesión de tortura no termina ahí: “Me pone picana”, justo en ese lugar, “y se rompió el crucifijo, desgarrándome el ano”, narró.
Irónicamente, todas estas sesiones de tormentos, supuestamente destinadas a quebrar al preso político para lograr que conteste pregunta, “nunca fueron acompañadas por un interrogatorio formal”. De hecho, “no preguntaban nada”.
Infierno
En la Brigada, Junco fue golpeado por Gabino Manader y José Francisco Rodríguez Valiente (ambos imputados), en el mismo lugar donde vio a Patricio Blas Tierno, que “estaba hecho pelota”, lugar al que describió muy gráficamente: “El que llegaba ligaba, no se pegaban entre ellos porque se conocían”, contó el testigo y las risas fueron infrenables.
Junco, que fue un detenido-desaparecido: “No me vio ni Jesucristo”, contó el remate de una conversación de antología, con un servicio de Inteligencia: “… Si ustedes saben dónde está Firmenich, vayan, agarrenlo y dejenme a mi”.
Apropiación de bienes
A Leopoldo Jordán, que tenía un aserradero en Machagai (aunque estaba asentado en Córdoba) lo detienen el 12 de febrero de 1977 (un día antes del cumpleaños de su hijo) por llevar a Raúl “Ñaró” Gómez Estibarribia - delegado de Ligas Agrarias en Corrientes - hasta Corzuela.
Mientras “Ñaró” fue ultimado de un itakazo en el campo donde presumiblemente se iba a esconder, Jordán fue detenido y tuvo que soportar la tortura en Brigada de Investigaciones, pasó por la alcaidía, la U7 y, para cuando salió de la cárcel, los torturadores de la dictadura cívico-militar se habían apropiado de todos sus bienes, al punto que su esposa e hijos debieron vivir de “la asistencia”. “Fue como el Martín Fierro, volver y encontrar el rancho abandonado”.
Campo arrasado
De los tres testigos restantes, todos estaban relacionados con Ligas Agrarias. El caso de los hermanos Ángel y Héctor Berger, detenidos por proteger al dirigente Carlos Oriansky, en un operativo encabezado por el imputado Patetta.
Según su relato, ambos fueron torturados y detenidos, el campo familiar fue quemado por bombas incendiarias arrojadas por un helicóptero del Ejército, mientras los torturadores se apropiaron de todos los bienes, incluido el dinero de un crédito bancario.
Por último, declaró Laureano Guzmán, otro detenido y torturado por pertenecer a Ligas Agrarias. Así terminó una audiencia, a la que el Tribunal Oral Federal intentó imprimir cierto ritmo.
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Publicado por ARGENPRESS en 15:08:00
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LOS PAISAJES AMERICANOS DE ASHER B.DURAN.
Los paisajes americanos de Asher B. Durand (1796-1886)Exposiciones de arte
En los siglos pasados de la Edad Contemporánea se convertiría en una práctica habitual que la burguesía viajara con el fin de aproximarse un poco más al conocimiento de las raíces de su cultura. De esta manera, quedan un buen número de cuadernos de viajes ilustrados de la época que, en muchos casos, pertenecieron a personajes de relevancia artística. La Fundación Juan March ( Madrid, España ) se ocupa ahora de uno de estos autores en un monográfico pionero en Europa: el que expone la obra de Asher B. Durand, considerado uno de los paisajistas y grabadores norteamericanos más influyentes del s.XIX.
La exposición supone la primera muestra dedicada a Durand fuera de las fronteras estadounidenses, y recoge las dos vertientes de su obra: la física y la espiritual. Así, la muestra incluye no sólo geografías reales pintadas por Durand, literales, como las montañas Catskill o las Adirondacks, sino que es también una ventana a sus otros paisajes, los intelectuales; y es que "la de Durand es la América espiritualizada y naturalista de Thoreau, Emerson y Whitman, la de la emergente conciencia de nación con un destino y la del creciente cosmopolitismo de la Nueva York en torno a 1800, la de las influencias europeas y su transformación en tradiciones culturales –y también artísticas– vernáculas".
Un rico y complejo contexto que queda circunscrito a la estudiada selección de obras ahora expuestas, la mayoría de las cuales provienen de la colección de la New-York Historical Society. Una institución clave para la comprensión de la historia de la América moderna y guardiana, además, de la mayor colección de obras de un autor que, siglos después de su primer viaje "al viejo continente", regresa a Europa en una muestra que supone un puente entre culturas al tiempo que un viaje iniciático de retorno al pasado y a los propios cimientos.
Más información: Fundación Juan March
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En los siglos pasados de la Edad Contemporánea se convertiría en una práctica habitual que la burguesía viajara con el fin de aproximarse un poco más al conocimiento de las raíces de su cultura. De esta manera, quedan un buen número de cuadernos de viajes ilustrados de la época que, en muchos casos, pertenecieron a personajes de relevancia artística. La Fundación Juan March ( Madrid, España ) se ocupa ahora de uno de estos autores en un monográfico pionero en Europa: el que expone la obra de Asher B. Durand, considerado uno de los paisajistas y grabadores norteamericanos más influyentes del s.XIX.
La exposición supone la primera muestra dedicada a Durand fuera de las fronteras estadounidenses, y recoge las dos vertientes de su obra: la física y la espiritual. Así, la muestra incluye no sólo geografías reales pintadas por Durand, literales, como las montañas Catskill o las Adirondacks, sino que es también una ventana a sus otros paisajes, los intelectuales; y es que "la de Durand es la América espiritualizada y naturalista de Thoreau, Emerson y Whitman, la de la emergente conciencia de nación con un destino y la del creciente cosmopolitismo de la Nueva York en torno a 1800, la de las influencias europeas y su transformación en tradiciones culturales –y también artísticas– vernáculas".
Un rico y complejo contexto que queda circunscrito a la estudiada selección de obras ahora expuestas, la mayoría de las cuales provienen de la colección de la New-York Historical Society. Una institución clave para la comprensión de la historia de la América moderna y guardiana, además, de la mayor colección de obras de un autor que, siglos después de su primer viaje "al viejo continente", regresa a Europa en una muestra que supone un puente entre culturas al tiempo que un viaje iniciático de retorno al pasado y a los propios cimientos.
Más información: Fundación Juan March
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martes, 21 de septiembre de 2010
FRANCIA HACE LAS PACES CON MONET.
Francia 'hace las paces' con Monet .Temas destacados
Organizada por la Réunion des musées nationaux y el Musée d'Orsay, la exposición Claude Monet 1840-1926 es la primera monográfica dedicada a este autor en Francia desde la gran retrospectiva realizada en 1980 en París, en las Galeries nationales. En esta ocasión, la institución vuelve a albergar la obra del impresionista -200 piezas cedidas por coleccionistas de todo el mundo-, expuesta bajo la lupa de las últimas investigaciones llevadas a cabo en torno a su producción. Un conjunto que trata de abarcar la complejidad y riqueza de la carrera de un autor, de referencia obligada en el resto del mundo, que ahora busca en su país de origen el reconocimiento que merece en su justa medida.
Más de sesenta años de trayectoria a lo largo de los cuales Monet desarrolló y evolucionó una "obra que encarna la expresión más pura del expresionismo , para formar en el s.XX uno de los pilares del arte moderno" y que ahora se recogen en una exposición que, organizada en base a los principales temas y fechas, trata de abarcar toda esta carrera artística, desde principios de 1869 hasta sus últimos lienzos correspondientes al ciclo de Nymphéas del Musée de l'Orangerie.
Así, la muestra recoge muchos de sus paisajes, figuras o naturalezas muertas, e incluye piezas icónicas como su polémico Desayuno sobre la hierba o sus famosos Nenúfares, ya mencionados. Un compendio, cedido en pocas ocasiones anteriormente, que procede en buena parte del Museo de Orsay y forma un conjunto único dentro de la exposición, junto a otras pinturas de importantes colecciones extranjeras. Doscientas pinturas procedentes de puntos del mundo tan diversos como Australia, Brasil, EE.UU., Países Bajos o Rusia, que vienen a conformar una visión de conjunto del personal mundo de Monet, en el que se da la mano su propio y poético universo con un profundo apego a la naturaleza. Una obra plagada de luz, color y una atmósfera que es el resultado de la particular comprensión artística de un autor a quien tendrán la oportunidad de redescubrir a lo largo de los próximos meses sus propios compatriotas, gracias a una exposición única e ineludible.
Organizada por la Réunion des musées nationaux y el Musée d'Orsay, la exposición Claude Monet 1840-1926 es la primera monográfica dedicada a este autor en Francia desde la gran retrospectiva realizada en 1980 en París, en las Galeries nationales. En esta ocasión, la institución vuelve a albergar la obra del impresionista -200 piezas cedidas por coleccionistas de todo el mundo-, expuesta bajo la lupa de las últimas investigaciones llevadas a cabo en torno a su producción. Un conjunto que trata de abarcar la complejidad y riqueza de la carrera de un autor, de referencia obligada en el resto del mundo, que ahora busca en su país de origen el reconocimiento que merece en su justa medida.
Más de sesenta años de trayectoria a lo largo de los cuales Monet desarrolló y evolucionó una "obra que encarna la expresión más pura del expresionismo , para formar en el s.XX uno de los pilares del arte moderno" y que ahora se recogen en una exposición que, organizada en base a los principales temas y fechas, trata de abarcar toda esta carrera artística, desde principios de 1869 hasta sus últimos lienzos correspondientes al ciclo de Nymphéas del Musée de l'Orangerie.
Así, la muestra recoge muchos de sus paisajes, figuras o naturalezas muertas, e incluye piezas icónicas como su polémico Desayuno sobre la hierba o sus famosos Nenúfares, ya mencionados. Un compendio, cedido en pocas ocasiones anteriormente, que procede en buena parte del Museo de Orsay y forma un conjunto único dentro de la exposición, junto a otras pinturas de importantes colecciones extranjeras. Doscientas pinturas procedentes de puntos del mundo tan diversos como Australia, Brasil, EE.UU., Países Bajos o Rusia, que vienen a conformar una visión de conjunto del personal mundo de Monet, en el que se da la mano su propio y poético universo con un profundo apego a la naturaleza. Una obra plagada de luz, color y una atmósfera que es el resultado de la particular comprensión artística de un autor a quien tendrán la oportunidad de redescubrir a lo largo de los próximos meses sus propios compatriotas, gracias a una exposición única e ineludible.
domingo, 19 de septiembre de 2010
ACERCA DE MADAME BOVARY DE FLAUBERT.
Es una novela realista del siglo XIX. Su autor es Gustave Flaubert, nacido en Champagne (Francia) y es un gran escritor.
A mí, personalmente, su novela me ha gustado mucho, el tema es sobre una mujer de la clase media francesa con altas pretensiones que se casa con un médico dedicado de lleno a su profesión. Ella es una señorita educada en un colegio de monjas y el autor nos relata su vida.
En aquella época la vida de la mujer se limitaba a la obediencia y la dedicación a la familia y a ella eso no le llenaba demasiado pues tenía otras inquietudes que quedan muy bien reflejadas durante toda la novela.
No puede una pasar por alto lo dura que era en aquella época ser mujer.
Afortunadamente la mujer ha ido haciéndose un hueco en la sociedad y puede dedicarse a lo que le guste sin temor de que nadie le reproche nada ni tener que pedir permiso para poder tomar sus propias decisiones.
Ánimo a leerla; es muy buena.
Tersita García Villalba.
Aula de la Mujer. San Antonio.
Algunos secretos del libro
Flaubert escribió Madame Bovary entre 1851 y 1856. Ese mismo año aparece por entregas en la revista Revue de Paris, entre el 1 de octubre y el 15 de diciembre, y meses después, el 12 de abril de 1857, como volumen. El libro “le trajo un proceso por falta de respeto a la moral. En pleno siglo XX, La Congregación del Santo Oficio lo sumó a la lista de libros “pornográficos”y la Sagrada Congregación en el Índice de Libros que contradicen la doctrina católica. En España, 1961, el editor Gonzalo Losada fue condenado a un mes de prisión y el traductor Miguel Amibilia a seis por publicarlo. El escándalo procuró a Flaubert un gran éxito, que le permitió viajar a Cartago, entre abril y junio de 1858, para documentarse para su siguiente novela, “Salambó”. Lo escribió mientras leía la Filosofía positiva de Comte, quien predica “el cómo, no el porqué, el hecho, no la idea”. De este modo, Flaubert en su Madame Bovary, “no contento con negar todo heroísmo, hace pasar este mismo afán bajo las horcas caudinas de la asperísima realidad”. “Madame Bovary soy soy” es la frase tópico que se atribuye a Flaubert. Sin embargo, su biógrafo Frederick Brown afirma que jamás la dijo ni escribió. Madame Bovary no hubiera podido escribir Madame Bovary, escribir es tomar distancia. Así advirtió: “El futuro nos tortura, y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente”; “Tened cuidado con la tristeza, es un vicio”. Adaptada al cine por Jean Renoir (1933), Minnelli (1949), Chabrol (1991) y Fywell (2000), no ha dejado de tener actualidad. En enero de 2007 apareció en el segundo puesto de la lista de “Time” de los 10 mejores libros de todos los tiempos.
A mí, personalmente, su novela me ha gustado mucho, el tema es sobre una mujer de la clase media francesa con altas pretensiones que se casa con un médico dedicado de lleno a su profesión. Ella es una señorita educada en un colegio de monjas y el autor nos relata su vida.
En aquella época la vida de la mujer se limitaba a la obediencia y la dedicación a la familia y a ella eso no le llenaba demasiado pues tenía otras inquietudes que quedan muy bien reflejadas durante toda la novela.
No puede una pasar por alto lo dura que era en aquella época ser mujer.
Afortunadamente la mujer ha ido haciéndose un hueco en la sociedad y puede dedicarse a lo que le guste sin temor de que nadie le reproche nada ni tener que pedir permiso para poder tomar sus propias decisiones.
Ánimo a leerla; es muy buena.
Tersita García Villalba.
Aula de la Mujer. San Antonio.
Algunos secretos del libro
Flaubert escribió Madame Bovary entre 1851 y 1856. Ese mismo año aparece por entregas en la revista Revue de Paris, entre el 1 de octubre y el 15 de diciembre, y meses después, el 12 de abril de 1857, como volumen. El libro “le trajo un proceso por falta de respeto a la moral. En pleno siglo XX, La Congregación del Santo Oficio lo sumó a la lista de libros “pornográficos”y la Sagrada Congregación en el Índice de Libros que contradicen la doctrina católica. En España, 1961, el editor Gonzalo Losada fue condenado a un mes de prisión y el traductor Miguel Amibilia a seis por publicarlo. El escándalo procuró a Flaubert un gran éxito, que le permitió viajar a Cartago, entre abril y junio de 1858, para documentarse para su siguiente novela, “Salambó”. Lo escribió mientras leía la Filosofía positiva de Comte, quien predica “el cómo, no el porqué, el hecho, no la idea”. De este modo, Flaubert en su Madame Bovary, “no contento con negar todo heroísmo, hace pasar este mismo afán bajo las horcas caudinas de la asperísima realidad”. “Madame Bovary soy soy” es la frase tópico que se atribuye a Flaubert. Sin embargo, su biógrafo Frederick Brown afirma que jamás la dijo ni escribió. Madame Bovary no hubiera podido escribir Madame Bovary, escribir es tomar distancia. Así advirtió: “El futuro nos tortura, y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente”; “Tened cuidado con la tristeza, es un vicio”. Adaptada al cine por Jean Renoir (1933), Minnelli (1949), Chabrol (1991) y Fywell (2000), no ha dejado de tener actualidad. En enero de 2007 apareció en el segundo puesto de la lista de “Time” de los 10 mejores libros de todos los tiempos.
sábado, 18 de septiembre de 2010
EN QUE ANDA LA LITERATURA FRANCESA?
¿En qué anda la literatura francesa?
Por: Juan Gabriel Vásquez
Hace unos dias escribi para un periodico español, un artículo sobre la situacion actual de la literatura francesa.
En mi texto me ponía a recordar una portada de la revista Time que generó un debate casi violento hace un año y medio: se trataba de la imagen del mimo Marcel Marceau sosteniendo una flor con expresión de profunda tristeza, y, al lado del mimo, el siguiente titular: “La muerte de la cultura francesa”. El titular era una exageración y una caricatura, pero en el fondo latía una preocupación que nos ha embargado a los francófilos durante varias décadas: ¿en qué anda la novela francesa? En el país de Flaubert y Stendhal y Balzac, que básicamente inventaron, junto con sus contemporáneos rusos, el arte de la novela moderna, ¿en qué andan los novelistas?
Después del estallido inverosímil del siglo XIX Francia fue todavía capaz de ver a Proust primero y a Céline después y a Camus más tarde. Y luego está el fenómeno del Nouveau roman, la nueva novela francesa cuyo manifiesto salió hace unos cincuenta años de la mano de Alain Robbe-Grillet. Y bueno, ya se sabe lo que suele pasar con los manifiestos: o envejecen ellos o envejece lo que manifiestan. Eso que se llamó Nueva novela francesa produjo, como casi todas las escuelas con teoría previa, una práctica que sólo interesaba a los practicantes o a quienes aspiraban a ser uno de ellos; produjo también un ambiente de secta que casa muy mal con la literatura de verdad, uno de los pocos lugares en el mundo adonde uno va para que no le digan cómo tiene que comportarse (cómo tiene que leer, cómo tiene que escribir). La nueva novela francesa, en su repudio de la historia y los personajes, se convirtió muy rápido en un experimentalismo vacío y más bien fútil, lo más parecido a una masturbación intelectual. La mala noticia fue que su influencia fue fuerte; la buena noticia es que esa influencia lleva un par de décadas en franca recesión, y hoy ya casi ha desaparecido por completo.
La literatura francesa que se escribe hoy es lo contrario del ejercicio ególatra y a fin de cuentas inconducente de la Nueva novela. La identificación de la literatura francesa con una manera más o menos sofisticada de mirarse el ombligo es cosa del pasado, y los novelistas de hoy suelen estar dispuestos, como los grandes de antes, a que sus ficciones nos traigan noticias del mundo. La concesión del Nobel a Le Clézio, un viajero incansable que habla varias lenguas y ha vivido en varios continentes, es la punta del iceberg: debajo del agua hay una cantidad nada despreciable de novelistas que vuelven a mirar hacia fuera, y eso se debe en parte a que muchos de ellos vienen de fuera: de Afganistán, como Atiq Rahimi, o de Estados Unidos, como Jonathan Littell, o de Rusia, como Andréi Makine. Y eso por no hablar de los novelistas de las ex colonias, como el extraordinario Patrick Chamoiseau, o de tránsfugas como Milan Kundera: gente de orígenes mestizos cuya lengua francesa es producto del mestizaje. Así las cosas, no sorprende que los mejores, entre los nacidos en el hexágono, sean los que han vuelto a mirar hacia fuera: Olivier Rolin, que escribe sobre franceses en Sudán o Tierra del Fuego, o Jean Echenoz, que escribe sobre atletas checos. Con ellos, la novela francesa ha vuelto a ser lo que fue.
Y eso es una buena noticia.
Por: Juan Gabriel Vásquez
Hace unos dias escribi para un periodico español, un artículo sobre la situacion actual de la literatura francesa.
En mi texto me ponía a recordar una portada de la revista Time que generó un debate casi violento hace un año y medio: se trataba de la imagen del mimo Marcel Marceau sosteniendo una flor con expresión de profunda tristeza, y, al lado del mimo, el siguiente titular: “La muerte de la cultura francesa”. El titular era una exageración y una caricatura, pero en el fondo latía una preocupación que nos ha embargado a los francófilos durante varias décadas: ¿en qué anda la novela francesa? En el país de Flaubert y Stendhal y Balzac, que básicamente inventaron, junto con sus contemporáneos rusos, el arte de la novela moderna, ¿en qué andan los novelistas?
Después del estallido inverosímil del siglo XIX Francia fue todavía capaz de ver a Proust primero y a Céline después y a Camus más tarde. Y luego está el fenómeno del Nouveau roman, la nueva novela francesa cuyo manifiesto salió hace unos cincuenta años de la mano de Alain Robbe-Grillet. Y bueno, ya se sabe lo que suele pasar con los manifiestos: o envejecen ellos o envejece lo que manifiestan. Eso que se llamó Nueva novela francesa produjo, como casi todas las escuelas con teoría previa, una práctica que sólo interesaba a los practicantes o a quienes aspiraban a ser uno de ellos; produjo también un ambiente de secta que casa muy mal con la literatura de verdad, uno de los pocos lugares en el mundo adonde uno va para que no le digan cómo tiene que comportarse (cómo tiene que leer, cómo tiene que escribir). La nueva novela francesa, en su repudio de la historia y los personajes, se convirtió muy rápido en un experimentalismo vacío y más bien fútil, lo más parecido a una masturbación intelectual. La mala noticia fue que su influencia fue fuerte; la buena noticia es que esa influencia lleva un par de décadas en franca recesión, y hoy ya casi ha desaparecido por completo.
La literatura francesa que se escribe hoy es lo contrario del ejercicio ególatra y a fin de cuentas inconducente de la Nueva novela. La identificación de la literatura francesa con una manera más o menos sofisticada de mirarse el ombligo es cosa del pasado, y los novelistas de hoy suelen estar dispuestos, como los grandes de antes, a que sus ficciones nos traigan noticias del mundo. La concesión del Nobel a Le Clézio, un viajero incansable que habla varias lenguas y ha vivido en varios continentes, es la punta del iceberg: debajo del agua hay una cantidad nada despreciable de novelistas que vuelven a mirar hacia fuera, y eso se debe en parte a que muchos de ellos vienen de fuera: de Afganistán, como Atiq Rahimi, o de Estados Unidos, como Jonathan Littell, o de Rusia, como Andréi Makine. Y eso por no hablar de los novelistas de las ex colonias, como el extraordinario Patrick Chamoiseau, o de tránsfugas como Milan Kundera: gente de orígenes mestizos cuya lengua francesa es producto del mestizaje. Así las cosas, no sorprende que los mejores, entre los nacidos en el hexágono, sean los que han vuelto a mirar hacia fuera: Olivier Rolin, que escribe sobre franceses en Sudán o Tierra del Fuego, o Jean Echenoz, que escribe sobre atletas checos. Con ellos, la novela francesa ha vuelto a ser lo que fue.
Y eso es una buena noticia.
LA LUZ DEL NUEVO ARTE.
El título de la convocatoria establece un tiempo unido a una realidad tajante. Sin embargo las centurias, como todo lo creado por el hombre, arrastran consigo una cierta arbitrariedad y, como toda secuencia, se alimentan de sus predecesoras para ser, existir (no son lo mismo ni se escriben igual) y servir de base a las que le siguen.
El tiempo siempre queda, es la gente la que pasa, melancoliza el fado sin tiempo en dos frases que resumen la ineludible liason entre estos dos entes que se retroalimentan. Al fin y al cabo es el hombre, como lo hiciera con los dioses, quien inventó el tiempo…y desaparecerá con él.
Así, en este sobrepoblado S.XXI, de conflictos sin resolver, violentos cambios climáticos (dan gana de escribir climatéricos), en el que el ser humano hace metástasis en todo el planeta, el arte adquiere dimensiones acordes con el despropósito, la creatividad, la desmesura, el reciclaje y una sensación de fragilidad en medio de la avalancha de información para un individuo cada vez más atomizado. Eva era el 50% de la población…
Lo que más sorprende del arte actual es su vitalidad, el ejército de cultores que insisten en crear en una gama ilimitada de expresiones y con herramientas tan disímiles, que galerías y museos han perdido esa uniformidad que los caracterizaba, de paredes tapizadas de cuadros decididos a derrotar al tiempo y alguna obra tridimensional que, hasta el S. XX se llamaba simplemente escultura.
Variedad y, a menudo, fragilidad. Arte casi efímero, como los ya añejos happennings.
El libro “ART NOW, 137artistas al comienzo del S. XXI”, publicado por la siempre didáctica editorial Tashen, constituye un estupenda referencia para quien desee asomarse a esta realidad coetánea que, como siempre, será descifrada en los años o siglos venideros.
Cada párrafo multiplicado en tres idiomas, contiene una breve explicación, concisa y, sobre todo, accesible al gran público, con reproducciones de las obras que, a juicio de Uta & Burkhard, sus autores, son las más representativas del artista tratado.
Otra característica del arte contemporáneo, perdón del S. XXI, es la lectura sin “pistas” que revelen la nacionalidad de obras y artistas, como los malls, sus anuncios, sus marcas y sus vitrinas, pueden atrapar al viajero desprevenido sin saber en qué punto del planeta se encuentra. Globalización que le llaman. Así un Daniele Bruetti nacido en Fribourg contrasta sus fotos de pieles de hermosas modelos alteradas por crueles tatuajes (pág. 72), con un Rirkrit Tiravanija Thäi apellido y argentinísimo nacimiento (pág. 504). Fiona Tank, nacida en Indonesia es el ejemplo de la interculturalidad y el entrecruzamiento de razas y fronteras (madre australiana, raza trasplantada), presenta sus fotografías/instalaciones y sus videos porque para ella la idea del pasado, de la historia, es un concepto creado por el hombre. Es como el museo, una institución del S. XIX. Sin embargo es en los museos donde principalmente expone.
Un conocido del S. XX, el brasilero Ernesto Neto (pág.336), con sus envolventes estructuras-carpa de licra, sumerge al espectador en las voluptuosidades de un espacio que pende y se estira en cuerpos imaginados como construcciones arquitectónicas y como paisajes a la vez. Won Ju Lim (pág. 272), escultora y “artista de instalaciones”, nos habla de una Korea moderna y multicolor a través de maquetas e instalaciones donde la luz juega un papel fundamental. “El origen del mundo” del decimonónico Courbet, trasegado y oculto por más de un siglo, se multiplica en “autofotografías” y perfomances en vivo de la vienesa Elke Krystufek (pág. 252), que decidió renunciar a su privacidad y hacer de su vida una obra de arte.
El libro de Tashen enfrenta sin prejuicios, los oil on canvas del, como no, norteamericano John Currin (pág. 100), con figuras que recuerdan los artistas flamencos et alias que obligan a una segunda lectura plagada de ironía y kitsch, a una delicada egipcia, Ghada Amer (pág. 36) que combina el bordado tradicional pespunteando desnudos femeninos con versos del Corán con prohibiciones para la Mujer. El inefable Jeff Koons (pág. 244), artista sin fisuras, más conocido por su relación con la actriz porno conocida como la Cicciolina.
Un caso emblemático es la figura y la obra de Daniel Hirsch, el artista de los animales en formol y las calaveras con diamantes. En él se conjuga la creatividad y un agudo sentido comercial que lo llevó a renegar de los galeristas y hacer un remate con sus obras, meses antes del crack financiero que aun tiene a las economías, especialmente las del primer mundo, tambaleando. Recaudó 100 millones de dólares. Al poco tiempo los precios en el mercado del arte se desplomaron.
Las referencias son innumerables, a este libro al cual nos referimos le han seguido otros dos, tan voluminosos y reveladores como este.
Si bien es aventurado llegar a conclusiones definitivas, destaca el manejo del espacio que los artistas del S. XXI desarrollan, aunque se trate de obras planas, “tradicionales”, el eclecticismo de las propuestas, el uso indiscriminado de todo tipo de materiales aplicados a cualquier tema, desde la figuración “clásica”, el expresionismo, el realismo llevado a la desmesura en tamaños y materiales, al abstraccionismo y la apropiación sin complejo alguno de obras ajenas intervenidas, modificadas, “deconstruídas” y rehechas hasta volverlas algo personal y único.
El paso de un milenio a otro, que tantas expectativas despertara, se vuelve lo que siempre fue: creación del hombre destruyendo esperanza efímeras, trampa de las matemáticas y de quienes quisieron poner orden en el tiempo. Al fin y al cabo nunca hubo un año cero.
El arte que se ha hecho en esta primera década parece un resumen de todas las anteriores y, en el aparente agotamiento de temas y medios para expresarse, los artistas desafían, reciclan, replantean en la certeza y la desorientación de un futuro muy próximo y ominoso.
Jaime Bergamín Leighton es arquitecto, chileno de origen, vive en Caracas, Venezuela y, según él mismo dice, "a veces escribe…"
El tiempo siempre queda, es la gente la que pasa, melancoliza el fado sin tiempo en dos frases que resumen la ineludible liason entre estos dos entes que se retroalimentan. Al fin y al cabo es el hombre, como lo hiciera con los dioses, quien inventó el tiempo…y desaparecerá con él.
Así, en este sobrepoblado S.XXI, de conflictos sin resolver, violentos cambios climáticos (dan gana de escribir climatéricos), en el que el ser humano hace metástasis en todo el planeta, el arte adquiere dimensiones acordes con el despropósito, la creatividad, la desmesura, el reciclaje y una sensación de fragilidad en medio de la avalancha de información para un individuo cada vez más atomizado. Eva era el 50% de la población…
Lo que más sorprende del arte actual es su vitalidad, el ejército de cultores que insisten en crear en una gama ilimitada de expresiones y con herramientas tan disímiles, que galerías y museos han perdido esa uniformidad que los caracterizaba, de paredes tapizadas de cuadros decididos a derrotar al tiempo y alguna obra tridimensional que, hasta el S. XX se llamaba simplemente escultura.
Variedad y, a menudo, fragilidad. Arte casi efímero, como los ya añejos happennings.
El libro “ART NOW, 137artistas al comienzo del S. XXI”, publicado por la siempre didáctica editorial Tashen, constituye un estupenda referencia para quien desee asomarse a esta realidad coetánea que, como siempre, será descifrada en los años o siglos venideros.
Cada párrafo multiplicado en tres idiomas, contiene una breve explicación, concisa y, sobre todo, accesible al gran público, con reproducciones de las obras que, a juicio de Uta & Burkhard, sus autores, son las más representativas del artista tratado.
Otra característica del arte contemporáneo, perdón del S. XXI, es la lectura sin “pistas” que revelen la nacionalidad de obras y artistas, como los malls, sus anuncios, sus marcas y sus vitrinas, pueden atrapar al viajero desprevenido sin saber en qué punto del planeta se encuentra. Globalización que le llaman. Así un Daniele Bruetti nacido en Fribourg contrasta sus fotos de pieles de hermosas modelos alteradas por crueles tatuajes (pág. 72), con un Rirkrit Tiravanija Thäi apellido y argentinísimo nacimiento (pág. 504). Fiona Tank, nacida en Indonesia es el ejemplo de la interculturalidad y el entrecruzamiento de razas y fronteras (madre australiana, raza trasplantada), presenta sus fotografías/instalaciones y sus videos porque para ella la idea del pasado, de la historia, es un concepto creado por el hombre. Es como el museo, una institución del S. XIX. Sin embargo es en los museos donde principalmente expone.
Un conocido del S. XX, el brasilero Ernesto Neto (pág.336), con sus envolventes estructuras-carpa de licra, sumerge al espectador en las voluptuosidades de un espacio que pende y se estira en cuerpos imaginados como construcciones arquitectónicas y como paisajes a la vez. Won Ju Lim (pág. 272), escultora y “artista de instalaciones”, nos habla de una Korea moderna y multicolor a través de maquetas e instalaciones donde la luz juega un papel fundamental. “El origen del mundo” del decimonónico Courbet, trasegado y oculto por más de un siglo, se multiplica en “autofotografías” y perfomances en vivo de la vienesa Elke Krystufek (pág. 252), que decidió renunciar a su privacidad y hacer de su vida una obra de arte.
El libro de Tashen enfrenta sin prejuicios, los oil on canvas del, como no, norteamericano John Currin (pág. 100), con figuras que recuerdan los artistas flamencos et alias que obligan a una segunda lectura plagada de ironía y kitsch, a una delicada egipcia, Ghada Amer (pág. 36) que combina el bordado tradicional pespunteando desnudos femeninos con versos del Corán con prohibiciones para la Mujer. El inefable Jeff Koons (pág. 244), artista sin fisuras, más conocido por su relación con la actriz porno conocida como la Cicciolina.
Un caso emblemático es la figura y la obra de Daniel Hirsch, el artista de los animales en formol y las calaveras con diamantes. En él se conjuga la creatividad y un agudo sentido comercial que lo llevó a renegar de los galeristas y hacer un remate con sus obras, meses antes del crack financiero que aun tiene a las economías, especialmente las del primer mundo, tambaleando. Recaudó 100 millones de dólares. Al poco tiempo los precios en el mercado del arte se desplomaron.
Las referencias son innumerables, a este libro al cual nos referimos le han seguido otros dos, tan voluminosos y reveladores como este.
Si bien es aventurado llegar a conclusiones definitivas, destaca el manejo del espacio que los artistas del S. XXI desarrollan, aunque se trate de obras planas, “tradicionales”, el eclecticismo de las propuestas, el uso indiscriminado de todo tipo de materiales aplicados a cualquier tema, desde la figuración “clásica”, el expresionismo, el realismo llevado a la desmesura en tamaños y materiales, al abstraccionismo y la apropiación sin complejo alguno de obras ajenas intervenidas, modificadas, “deconstruídas” y rehechas hasta volverlas algo personal y único.
El paso de un milenio a otro, que tantas expectativas despertara, se vuelve lo que siempre fue: creación del hombre destruyendo esperanza efímeras, trampa de las matemáticas y de quienes quisieron poner orden en el tiempo. Al fin y al cabo nunca hubo un año cero.
El arte que se ha hecho en esta primera década parece un resumen de todas las anteriores y, en el aparente agotamiento de temas y medios para expresarse, los artistas desafían, reciclan, replantean en la certeza y la desorientación de un futuro muy próximo y ominoso.
Jaime Bergamín Leighton es arquitecto, chileno de origen, vive en Caracas, Venezuela y, según él mismo dice, "a veces escribe…"
lunes, 13 de septiembre de 2010
REVISTA TALLER LUNA Y SOL,NUMERO 32.EROTISMO.
Revista taller Luna y Sol 32, Eros en la Costa, 44 páginas cargadas de erotismo y mucho sabor. Poetas y poetisas invitados: Jorge Marel,, Miguel iriarte , , Guillermo Tedio,César Molina, Carmen Tigra, Raquel Martínez, Elizabeth Quezada, Dennis Talavera Rosario Alonso, Lidia Corcione, Juan Carlos Céspedes, Dina Luz Pardo olaya, Astrid Sofía Pedraza, Ana Julia Cepeda Cepeda, Isidra de la Vega, Patry Pacheco, Ubaldina Diaz, Tito mejía Sarmiento, Mayra Alejandra, Dalit Escorcia, Juan Carlos Steffens, Oscar Barrios, Alexander Mejía, Fulton Púa, Carmen García, Yajaira Pinilla, Rosa Herrera, Celso Montoya y Julieth Lobo Navarro. Lista completa. con 4 invitados internacionales
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